Las audiciones para el reconocido programa musical «Haciendo a un artista» han comenzado y Ander va a por todas. Puede que no sepa cantar, pero la composición y los instrumentos son su fuerte. Peores artistas han concursado e incluso ganado, ¿verdad...
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Nuestros primeros conciertos propios fueron una pasada. Tuvimos uno el sábado y otro el domingo, ambos idénticos en cuanto al setlist y la energía del público. Fue la primera vez que tocamos el álbum al completo, cada una de las diez canciones que lo componían, y se sintió increíble.
Había gente que ya se sabía la letra de algunas canciones, lo que nos hizo flipar. ¡El álbum apenas llevaba un día en las plataformas de streaming! Además, preparamos un puesto en la entrada del auditorio en el que se podía comprar la versión física del disco. Nos vimos obligados a hacer otro encargo a la fábrica de 300 unidades, y todas se agotaron en ambos conciertos.
Claudia se llevó su cámara y desde su asiento reservado en la primera fila consiguió las mejores fotografías del concierto. Mi hermano y Tamara, al igual que el resto de las familias de mis compañeros, también tenían sitios reservados. Los únicos a los que echamos en falta fueron los padres de Martín. Eso sí, sus tres hermanos ocupaban sus asientos y observaban embelesados la actuación. El pensamiento de que era su primer concierto, y encima de su hermano mayor, me robó una sonrisa.
Toqué las canciones con mi guitarra nueva, la que me habían regalado Denis y Tamara, y los pude distinguir sonriendo desde sus butacas. La verdad es que usar el instrumento era una gozada. Fue una experiencia única, como si la guitarra supiera qué notas iba a tocar y me ayudara a hacerlas sonar mejor.
Uno de los momentos más memorables fue cuando Flavio cantó «Río» por primera vez delante de una audiencia. Al llegar su turno, Alan hizo una reverencia y le ofreció el micrófono con una sonrisa de oreja a oreja. Jamás se me olvidará la ilusión en el rostro de Flavio cuando se acercó al pie de micro para dirigirse al público.
—Este próximo tema es muy especial para mí —empezó—. Por ello, me gustaría pedir a Ander que me acompañara a piano.
Escuchar mi nombre envió un escalofrío enorme por el cuerpo. Permanecí inmóvil unos segundos, incapaz de asimilar lo que acababa de decir. Martín y Alan se miraron entre ellos, sonrieron y asintieron.
Hijos de puta. Lo tenían planeado entre los tres y no habían dicho nada. Me los iba a cargar.
No obstante, tuve que envalentonarme como nunca lo había hecho y salir de mi pequeño escondite al final del escenario. Me acerqué a Flavio muy despacio mientras los aplausos mitigaban mi miedo interior. Cruzamos miradas y, a pesar de estar de pie delante de cientos de personas, compartimos una conversación privada sin decir ni una palabra.
Su intención era genuina. Quería que tocase el piano solo con él porque nadie podía hacerlo mejor. Así que suspiré, asentí y moví el teclado hasta el centro del escenario. Mientras me preparaba vi por el rabillo del ojo a Martín y a Alan sentados de piernas cruzadas a un lado, tan ilusionados como el resto de los fans. No tenían remedio.
«Río» es una canción movida, pero ese día la tocamos con nada más que el teclado y la voz de Flavio. Creo que en el presente podríamos encontrar a cada una de las personas que estuvo en aquel auditorio y preguntarles qué pasó en esa actuación. Todos responderían lo mismo: fue mágico. Hicimos magia.