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El momento que más temía llegó: el final del verano

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El momento que más temía llegó: el final del verano. Septiembre hizo acto de presencia con el mismo calor de agosto, pero con la promesa de derrumbar lo que habíamos construido con tanto esfuerzo aquellos tres meses. Y los cuatro éramos conscientes de ello.

Tenía miedo de que, si me marchaba, la banda se iría a la mierda. O a lo mejor estaba siendo egocéntrico y podían continuar sin mí, quién sabe. En ningún momento lo consideramos una opción, lo que me aseguró una vez más que estaba rodeado de gente que me apreciaba.

La solución era fácil: quedarme. Así me lo hicieron saber los chicos en una de las quedadas que hicimos en el Footloose. Desde que actuábamos allí de vez en cuando nos regalaban un entrante, por lo que nos atiborrábamos de patatas sin pagar un céntimo. Además, nuestros bolos en aquel local eran mis favoritos: nos vestíamos acordes a la temática del local y escogíamos canciones de los 80 para versionar.

—El single está a punto de salir. Aún tenemos que grabar el vídeo y, si nos va bien, tendremos que grabar más. Eres consciente, ¿no? —dijo Alan.

Suspiré y me dejé caer en el sofá de cuero. Estaba exhausto de darle vueltas a lo mismo.

—El AVE existe —comenté—. Vendré a Madrid cuando haga falta.

—Pero... no te veremos a diario —dijo Martín en un tono apagado.

Si había alguien que me rompía el corazón no volver a ver era Martín. Se había convertido en mi mayor apoyo en la banda. De la misma forma, me sentiría raro al no escuchar las bromas de Alan ni sus falsetes gloriosos. Y por último... echaría de menos aquella relación tan extraña que tenía con Flavio.

No discutíamos tanto desde que dejé de trabajar en el Locura. Puede que a raíz de eso Flavio decidiera que valía la pena llevarse bien conmigo. Lo cierto es que teníamos un pacto silencioso en el que evitábamos tratarnos mal, al menos cuando no era absolutamente necesario. En cambio, cuando hacía una referencia de cultura popular y yo no la entendía, se permitía insultarme todo lo que quisiera. Que no se pierdan las buenas costumbres.

—No pasa nada —les aseguré—. Y ahora, ¿podemos ir a grabar el vídeo? Cuanto antes nos lo quitemos de encima, mejor.

Nuestro primer videoclip fue como todo lo que hacíamos por ese entonces: cutre, pero efectivo. Claudia estaba en la fiesta de unos amigos y no podía ayudarnos, por lo que nos la tuvimos que arreglar los cuatro solos. No nos complicamos mucho: fuimos al supermercado más cercano, cogimos un carrito de la compra, colocamos el iPhone de Alan en el canasto —cuya cámara tenía más calidad que la de los otros tres móviles juntos— y nos grabamos haciendo el tonto.

Nos habíamos quedado sin dinero que invertir en los visuales, y ni siquiera Alan fue capaz de conseguir un estudio para grabar un videoclip profesional, de forma que hicimos lo que pudimos. La canción no tenía nada que ver con el vídeo, pero al menos nos lo pasamos bien. Martín puso el tema en su móvil e hicimos playback mientras dábamos vueltas por la tienda y la gente nos juzgaba con la mirada. Una empleada nos riñó y terminó echándonos. Nos hizo tanta gracia que lo añadimos en la versión final del vídeo.

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