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—¿Qué es esa tontería de que falta una canción?

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—¿Qué es esa tontería de que falta una canción?

Los cuatro nos tensamos al escuchar hablar a Nil. Estábamos en la sala de reuniones habitual, esta vez rodeados de todo el equipo: manager, director de los videoclips, productor, ingenieros de audio, fotógrafos, los de marketing, los de distribución... Mucha peña, vaya. Todos se giraron para mirar a Flavio.

—Quería decírtelo antes, pero no hemos parado estas semanas y... —Flavio suspiró y encuadró los hombros, lleno de valor—. Ander me ayudó a componer un tema sobre mi hermana. Se llama «Claudia» y sería muy importante para mí que formara parte del disco.

Silencio. Nadie se atrevió a decir nada en lo que parecieron horas de espera. Vi el rostro de Nil cambiar de expresión varias veces: primero sorpresa, luego incredulidad y más tarde algo parecido al enfado sin llegar a serlo. Era como lanzar una bomba y esperar a que explotara en cualquier momento.

—Flavio... ¿podemos hablarlo en privado? —preguntó el presidente al fin.

—Solo si viene Ander. Ambos somos autores de la canción y me gustaría que estuviera presente.

Abrí mucho los ojos y lo contemplé sin poder creer lo que estaba diciendo. Nuestros ojos se encontraron y me empezó a latir muy rápido el corazón. Me estaba pidiendo con la mirada que lo apoyara en esto. Me necesitaba. Y yo no pude hacer más que darle toda la ayuda que pudiera ofrecer.

Me levanté de un salto e hice un gesto con la barbilla para que saliéramos de allí. Nil asintió y se incorporó.

—Mejor. Quería hablar con los dos de todas formas.

Alan y Martín nos miraron con preocupación, pero nos levantaron el pulgar para darnos ánimos. Ambos sabían de la existencia de «Claudia» y Flavio les había contado la historia, pero no nos habíamos sentado a discutir que estuviera en el álbum porque Flavio era el primero que pensaba que sería imposible. Al parecer había cambiado de idea.

Nil nos condujo por el pasillo a otra sala de reuniones, esta más pequeña, reconfortante y vacía. Señaló las dos sillas libres y él se sentó al otro lado de la mesa, guardando siempre las distancias. Se frotó las sienes con los ojos cerrados y Flavio y yo nos dedicamos a esperar. A Nil no le gustaba que lo interrumpieran, ni siquiera mientras pensaba.

—Te podrías haber ahorrado el numerito, Flavio —comentó al fin, resignado—. Creía que érais ya mayorcitos para tratar las cosas con discreción.

—Lo siento, es que no sabía cómo decirlo —se excusó él.

Ese día llevaba una camiseta verde de mangas cortas y unos vaqueros cortos desgastados. El pelo se le pegaba a la nuca sudorosa, a primera vista por el calor, pero yo sabía que era por los nervios. Incluso muerto de miedo estaba guapo.

—¿Es cierto lo que ha dicho, Ander? ¿La canción es sobre su hermana y le ayudaste a escribirla?

Asentí a la vez que recordaba aquellas tardes de abril en las que nos sentábamos en la sala mientras los demás grababan voces o instrumentos y perfeccionábamos la letra del tema. Aquellas sesiones desencadenaban conversaciones más profundas que parecían no acabar nunca, y que yo mismo no quería que acabaran. Había conocido mucho más de Flavio a través de la música.

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