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En marzo le mostramos a Nil y al resto del equipo las seis canciones que teníamos terminadas y que componían más o menos la mitad del disco

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En marzo le mostramos a Nil y al resto del equipo las seis canciones que teníamos terminadas y que componían más o menos la mitad del disco. Al presidente le encantaron todas. El equipo estaba muy contento con el resultado y nos aseguraron que si seguíamos así crearíamos el disco perfecto.

—Os hemos preparado una entrevista de radio para calentar motores y preparar a la gente para lo que se viene —explicó Marcela, sonriendo como una madre orgullosa que sabe que sus hijos no la decepcionarán nunca—. Nada es seguro aún, así que no desveléis títulos de canciones ni nada, pero podéis hablar del proceso de creación todo lo que queráis.

Marcela, siendo nuestra manager, vigilaba y aprobaba toda la parte operativa, legal y comercial de nuestra carrera. Era una especie de Nil a menor escala: todo lo relativo a la banda debía pasar por su visto bueno primero. Esto nos permitía centrarnos en lo que debíamos como artistas: la música.

—Os añadiré la entrevista a los calendarios virtuales en cuanto me confirmen fecha y hora. Venga, ahora volved al estudio, pero antes pasaros por la cafetería a por unos bocadillos de calamares. Os los he reservado al nombre de Alan.

Y, en sus ratos libres, le gustaba hacer de madre y asegurarse de que nos manteníamos hidratados, que comíamos bien y que descansábamos lo suficiente. Le agradecimos con un beso en la mejilla cada uno y devoramos los bocadillos de camino al estudio.

Después de que aprobaran nuestro progreso con el disco, a pesar de mis quejas, comenzamos a trabajar en «Arenas Movedizas». Flavio había insistido tanto que ahora todos tenían hype por escucharla.

—No tengáis las expectativas muy altas, Flavio es un exagerado —les pedí una tarde antes de tocarla con la guitarra.

Temía desilusionarlos. Temía que el discurso grandilocuente de Flavio fuera en mi contra y la canción los decepcionara. La posibilidad estaba ahí, por pequeña que fuera, y el pesimista dentro de mí se aferraba a ella.

No obstante, Martín y Alan le siguieron el juego. La toqué y ambos actuaron como si fuera la mejor canción que habían escuchado en sus vidas. A ver, estaba muy orgulloso del tema que había escrito, pero me parecía que exageraban un poco.

—¿Pelotazo ha escuchado esto?

—Aún no.

—¿Y a qué estamos esperando? —se quejó Alan—. Lo voy a llamar ya mismo. ¡Nos tiene que producir la que va a ser la mejor canción de FAMA!

El siguiente paso fue igual de complicado. Tuve que presentarme frente al grupo de compositores con los que trabajaba, tomar la iniciativa y enseñarles el primer tema que había escrito por mi cuenta. El miedo que sentía se tornó a alivio cuando Aitana y los demás recibieron la canción con brazos abiertos (o con bolígrafos preparados, mejor dicho). Sus consejos elevaron el tema y lo convirtieron en la versión que hoy en día todo el mundo conoce.

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