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Una tarde que me tocó trabajar hasta el cierre llegué más temprano de lo normal al local

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Una tarde que me tocó trabajar hasta el cierre llegué más temprano de lo normal al local. No tenía nada que hacer, así que cogí el bus antes, pero olvidé mandarle un mensaje a mi jefe para hacérselo saber.

Entré al bar con la llave que tenía y me sumergí en la oscuridad de camino al interruptor. Se suponía que no había nadie, pero el sonido extraño que vino de detrás de la barra demostró lo contrario. Opté quedarme en la entrada y rezar porque no me hubieran escuchado. Me acerqué de puntillas para no hacer ruido y el murmullo de la conversación entre dos voces se hizo más prominente.

—... Ya te lo he dicho. No te lo pienso repetir.

—Cállate y vete, anda. No estoy de humor para gilipolleces.

—No son gilipolleces. Si se te ocurre hacer algo raro...

Me quedé anonadado al darme cuenta que una de las voces la conocía muy bien. Ese tono grave y seco solo podía pertenecer a una persona: Flavio.

—Tú a mí no me das órdenes, niñato.

El otro era mi jefe. ¿Qué cojones hacían ahí Flavio y Jon, discutiendo en la oscuridad de un local cerrado? No tenía sentido.

—Los dos sabemos a lo que me refiero. Más te vale no acercarte a Ander o joderle la vida, porque de lo contrario vamos a tener problemas.

Si ya estaba confuso, tras escuchar mi nombre tuve que hacer un esfuerzo por no gritar del asombro. ¿Por qué Flavio me acababa de mencionar? ¿Y por qué hablaba de mí... así? ¿Como si... le importara? ¿Acaso me estaba defendiendo?

—No me digas que te has vuelto a pillar, Flavio. ¿Es que no aprendes de tus errores o qué?

Con el corazón martilleándome el pecho decidí ser valiente y salir de mi escondite. Pulsé el interruptor y la luz se hizo. Tardé un par de segundos en acostumbrarme a la claridad, pero en cuanto lo hice vislumbré a un Jon más mosqueado que de costumbre y a un sorprendido Flavio que me miró de hito en hito.

—Buenas tardes —pronuncié casi con miedo, como si fuera yo quien tuviera que excusarse por estar allí—. ¿Interrumpo algo?

Por supuesto que lo interrumpía. La cara de Flavio era un poema. Jamás lo había visto tan desconcertado y acorbadado como en aquel momento. A lo mejor temía que hubiera escuchado la conversación. Intenté tranquilizarle con la mirada, pero no se me daba bien comunicarme de esa manera con él.

—Tu amigo ya se iba —dijo Jon, quien no se molestó en disimular la rabia que seguía sintiendo después de aquella acalorada discusión.

Flavio hizo un intento por hablar, pero abrió la boca y luego la cerró. Se había quedado sin palabras. Cuando por fin se movió intenté decir algo, pero no sabía el qué. Me echó un vistazo rápido al pasar por mi lado para salir del local. ¿Qué coño estaba pasando?

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