Las audiciones para el reconocido programa musical «Haciendo a un artista» han comenzado y Ander va a por todas. Puede que no sepa cantar, pero la composición y los instrumentos son su fuerte. Peores artistas han concursado e incluso ganado, ¿verdad...
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Flavio se compró la moto de sus sueños en cuanto cobramos el total de las ganancias de la gira y de las ventas del disco. Lo primero que hizo fue conducir hasta nuestro piso, llamar a la puerta y recibirme con una sonrisa perfecta de dientes blancos.
—¿Te vienes a dar una vuelta?
Ni hola ni nada. Directo al grano. Me contemplé a mí mismo, en pijama de cuadros y con el pelo tan revuelto que me costaba ver bien.
—¿Qué hora es?
—Muy temprano. Si quieres ver algo espectacular, tenemos que irnos ya.
Yo ya estoy viendo algo espectacular, pensé. En su lugar gruñí y me restregué los ojos llenos de legañas.
—¿Es importante? Tengo sueño.
—Muy importante. Venga, ponte algo encima y prepárate para asistir al mejor espectáculo del mundo.
Le hice caso porque era Flavio. Me puse un suéter cualquiera, unos pantalones holgados y mis clásicas zapatillas usadas. A pesar de ser un desastre con patas, la sonrisa de Flavio se ensanchó al verme de nuevo. Intenté sonsacarle a dónde íbamos, pero no dijo ni mu.
Había aparcado la moto en una plaza de garaje vacía que no sabíamos a quién pertenecía. Abrí mucho los ojos al verla y me desperté del todo al entender que era suya.
—¡La has comprado!
—Sí, por fin. —Sacó dos cascos y me entregó uno sin perder la sonrisa—. Póntelo.
—¿Me has sacado de la cama para llevarme en moto? No quiero acabar tirado en la carretera.
—Cállate y ten fe en mí, capullo.
Solté una carcajada y me puse el casco tal y como me dijo. Lo vi sacar un par de guantes del bolsillo y colocárselos sin dejar de mirarme.
—¿Son los que te regalé? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Claro.
Le sonreí. Se montó en la moto y me instó a que me colocara detrás.
—Agárrate fuerte.
Le pasé los brazos por la cintura y apreté su cuerpo fuerte contra el mío. A pesar de estar protegido por el cuero de la ropa, sentí su calor corporal y lo recibí como una vuelta a casa después de mucho tiempo. La cosa había estado tensa desde la noche en la que nos habíamos liado, pero en ese momento volvimos a ser el Flavio y el Ander de siempre.
Condujo por la ciudad con la habilidad de un profesional. Era de noche todavía y las farolas y los semáforos eran lo único que despejaba la oscuridad del camino, junto a las luces de algunos comercios que abrían temprano y un puñado de estrellas desperdigadas encima de nosotros.
Flavio aceleró al dejar la vía urbana y me pareció volar mientras atravesábamos la autopista. Se desvió por una salida hasta una zona de chalés rodeados por campo y naturaleza. Al final de la carretera sin asfaltar había unas escaleras de piedra que conducían a la cima de un barranco. Nos bajamos de la moto y subimos hasta la parte más alta.