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El rugido del Camaro ZL1 cortó el aire húmedo del estacionamiento. Amanda lo apagó con calma, tomándose su tiempo antes de bajarse. Acomodó su chaqueta de cuero, deslizó una mano por su cabello y se quitó las gafas de sol.
Desde la pared del estudio, Leebrian la vio llegar y silbó bajo.
— Diablo... ¿y ese maquinón?
Amanda cerró la puerta con un movimiento medido, su inconfundible acento argentino arrastrando las palabras con un toque de arrogancia natural.
— Es mío.
Leebrian se empujó de la pared con una sonrisa ladeada.
— Me lo imaginé. Tienes flow pa' eso.
Amanda alzó una ceja, sin inmutarse.
— ¿Ah, sí?
— Sí. Deberías ser modelo pa' uno de mis videos. Tienes cara de muñeca.
Amanda sonrió apenas, ese gesto breve y calculado que mantenía a la gente preguntándose si se estaban acercando o si estaban por ser descartados.
— Interesante.
Y sin más, pasó de largo, dejándolo con la palabra en la boca. Dentro del estudio, Mariana, Mauro y Caleb estaban en la sala de control, revisando detalles del videoclip. Victoria seguía en la cabina de grabación, afinando algunos versos con su voz envolvente.
— Tardaste, Kitty —le soltó Mariana en cuanto Amanda entró.
— No me hinchés. Hoy odie madrugar.
Mauro rodó los ojos sin despegar la vista de su laptop.
— Si madrugar es llegar a las tres de la tarde, entonces estamos jodíos.
Amanda rió nasalmente y le pasó un brazo por los hombros a Mariana, con esa confianza que le salía natural.
— A ver, ¿qué tenemos?
Caleb le pasó unos auriculares.
— Escucha el tema y dime qué opinas. Estamos viendo si soltarlo con video o no.
Amanda se acomodó en el sillón y cerró los ojos al ponerse los audífonos. El beat era oscuro, pegajoso. La voz de Victoria flotaba sobre la pista con sensualidad y rabia, mientras Leebrian entraba con su tono rasposo, dándole un balance peligroso al tema.
Cuando la canción terminó, Amanda se quitó los audífonos lentamente y exhaló el humo de su cigarro.
— Me gusta.
— ¿Te gusta o lo vas a pagar? —bromeó Mauro, con una sonrisa de medio lado.