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El uno de octubre es mi cumpleaños, y el de ese año fue el primero que celebré con los de la banda

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El uno de octubre es mi cumpleaños, y el de ese año fue el primero que celebré con los de la banda.

Denis y Tamara vinieron de Alicante a Madrid para asistir. Por insistencia de Alan lo celebramos en «nuestro» piso —me pasaba igual que cuando vivía con mis tíos, no me parecía bien decir que era mío— y él se encargó de la decoración. Me prohibió volver hasta la hora del cumpleaños para que fuera una sorpresa, por lo que fui a la estación a recoger a mi hermano y mi cuñada y los llevé a comer por el centro.

A Denis le había sentado regular que me quedara en Madrid. Ni siquiera podía culparlo: se lo conté cuando debíamos estar reencontrándonos en Alicante. Tuvimos una conversación acalorada por videollamada en la que él cuestionaba si estaba haciendo lo correcto y yo intentaba justificarme. Aunque no lo dijo en voz alta, cosa que Denis hacía cuando se trataba de sus sentimientos, supe que estaba decepcionado conmigo.

Sé que estar en Madrid me hacía perder tiempo a su lado y me odiaba por ello. Al mismo tiempo, me di cuenta que Denis estaba a punto de formar una familia. Que yo no viviera con ellos quizá era bueno: tendrían más espacio para el bebé. Traté de explicárselo, pero me dijo que yo ya formaba parte de su familia y que me quería allí. Me faltó poco para llorar, tanto por la emoción como por la frustración de estar cuestionándome si había tomado la decisión correcta.

La discusión no se calmó hasta que Tamara apareció en la pantalla y tranquilizó a mi hermano. Algo que tenía en común con Denis es que nos encendíamos con facilidad y luego nos arrepentíamos de lo que habíamos dicho durante nuestros arrebatos de ira. Me confesó que me echaba de menos y yo le respondí que también lo extrañaba. A partir de entonces seguí mi plan inicial de viajar de vez en cuando, pero al revés: vivía en Madrid y cuando podía me iba a Alicante a visitar a la familia. Mis tíos venían a veces y pasaban el finde con nosotros. De esa manera, al menos, seguía teniendo presente mi ciudad natal.

Volviendo a mi cumpleaños, me alegré de poder juntar mis dos mundos en un mismo espacio: mi familia biológica por un lado y mi familia elegida por otro. Cumplí veinte años rodeado de la gente que quería, y eso fue suficiente. Además, vinieron los padres y la hermana de Flavio y las madres de Alan, India y Joana. Me dio un poco de vergüenza presentarme como el chico que estaba invadiendo el piso de su hijo, pero ambas fueron muy amables conmigo y me chivaron que estaban más tranquilas sabiendo que no vivía él solo. Les di las gracias unas cien veces.

De la familia de Martín no hubo ni rastro, pero tampoco me sorprendió. Por lo que me había contado, seguían enfadados con él por haber dejado los estudios para perseguir una carrera musical. Nuestra confianza había llegado a tal nivel que pasé de asegurarle que todo iría bien a quejarme de la actitud y la falta de empatía de su familia. Él agradecía la sinceridad.

Estuvimos toda la tarde y parte de la noche celebrando. La decoración de Alan consistió en varios globos, guirnaldas, lanzadores de confeti —que dejaron el suelo perdido y cuyos restos tuvimos que limpiar al día siguiente— y recortes de instrumentos en tamaño real colocados por el apartamento. La tarta era de chocolate y nata y estaba decorada con una fotografía mía sacada de la sesión de fotos del álbum. Tenía las gafas de sol puestas, el pelo pegado a la frente y una sonrisa en la que se me veían los dientes. Recuerdo que me empezó a gustar esa imagen una vez escuché a todos decir lo guapo que salía en ella. Tanto que me la puse de foto de perfil en Instagram.

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