𝟏𝟔|𝟐

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𝐋𝐎 𝐕𝐎𝐘 𝐀 𝐈𝐍𝐓𝐄𝐍𝐓𝐀𝐑

El aeropuerto de Los Ángeles estaba saturado de voces, pasos arrastrados y el pitido constante de los anuncios

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El aeropuerto de Los Ángeles estaba saturado de voces, pasos arrastrados y el pitido constante de los anuncios. El equipo de Victoria se movía como un enjambre: Caleb hacía chistes con Mauro, Mariana revisaba mensajes, Joshua buscaba café. Había cansancio, pero también esa electricidad de volver a casa.

Amanda se mantenía un poco atrás, con la valija a un lado. Miraba. Esperaba. Sabía que no podía irse sin despedirse de Victoria.

Ella estaba parada cerca de la puerta de embarque, gorra baja, buzo oversize, auriculares colgando. Cuando Amanda se acercó, el ruido alrededor pareció disminuir.

— Bueno... —dijo Amanda, con una sonrisa cansada— que te vaya bien, Vicky.

Victoria la miró. La sonrisa no apareció, pero la ternura sí.

— Cuídate, mami —susurró, abrazándola fuerte. No fue un gesto liviano, fue un reclamo. Amanda respondió igual, rodeándola. El mundo quedó lejos.

En el oído, Victoria dejó un filo disfrazado de caricia:

— Te amo, mi musa...

Amanda cerró los ojos un instante. Sintió el golpe en el pecho. Estuvo a punto de contestar, pero entonces sintió otra mano.

Firme. Decidida.

Domenica.

La tomó por la cintura y la alejó, sin brusquedad, con esa seguridad que no necesita levantar la voz. El movimiento fue suave, pero contundente.

Los ojos de Amanda se abrieron. No alcanzó a reaccionar.

Victoria la soltó despacio. Se quedó quieta, mirándola, pero esta vez no solo a ella.

Clavó la mirada en Domenica.

Y ahí estuvo la tensión: un segundo exacto en el que dos mujeres se midieron sin hablar. El azul firme de los ojos de Domenica contra el brillo intenso de los celestes encendidos de los de Victoria. No había insultos, no había sonrisas, solo un pulso de poder. ¿Quién iba a ganar? ¿La que la había amado primero, o la que la tenía ahora?

Amanda tragó saliva. Se sintió el centro de un tironeo invisible.

Domenica no bajó la mirada. Ni un milímetro. Sostenía la cintura de Amanda con calma, como si esa simple presión fuera suficiente para dejar claro su lugar.

Victoria tampoco cedió. La miraba con ese gesto de desafío silencioso, como quien promete que esto todavía no termina.

El altavoz anunció el embarque. Mauro llamó a Victoria desde la fila. Ella no se movió. Solo bajó la mirada hacia Amanda una última vez.

— Nos vemos, Kitty.

No fue un adiós. Fue una advertencia.

Amanda se obligó a caminar junto a Domenica. No miró atrás. No podía.

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