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Después de los conciertos en Londres, Manchester, París, Amberes y Ámsterdam, llegó el momento de presentarnos en Berlín

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Después de los conciertos en Londres, Manchester, París, Amberes y Ámsterdam, llegó el momento de presentarnos en Berlín.

Habíamos celebrado los cumpleaños de Alan y Flavio por todo lo alto: ambos coincidieron con noches de concierto y el público se encargó de cantarles cumpleaños feliz en el idioma correspondiente. Uno en inglés, otro en francés. ¿Qué mejor plan para cumplir años que ese?

La situación con Alan se había calmado. Él mismo parecía más sereno, más presente. No sé qué mosca le había picado, pero pasó de ignorarme a ofrecerme su ayuda con cualquier cosa. Me guardaba una hogaza de pan si llegaba tarde al desayuno, me prestaba su partitura si no encontraba la mía, me ofrecía su cama para echarme una siesta si me veía más cansado de lo normal. Supuse que era su forma de compensar los meses malos que había tenido.

Tras una llamada con sus madres, en la que se disculparon por el comportamiento de su hijo, supe que su guardaespaldas le controlaba la ingesta de alcohol y cualquier otra sustancia ilegal. Al principio el síndrome de abstinencia había amenazado con acabar con él y su cordura, pero lo había superado y ahora estaba mejorando poco a poco. Me arrepentí de no haber estado a su lado en aquel momento, pero las cosas se dieron así.

Aterrizamos en Berlín la madrugada de un jueves y dimos el concierto el viernes por la noche. El ambiente en el recinto fue electrizante y mágico. Me seguía volando la cabeza cómo gente de otro país, que hablaba otro idioma y tenía otras costumbres distintas, gritaba las letras de la banda a los cuatro vientos. El poder de la música, que transciende barreras culturales.

No nos íbamos a Múnich hasta el lunes. Mientras los demás se quedaban descansando en el hotel, preparé mi viaje al norte. El tren a Kiel desde Berlín era de casi cuatro horas, pero lo tomé con gusto. Flavio decidió acompañarme para velar por mi seguridad, aunque José seguía sin apartarse de mi lado.

Kiel era muy diferente a la capital. Había menos monumentos históricos debido a que había sido bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, pero seguía siendo una ciudad portuaria con lugares preciosos. Era más tranquila y centrada en la vida universitaria, donde la gente tendía a caminar o coger la bici en comparación con las travesías en metro y bus de Berlín. Eso sí, la temperatura a cinco grados no me gustaba tanto.

Lo primero que hicimos al llegar fue visitar el puerto, admirar las vistas del mar Báltico y almorzar un Fischbrötchen, un sándwich con pescado típico de la zona. Le mandé una foto a Denis, al igual que de cualquier cosa que veía que me llamara la atención, y le prometía una y otra vez que volvería en el futuro con él. Siempre había sido su sueño visitar la ciudad de donde provenían nuestras raíces.

Hablar alemán de manera fluida fue muy especial. Me resultó más fácil que en Berlín pues, al contrario que en la capital, la gente de Kiel tenía un acento claro y plano. Distaba bastante del dialecto berlinés, mucho más marcado y rápido. Flavio no me quitaba el ojo de encima cada vez que hablaba con el camarero o compartía unas palabras con los vecinos del barrio. Al parecer le ponía que fuera bilingüe. Qué chico tan tonto y adorable.

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