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Belén era la persona perfecta para Martín

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Belén era la persona perfecta para Martín.

Le daba igual que fuera el batería de una de las bandas más famosas del mundo. Para ella, Martín primero era Martín, el chico del que se había enamorado, y luego músico. Y esto era lo que nuestro amigo necesitaba: se preocupaba tanto por su privacidad que, al conocer a una persona que valoraba tanto la intimidad como él, fue como encontrar una aguja en un pajar.

En lo que al resto de la banda respecta, nos trataba de igual manera: éramos los amigos de su novio, poco más. Era nuevo para nosotros, pero lo agradecimos. Nos ayudaba a mantenernos humildes.

Por esto, cuando la fotografiaron por primera vez junto a Martín y empezó a ocupar las portadas de las revistas, se lo tomó con calma. Mi amigo vivía con ansiedad: no quería que Belén se sintiera abrumada por un estilo de vida que no había escogido. Sin embargo, ella se limitó a dejarlo estar.

—No es para tanto —solía decir cuando Martín expresaba su preocupación—. ¿A quién le importa lo que digan personas aleatorias en internet? Se olvidarán de mí en cuanto encuentren algo mejor que criticar.

Y así fue. Cuando los titulares sobre la misteriosa nueva novia del baterista de FAMA dejaron de interesar al público, la atención se trasladó al siguiente escándalo. Esto le enseñó a Martín (y a los demás) una lección muy importante: todo pasa, nada es tan importante. A veces hay que quitarle importancia a las cosas, echarse unas risas y pasar página.

Otro detalle que hacía funcionar la relación de ambos era el aspecto familiar. Mientras que Martín tenía una relación complicada con sus padres, Belén no se podía separar de los suyos. Él adoraba a sus tres hermanos, ella era hija única. De una manera extraña, aquella combinación era perfecta. Los padres de Belén adoraban a Martín y lo recibieron con los brazos abiertos, al igual que los hermanos de él, quienes la integraron como un miembro más en sus sesiones de juegos de mesa.

Con todo, me alegraba ver a Martín feliz por fin. Se lo merecía como el que más.

Y hablando de felicidad, Alan era el que la perseguía con más ímpetu. Quería dejar atrás sus errores y centrarse en mejorar, pero se encontraba obstáculos por el camino que a veces no sabía cómo gestionar. Tanto él como los demás sabíamos la solución ideal: buscar ayuda profesional y comprometerse a ella. No obstante, con el ritmo vertiginoso de nuestras carreras, esa opción no era viable. Le tocaba recurrir a remedios temporales, como encontrar aficiones que lo distrajeran o trabajar tanto que no tuviese tiempo ni para respirar, pero hasta esos tenían fecha de caducidad.

—Me preocupa no poder controlarme —nos confesó una mañana tras la que habíamos trasnochado para terminar la producción de una de las canciones del disco.

Habíamos vuelto a su piso, donde yo solía vivir con él, y estábamos grabando en el estudio como en los viejos tiempos. Me sentí otra vez como un chico de diecinueve años que empezaba su primer disco con sus compañeros de banda a los que apenas conocía.

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