13

477 66 42
                                        

—¿Qué haces?

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

—¿Qué haces?

La voz grave de Flavio me dio tal susto que del brinco tiré el té que llevaba en la mano.

—Joder.

Me puse perdido y, por si fuera poco, la libreta acabó con una mancha gigantesca de color verde. Traté de no gritar de la rabia, pero me costó. Flavio ni siquiera se disculpó, se limitó a quedarse apoyado de brazos cruzados en el marco de la puerta mientras me miraba.

—Me has pegado un susto de muerte. Gracias por arruinar mi libreta.

Al fin se decidió a acercarse, pero al echarle un vistazo maldije por lo bajo. Qué manía con pasearse por todos lados sin camiseta, hasta en mi casa. Era verano y los termómetros marcaban casi cuarenta grados, pero eso no le daba derecho a ir por ahí provocándome. Aparté la mirada y me concentré en secar como podía la libreta.

—¿Te has quemado? —preguntó.

Negué. Me gusta el té matcha frío y casi siempre lo tomo así. Pero el daño en la libreta era irreparable.

—¿Qué estabas escribiendo?

Era mañana de preguntas, al parecer. Obvié su voz de ultratumba de recién levantado, me incorporé y coloqué la libreta en la esquina del mueble del salón donde daba el sol.

—Una canción nueva. Si perdemos la letra por la mancha de té será tu culpa, que lo sepas.

—No seas dramático, se secará. ¿Te ayudo a limpiar?

¿Flavio ofreciéndose a ayudarme? Debía estar soñando aún. Quizá se sentía en la obligación al estar de visita en una casa ajena. Negué, me escapé a la cocina y volví con la fregona. Se quedó observándome mientras limpiaba, lo que me puso de los nervios.

—¿Has dormido bien? —me obligué a preguntar para no ser descortés.

—Lo bien que se puede con los ronquidos de esos dos.

Señaló la habitación y, en el silencio que le siguió, fui capaz de escuchar las respiraciones exageradas de Martín y Alan. Me aguanté la risa.

—Bueno, solo te queda una noche más. Tendrás que acostumbrarte. Por cierto, mi hermano y su mujer han salido a correr, pero hay comida de sobra en la cocina. Si te da palo esperar a los demás, sírvete lo que sea y desayuna.

Lo dije mientras devolvía las cosas a la cocina y sacaba las llaves, a lo que Flavio me siguió con el ceño fruncido y preguntó:

—¿Adónde vas?

Señalé mis piernas pegajosas de té como respuesta.

—A darme un baño rápido. Ahora vuelvo.

—¿Un baño? ¿A estas horas? El agua estará helada.

Sonreí y me encogí de hombros.

—La costumbre.

Se notaba que no había vivido al lado del mar. Para mí era común hacerlo todas las mañanas de verano, así que esa no iba a ser menos. Cuando me disponía a salir por la puerta, Flavio me interceptó.

FAMADonde viven las historias. Descúbrelo ahora