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𝐒𝐔 𝐋𝐔𝐆𝐀𝐑

El escenario vibraba con una energía espesa, eléctrica, como si el aire tuviera brillo propio

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El escenario vibraba con una energía espesa, eléctrica, como si el aire tuviera brillo propio. Afuera, la noche era una mezcla de vodka y humo de tabaco con el rumor lejano de los autos filtrándose entre las rendijas de las puertas. Adentro, las luces hacían temblar las paredes: azules, violetas, doradas. La gente se apretaba entre risas, perfumes dulces, maquillajes elaborados y expectativas altas.

Amanda caminaba entre los cables y el equipo, esquivando técnicos y coordinadores que iban y venían con prisa. El vestido negro le ceñía el cuerpo con naturalidad. El brillo del tejido parecía moverse con su respiración. Tenía el cabello suelto, cayendo sobre la espalda, y los labios pintados con un nude que no resaltaba nada en particular, pero que esa noche parecía ser el color perfecto.

Victoria estaba de espaldas, a unos metros del escenario, mirando el piso con los cables colgando del cuello. El murmullo del público llegaba amortiguado, como si viniera desde otra dimensión. Movía los dedos, marcando un ritmo invisible, respirando a compás, concentrada.

Amanda se acercó despacio, como si temiera interrumpir su paz. La observó por un segundo: el brillo tenue del maquillaje en su pómulo, la tensión sutil en su nuca, el modo en que una gota de sudor recorría la línea del cuello antes de perderse bajo la tela.

Entonces la besó en el hombro. Apenas. Un roce cálido, seco, con la seguridad de quien ya no pide permiso.

— La vas a romper, mi amor —susurró.

Victoria sonrió sin girarse. Su sonrisa fue leve, pero tan precisa que Amanda la sintió. Movió una mano y, sin mirar, rozó el muslo de Amanda, apenas un segundo. Una caricia muda, un "gracias" y un "te escuché" mezclados. Luego se ajustó el auricular, levantó la cabeza, se persignó y subió al escenario.

Las luces se apagaron. El público chilló.

Amanda quedó atrás, al costado, con Rufina.

— Dios... —murmuró Rufina, apenas.
Amanda no contestó. Su mirada estaba fija en Victoria, ahora bajo el haz de luz principal, envuelta en humo y música.

Y entonces sonó la canción. Una de sus favoritas, hasta el momento.

"Yo no creo en la' coincidencia
Siempre que nos vemo' pichamo' las consecuencia', uh..."

La voz de Victoria tenía algo de fuego controlado. Era suave, pero con filo; como si cada palabra saliera desde algún lugar exacto del cuerpo. Amanda la seguía con los labios, sin sonido, mientras el público saltaba, gritaba, se perdía.

A su alrededor, los flashes del público eran destellos fugaces, tormentas en miniatura. Mauro corría, los parlantes vibraban como si el escenario fuera un corazón latiendo demasiado rápido. Pero Amanda solo veía una cosa: a Victoria moviéndose con ese equilibrio imposible entre fuerza y suavidad, girando los hombros, mordiéndose el labio, caminando hacia el borde del escenario.

𝐌 𝐔 𝐒 𝐀 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora