Las audiciones para el reconocido programa musical «Haciendo a un artista» han comenzado y Ander va a por todas. Puede que no sepa cantar, pero la composición y los instrumentos son su fuerte. Peores artistas han concursado e incluso ganado, ¿verdad...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
En mi corta vida no había comprobado lo que era trasnochar, no hasta que empezamos a trabajar en nuestra música y las visitas al piso de Alan se volvieron habituales. Varias veces a la semana nos quedábamos toda la noche trasteando con el programa de grabación, aprendiendo a usar la mesa de mezclas y escuchando listas de reproducción aleatorias para conseguir inspiración. Lo tenía que compaginar con el trabajo y la noche en la que dormía siete horas seguidas era un milagro.
Fue el verano en el que menos dormí de mi vida, pero, curiosamente, en el que me sentí más despierto.
En las sesiones intentaba componer mientras los chicos practicaban con los instrumentos y grababan toma tras toma hasta encontrar la mejor, pero se me hacía casi imposible. Me di cuenta que para escribir necesitaba silencio absoluto. La presencia de los demás no me molestaba, quizá solo la de Flavio, que me contemplaba de vez en cuando de una manera que no sabía descifrar. A veces parecía querer acercarse para leer lo que escribía y otras desear que me fuera por las caras que ponía.
Un día, sin previo aviso, se acercó hasta donde estaba y me extendió una caja de cartón. Me quedé mirándolo en silencio. Llevaba el bajo colgado de la correa, un conjunto deportivo y unas Converse desgastadas. La camiseta de tirantes dejaba a plena vista sus brazos y a veces se me iba la mirada. Tal vez esa era la razón por la que no me podía concentrar componiendo.
—¿Qué es? —pregunté al fin.
—Ábrelo.
Le hice caso. Al romper el cartón me encontré con unos cascos rojos de marca buena. No de esos que te compras en un bazar por cinco euros, no. Estos valían lo suyo. Alcé la vista y me encontré con su expresión indiferente de siempre.
—¿Por qué me das esto?
Intenté no sonar borde, pero creo que fallé.
—Es un regalo —aclaró como si fuera evidente.
No, no era evidente. Se suponía que no nos caíamos bien, solo nos soportábamos por el bien común de FAMA. ¿Ahora se ponía a hacerme regalos? No lo entendí.
—¿Para mí?
—No, tío, para tu prima. Claro que son para ti.
Los contemplé de nuevo. Me había quedado sin palabras.
—Flavio, esto... es muy caro.
—No te rayes. Me he comprado unos nuevos que son inalámbricos y estos de cable ya no los quiero. Y como te veo resoplar cada vez que intentas componer mientras tocamos, con ellos no nos escucharás.
Era comprensible y tenía todo el sentido del mundo, peor yo no lo encontraba.
—Vale... —dije, aún extrañado.
—Con un gracias habría bastado —masculló antes de darse media vuelta y volver con los demás.
Vale, había quedado fatal. Pero es que estaba pasmado. Me pasé el resto del día intentando concentrarme en las letras de mi libreta, pero dándole vueltas al comportamiento de Flavio. Ni siquiera me atreví a ponerme los cascos. Los dejé ahí, metidos en la caja, como si al tocarlos me fueran a pegar un bocado o algo parecido.