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Tras una resonancia magnética a la mañana siguiente y una posterior punción lumbar, el médico nos confirmó que Denis tenía esclerosis múltiple

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Tras una resonancia magnética a la mañana siguiente y una posterior punción lumbar, el médico nos confirmó que Denis tenía esclerosis múltiple.

Normalmente no se diagnostica tras el primer brote, que fue lo que experimentó mi hermano esa noche en casa, pero las lesiones en su sistema nervioso eran claras. Además, la otra alternativa era muy despiadada: esperar a que sufriera un segundo brote para confirmar las sospechas. No, gracias.

Ese día me pasé horas y horas investigando sobre la esclerosis múltiple en internet, aunque el médico nos hizo un resumen. Es una enfermedad crónica y autoinmune en la que el cerebro y la médula espinal se ven afectados, provocando que la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo se interrumpa. De ahí la fatiga constante, los problemas de movimiento y los dolores corporales de Denis.

No es una enfermedad mortal, nos dijo el médico, pero puede causar discapacidad progresiva. Hay tratamientos para ralentizarla y mejorar los síntomas, pero poco más. Mi hermano tenía un acompañante que lo acecharía el resto de su vida.

Lo vi por primera vez tras conocer el diagnóstico. Traté de ser fuerte por él, porque era lo que merecía. Sin embargo, me derrumbé en cuanto me senté a su lado y sacó la mano de debajo de las sábanas para buscar la mía. Una mano frágil y fría.

—No llores, que lloro yo —pidió con las mejillas ya mojadas.

—Misión fallida.

Se le veía tan pálido, tan en los huesos, tan sin vida en esa camilla. Hasta su pelo cobrizo, idéntico al mío, había perdido brillo. Y ya ni hablar de sus ojos. Parecía que no me miraba a mí, sino a algo más allá. Sabía que la enfermedad le provocaba problemas de visión, así que esa debía ser la razón.

—¿Cómo te sientes? —pregunté, aunque me arrepentí en cuanto lo pronuncié. ¿Cómo se iba a sentir tras aquella noticia?

—Tirando. Pero ey, te tengo para mí un rato más. Creía que no nos veríamos hasta Navidad.

—Cambio de planes. No tendrías que haberte esforzado tanto, eh.

—¿Qué puedo decir? Me gusta ser tu centro de atención.

Siempre lo eres, de una manera u otra, pensé.

—El médico ha dicho que puede ser hereditaria —comenté, evitando decir el nombre de la enfermedad como si eso fuera a hacer que desapareciera—. ¿Sabes si papá...?

Denis alzó la vista e intercambió miradas con nuestra tía, quien asintió.

—Sí, vuestro padre la tiene también —confirmó de brazos cruzados—. Me enteré hace unos años, me llamó para contármelo. No hablo con él desde entonces.

Miré a Denis y luego nuestras manos entrelazadas. No pude entender cómo dos hermanos se dejan de hablar. Aunque nuestro padre nos había abandonado a nuestra suerte, así que no estaba en posición de juzgar a mi tía.

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