Las audiciones para el reconocido programa musical «Haciendo a un artista» han comenzado y Ander va a por todas. Puede que no sepa cantar, pero la composición y los instrumentos son su fuerte. Peores artistas han concursado e incluso ganado, ¿verdad...
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Al volver de las vacaciones improvisadas, Dante nos pidió que fuéramos los teloneros de su nueva gira. Iba a sacar un álbum nuevo, el octavo de su carrera, y Nil le había explicado que tenernos en su espectáculo atraería a un público más joven.
El momento de conocerlo en persona fue... incómodo, podríamos decir. Mientras le estrechaba la mano no podía quitarme de la cabeza que casi habíamos acabado en una batalla legal por copiar el estribillo de una de sus canciones. A la vez, era ese mismo plagio el que nos había llevado a firmar con la discográfica. A veces la vida tiene formas muy extrañas de mostrarte el camino adecuado.
Dante era un hombre de treinta y cinco años que había concursado una década atrás en la primera edición de Haciendo a un artista. Había destacado por su dominio del rap y la facilidad que tenía para componer sus propias rimas e incorporarlas a bases pop y urbanas que gustaban a todo el mundo. A lo largo de su extensa carrera había experimentado con múltiples estilos y era conocido por reinventarse con cada trabajo que publicaba.
Su nuevo disco era una mezcla de electrónica y dance que estaba a punto de salir y que solo con los singles había vendido más unidades que cualquier canción de FAMA. Era uno de los grandes de la industria y contar con su apoyo nos daría otro empujoncito a ese éxito internacional que seguíamos persiguiendo.
La gira empezaba en junio y la llevaría por España, gran parte de Europa y varios países de Latinoamérica. Nos comprometimos a tocar en todas las fechas del país, lo que nos iba a mantener fuera de casa durante el verano entero, y Nil aseguró que si lo hacíamos bien consideraría llevarnos al resto de países.
Con el dinero que empezamos a ganar fui capaz de devolver a mi familia todo lo que les debía. Mis tíos protestaron cuando les hice la transferencia, pero ignoré sus quejas. Lo que habían hecho por mí no se podía pagar de manera material, pero al menos así podían comprarse un capricho. En cuanto a Denis, canceló la transferencia directamente y me devolvió la misma cantidad. Se la estuve mandando de nuevo y él cancelándola hasta que se cansó de mí y lo dejó estar.
Nuestras cuentas del banco se alegraban mucho con el pago de cada mes. Sobre todo la de Martín, quien por fin pudo aprender a respirar tranquilo y a no preocuparse cada dos por tres por los pocos ingresos de su familia. De hecho, lo primero que hizo fue comprar una casa nueva y sacar a sus padres de su antiguo barrio.
Y hablando de novedades... El concepto del siguiente álbum surgió una tarde de abril en la que estábamos ayudando con la mudanza a Martín. Flavio insistió en dejar la televisión puesta de fondo, ya que estaban echando una de sus series favoritas: Orange Is the New Black.
—¿Todas son tus series favoritas o qué? —preguntó Alan, quien había sido testigo de sus múltiples monólogos a modo de tesis defendiendo la calidad de una serie u otra. Cada vez que lo hacía, la serie de la que hablaba era distinta a la anterior.
—Tener una única serie favorita es como preguntarle a un padre de familia numerosa cuál es su hijo predilecto —argumentó Flavio a la vez que metía un jarrón con cuidado en una caja—. Os tengo que seguir educando.