Las audiciones para el reconocido programa musical «Haciendo a un artista» han comenzado y Ander va a por todas. Puede que no sepa cantar, pero la composición y los instrumentos son su fuerte. Peores artistas han concursado e incluso ganado, ¿verdad...
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Flavio se tomó muy en serio lo de ayudarme a componer. Comenzó a acudir a las sesiones que tenía con Aitana y el resto de letristas, menos los días que coincidían con sus lecciones de bajo. La mayor parte del tiempo no intervenía, solo se quedaba sentado de brazos cruzados y mirándonos en silencio. Gran parte de ese tiempo me miraba a mí y yo intentaba ignorarlo con todas mis fuerzas.
Al final, se atrevió a tomar la iniciativa y presentó la idea de la que habíamos hablado: quería escribir una canción sobre el enfado. Solo hizo falta un par de sesiones para que surgiera «¿Sigues Aquí?», un tema que iniciaba como una balada a piano pero que a medida que avanzaba creaba tensión y añadía instrumentos hasta explotar en un estribillo final con guitarra eléctrica. Como había pasado con «Río», esta canción fue la favorita de Flavio del segundo álbum y la que pediría cantar en solitario. Alan le hizo las voces de fondo con gusto y dejó que brillara.
Era el tema más personal de Flavio. No solo porque había participado en la composición, también porque hablaba de sentirse abandonado, incomprendido y cuestionado por cada movimiento que hacía. No tardamos en hacerla la primera canción del álbum, ya que no había mejor forma de dar inicio a la historia que queríamos contar.
Después de esa experiencia quiso más. Accedí a compartir espacio con él porque era mejor que no hacerlo. Así lo veía más y me aseguraba de que no volvía a odiarme por el tema del ship. No hablábamos de ello en ningún momento, y, la verdad, lo prefería. Era incómodo.
La gente editaba fotos y nos ponía juntos. Juntaban trozos de vídeos que había por internet y señalaban los pequeños gestos que supuestamente nos delataban. Lo gracioso era que aquello solo me delataba a mí. Cualquiera que analizara la forma en la que miraba a Flavio o interactuaba a su alrededor se daría cuenta de que me gustaba.
Una de nuestras conversaciones más significativas ocurrió a principios de mayo. El calor había hecho acto de presencia de nuevo y estábamos juntos en el estudio para disfrutar del aire acondicionado. Alan grababa voces en la cabina y Martín practicaba la batería en la sala de ensayos, lo que nos dejaba a Flavio y a mí esperando nuestro turno en el sofá.
Aquella sería la última canción que grabábamos para el disco. Teníamos un total de once temas inéditos que el equipo había aprobado. Nil aconsejó que no nos perdiéramos en el proceso y lo cerráramos con aquellas once canciones. En cuanto estuviera todo producido, masterizado y mezclado, pasaríamos a las sesiones de fotos, las grabaciones de videoclips y el resto de elementos que formaban parte de lo audiovisual.
Flavio estaba haciendo piruetas con su bolígrafo, porque sí, ya se lo había devuelto. Supuse que era de los dos: si él se lo dejaba olvidado yo lo recogía, y él hacía lo mismo cuando yo lo usaba. Observé las vueltas que daba con él sobre la hoja y le di un codazo para llamarle la atención.
—¿Algo que te perturbe? —pregunté.
—Nada, es una tontería.
Le metí presión con un vistazo hasta que no pudo más y cedió.