Las audiciones para el reconocido programa musical «Haciendo a un artista» han comenzado y Ander va a por todas. Puede que no sepa cantar, pero la composición y los instrumentos son su fuerte. Peores artistas han concursado e incluso ganado, ¿verdad...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El DEXILL TOUR dio comienzo en enero, justo después de las vacaciones de Navidad. Fue como entrar en un mundo nuevo, uno donde la gente pagaba para vernos y cada noche era una fiesta en nuestro honor. Un mundo donde, contra todo pronóstico, importábamos a la gente.
Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. Vayamos parte por parte.
Las navidades las pasé en Alicante con Denis y Tamara. Me disculpé cientos de veces por lo descuidado que había sido y prometí que iría de visita más a menudo. A Tamara le pareció genial, ya que seguían estancados en el proceso de espera de la adopción y me confesó a solas que notaban mucho mi ausencia. Denis no dijo nada al respecto, pero reconocí la nostalgia en sus ojos cada vez que me miraba.
Volver fue difícil. No obstante, la preparación de la gira me mantuvo ocupado. Solo me permitía pensar en mi hermano por la noche, el único momento del día en el que no estaba rodeado de gente, y lloraba al sentirme inundado por la culpa y la vergüenza. Al día siguiente renacía como otro Ander, el que tocaba música y se subía al escenario, hasta que se me agotaba la energía y volvía a ser el chico solitario que llenaba la almohada de lágrimas por la noche.
Flavio y los demás notaban que había algo raro en mí, sobre todo Flavio. Se me quedaba mirando más de la cuenta en los ensayos y no de manera sutil. Quizá esperaba que confiase en él y le contara qué me pasaba, pero no estaba preparado para hablarlo con nadie. Así que no lo hice.
El equipo que trabajaba junto a nosotros en la gira era más grande de lo que había esperado. Entre el personal técnico y de sonido, los de iluminación y efectos visuales y los de transporte eran más de cincuenta personas, todo sin contar los de vestuario, los de la tienda de merchandising y nuestro equipo más cercano.
La caravana que nos llevaba de una punta del país a otra estaba bien equipada. Teníamos literas para los cuatro, una cocina con microondas y una mini nevera, baño con ducha propia, zona de estar con sofás y un toldo exterior para montar cuando aparcábamos en la ciudad de destino. Ni siquiera le faltaba sistema de calefacción. Si Grant Producciones era capaz de invertir en un vehículo así para una banda emergente, no quería imaginar dónde viajan los artistas consolidados que llevaban años pisando los escenarios.
Al subirnos a la caravana y emprender el camino a Vigo, la primera parada del tour, tomé consciencia de lo que estaba ocurriendo. Nos acabábamos de embarcar en una gira que cubriría catorce ciudades distintas de España, en algunas con más de un concierto. Todo por nosotros y nuestra música. El espectáculo que llevábamos semanas preparando lo verían y disfrutarían miles de personas.
Era una locura. Pero era una locura que me mantenía distraído de lo demás, así que la escogía una y otra vez para que ocupara mis pensamientos.
Los viajes en la caravana no se hacían pesados. La mayor parte del tiempo charlábamos, jugábamos al parchís —Martín había descubierto que existía una aplicación para jugar juntos y la usábamos todos los días— o veíamos series y películas en la televisión mediana de la zona de estar.