Las audiciones para el reconocido programa musical «Haciendo a un artista» han comenzado y Ander va a por todas. Puede que no sepa cantar, pero la composición y los instrumentos son su fuerte. Peores artistas han concursado e incluso ganado, ¿verdad...
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La edición deluxe de «Tercer Grado» salió a la venta en febrero con cuatro temas adicionales y unos meses antes de que nos embarcáramos en la gira TERCER GRADO WORLD TOUR. Y sí, sería nuestro primer tour mundial: visitaríamos España y varios países de Europa, luego Asia y Australia, y finalizaríamos con unas cuantas fechas en Norteamérica y Latinoamérica. La demanda era sobreacogedora: cuando por fin las restricciones se volvieron mínimas y pudimos anunciar la gira sin miedo a cancelarla, la mayoría de las entradas se agotaron y el equipo tuvo que añadir más fechas.
Comencé a concienciarme de que estaríamos en la carretera mucho más tiempo que la última vez. La gira empezaría en noviembre de 2021 y se alargaría hasta diciembre del año siguiente. Más de un año de ensayos, viajes, conciertos, noches de pocas horas de sueño y cientos de controles sanitarios que nos volverían locos. Solo de pensarlo me entraba una ansiedad de caballo, pero debía afrontarlo de una manera u otra. Al fin y al cabo, era el trabajo que habíamos elegido, con sus ventajas y desventajas.
El verano de aquel año fue ajetreado. Volvimos a los ensayos para la gira, que se alargaban varias horas hasta la noche, pero esta vez todos teníamos otras cosas que hacer. Alan se iba pitando para estar listo para las sesiones de fotos de las mañanas siguientes. Martín había comenzado a producir los temas de otros artistas. Flavio alternaba los ensayos de la banda con los del musical en el que iba a actuar. Y yo estaba enfrascado en la composición del disco pop de Samantha B, una cantante consolidada a quien todo el mundo adoraba.
Mi día consistía en la siguiente rutina: madrugar a las siete, estar en el estudio a las ocho y componer durante toda la mañana hasta la hora del almuerzo, ya fuera para otros artistas o para FAMA. Luego me reunía con los de la banda en el gimnasio para realizar los ejercicios y estiramientos, volvíamos a la discográfica para los ensayos individuales y por la tarde nos volvíamos a ver en los ensayos en conjunto. Tocábamos los temas, practicábamos las coreografías y trabajábamos en la sincronización y el control de la energía.
A la hora de cenar no solíamos coincidir. Algunos días uno tenía una sesión de fisioterapia justo después, o debía acostarse antes para madrugar al día siguiente, o no podía hablar mucho por culpa del descanso vocal. El único «tiempo libre» que nos ofrecía Nil era un puñado de horas al mes que debíamos dedicar a dar entrevistas, ir a la radio, promocionar nuestra música o crear contenido para las redes sociales. Al menos nos libraba de ensayar el mismo setlist una y otra vez, así que en cierto modo era un descanso de la rutina.
Como persona que siempre ha disfrutado de la soledad, la vida del músico famoso estaba comenzando a pasarme factura. Me rodeaba un equipo de cientos de personas pendientes de cómo escribía, cómo tocaba, cómo vestía y en general cómo existía. En parte me alegraba no gustarle tanto al público como el resto de mis compañeros, pues ese detalle me daba lugar a relajarme un poco. Por mucho que me pusieran ropa cara y me maquillaran hasta las cejas, al final del día siempre se me iba a criticar por ser el feo del grupo. De modo que era más libre en ese sentido.