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El día que terminamos el álbum fue el mismo día que encontramos un título

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El día que terminamos el álbum fue el mismo día que encontramos un título. Es gracioso, puesto que había estado delante de nuestras narices desde el principio.

Sabíamos que, si alguna canción debía darle nombre al disco, sería «Los Primeros». Era el tema que había escrito en la playa y que hablaba sobre nuestros inicios ya no solo como banda, sino como amigos. Porque sí, ya consideraba a esos idiotas mis amigos. Flavio estaba en un limbo extraño, pero añadámoslo a la lista con los demás, por qué no.

Una vez grabamos el tema y lo producimos por encima decidimos colocarlo en primer lugar. El título pedía a gritos que fuera el tema introductorio del álbum y era una carta de presentación a nuestro mundo.

Nos sentamos en el suelo del estudio a escuchar los borradores de las diez canciones que teníamos a través de los altavoces y, sin esperarlo, empezamos a llorar. Creo que fue un cúmulo de sentimientos: la emoción de escuchar algo que era nuestro y que habíamos creado juntos, el cansancio después de más de un verano entero trabajando día y noche en el álbum, y la certeza de que tenía potencial. Eso era FAMA, nuestro disco debut.

Martín hizo una foto de los cuatro cuando seguíamos llorando a moco tendido y la mandó por el grupo. Yo estaba ocupado limpiándome con un pañuelo y contemplando a Flavio, quien intentaba disimular lo rojo que tenía los ojos. Alan vio la notificación y, con lágrimas todavía en las mejillas, se quedó mudo observando la pantalla.

—¿Pasa algo? —pregunté al verle.

—Tíos, ¿por qué el álbum no se llama así?

Nos mostró el grupo de WhatsApp y vimos el nombre: «Los últimos de la fila».

—Hostia, qué buena idea —dijo Martín abriendo mucho los ojos—. ¡De eso habla «Los Primeros»! Los últimos serán los primeros, y nosotros éramos los últimos de la fila del casting. ¡Es perfecto!

Viéndolo así, tenía mucho sentido. Flavio me escudriñó y preguntó:

—¿Lo habías pensado cuando escribías la canción?

Negué. No había identificado a la banda como los últimos por la posición que teníamos en la fila, sino porque después de la audición me sentí un perdedor. El último, sin más. Al que la gente acudiría como último recurso.

—Sea como sea, queda bastante bien —admitió de brazos cruzados.

—Estoy de acuerdo —concluí.

Alan sonrió y cogió el rotulador. Se aproximó a la pizarra que teníamos en una pared, donde habíamos cambiado el orden de las canciones cientos de veces hasta que estábamos contentos con el resultado, y escribió el título en la parte superior: «Los Últimos De La Fila».

Nos quedamos mirando hipnotizados el resultado durante más de un minuto. Ahí estaba el trabajo de un verano entero, condensado en un álbum de diez canciones que acabábamos de bautizar. Los últimos de la fila.

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