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El balcón todavía tenía olor a calor. No a verano, ni a perfume: a calor humano. A sudor de show, a ropa usada, a la ciudad que no duerme. Las luces de la calle subían como un ruido leve y constante, algo que llenaba el silencio entre conversaciones sin que nadie tuviera que inventar temas.
Estaban todos amontonados alrededor de la cama, comiendo con el hambre desordenada del final del día. Rufina ponía música bajita, algo que parecía una mezcla rara entre melancolía y fiesta. Joshua hablaba de la fotos que tomó como si fueran sus hijos. Victoria escuchaba, se reía, tiraba comentarios al azar. Amanda la miraba de reojo. No cada tanto: seguido. Como si necesitara chequear que seguía ahí.
Victoria estaba distinta. No en apariencia: en energía. Más liviana, más suelta, más ella. Cada vez que se reía, Amanda sentía una punzada... una mezcla entre alegría y nostalgia. Como si hubiera vuelto a un lugar que había tratado de olvidar, pero el cuerpo se lo recordara igual.
De a poco, fueron desapareciendo. Mauro, Mariana, Joshua, Bonaroti. Rufina le guiñó un ojo a Amanda antes de irse. La puerta se cerró y el ruido de los pasillos se fue apagando.
Quedaron solo tres. Jonuel, Victoria y Amanda.
Jonuel se tomó su campera.
— Baby, ¿vienes?
Victoria levantó la mirada, tranquila. — No, voy a ayudar aquí a Kitty. Voy luego.
Amanda la miró rápido y negó con la cabeza.
— No hace falta, posta. Yo ordeno mañana.
— Déjame, mami —dijo Victoria, suave pero decidida— No me pesa, te ayudo
Jonuel saludó, y cuando la puerta se cerró, la habitación perdió un poco de ruido y ganó un montón de tensión.
Empezaron a levantar cosas casi sin hablar. Amanda juntaba cajas; Victoria levantaba botellas vacías. A veces se rozaban los brazos sin querer, y las dos hacían ese gesto automático de apartarse, pero lento. Como si cada roce les recordara algo que ninguna quería recordar todavía.
— Te quedó bien el show —comentó Amanda, sin saber muy bien si quería entablar una conversación o solo llenar el aire.
— Fue raro —contestó Victoria, apoyando un vaso en la mesa— I mean estuvo maravilloso, pero fue raro. Hace tiempo que no me sentía así.
— ¿Así cómo?
Victoria tardó en responder, dudando sobre que decir.
— Como... presente. No sé. Como si estuviera... viva ¿Me entiendes?
Amanda bajó la cabeza para esconder la sonrisa.
— Sí, te entiendo.
Hubo un silencio raro. No incómodo. Raro. Como si estuvieran en el borde de algo.