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—Esto no está funcionando

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—Esto no está funcionando.

Flavio me miró en silencio y me encogí de hombros. Lo había dicho porque estábamos solos, sin nadie de la discográfica presente para meter las narices en nuestros asuntos. Era la primera vez en un mes que compartíamos el mismo espacio con un único fin: usar los nuevos conocimientos y habilidades que habíamos adquirido para trabajar en el disco.

Al poco tiempo de empezar a componer y desarrollar las bases del que sería nuestro segundo álbum, los cuatro nos dimos cuenta de que el proceso iba a ser muy diferente en comparación con la primera vez.

«Los Últimos De La Fila» nació en el piso de Alan y nosotros fuimos los únicos involucrados en su creación. Pudimos escribir, tocar y cantar lo que nos apetecía.

Ya no era nuestro proyecto, de los cuatro y nadie más, sino un... proyecto compartido. Gente del exterior venía a echarnos una mano e influían en el disco de una manera u otra. No era algo malo, pero al principio me costó adaptarme, la verdad. Me sentí sobreprotector, como si necesitara defender nuestra música y nuestra propia visión de la de otros que no nos entendían.

Aitana y los demás eran un encanto, eso no lo puedo negar. Dentro del control que nos imponían, me dieron libertad para modificar las letras y tomaron en cuenta la mayoría de mis propuestas. Aun así, no podía deshacerme de la idea de que aquellas canciones no eran mías, sino una remodelación de letras de otras personas.

Todos se pusieron furiosos cuando les expliqué en qué consistían mis sesiones de composición, pero Alan el que más. Siempre aprovechaba para lanzar alguna pullita, como en ese momento:

—Si la hubieras escrito tú, no me costaría tanto conectar con la letra.

—Alan, por favor, no hagas esto más difícil de lo que ya es —pedí mientras la frustración se me mezclaba por dentro con un terrible sentimiento de inutilidad—. De todas las que me enseñaron, esta era la más... aceptable.

—Joder, entonces no quiero saber cómo eran las otras —masculló de brazos cruzados.

—Miremos el lado positivo —pidió Flavio, igual de conciliador que siempre—. Así tienes menos trabajo, ¿no? El peso de componer todas las canciones no recae solo en ti, como antes. Eso debe ser un alivio.

No supe qué responder. Tenía razón, me había quitado un gran peso de encima al dejar de ser el único letrista. Sin embargo, me había acostumbrado a serlo, a pesar de que no me gustara del todo. Justo cuando comenzaba a sentirme cómodo en aquellos zapatos, me los habían quitado y tirado a la basura, dándome otro par de mocasines relucientes que parecían no quedarme bien del todo. Tuve la sensación de que me comportaba como un gilipollas al rechazar aquel regalo.

—Cuando tengas más confianza con el equipo puedes enseñarle tus temas —propuso Martín.

—Pues... no lo sé. Lo haría si tuviera canciones nuevas —confesé.

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