Capítulo 64

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La oficina de su padre huele igual que antes a dinero malgastado, a limpieza sin alma, a secretos que nadie quiere admitir. Jeongin cruza el lugar como si nunca hubiera pertenecido ahí, y lo cierto es que nunca lo hizo, no de verdad y no habla de la oficina o la empresa, se refiere a su "familia".

La oficina está impecable. Las luces tenues bañan las paredes con una frialdad impersonal y cada cuadro, cada mueble, cada flor en sus jarrones carísimos parece colocado con la intención de impresionar, no de recibir.

Jihyo está sentada en uno de los sillones, como una emperatriz exiliada, observando con atención cada uno de sus pasos. Cruza las piernas con la misma elegancia letal que siempre ha tenido, y a pesar del tiempo, ni una sola línea de expresión ha suavizado la severidad de su rostro, esta enojada o decepcionada, el supone que la primera ya que para estar decepcionada debería tener por lo menos un poco de cariño hacia él y Jooheon no está presente al principio, pero Jeongin sabe que no tardará en aparecer. Es parte del teatro que montan: dejarlo esperando, hacerlo pensar que no vale su tiempo.

Pero hoy, Jeongin no sera el niño omega asustado, hoy Jeongin cambiara la narrativa, "el pequeño y frágil omega que desafió a todos y sobrevivió para contarlo", si eso suena bien para titulares, pero basta Jeongin ya habrá tiempo para pensar en eso, por ahora que comience el show.

—¿Pensaste que no tendría el valor de venir? —dice sin molestarse en saludar, su voz un filo helado que corta el silencio.

—Pensé que tendrías más dignidad "hermanito"— le contesta Jaehyun, que se cree el imbécil que solo por estar sentado en la silla de su padre es ahora el quien manda, parece que ya perdió la cordura, más le vale a ese idiota que no se acostumbre porque ese lugar le pertenece a él.

—¿Dignidad? Acaso tu conoces lo que esa palabra significa Jaehyunnie— Jeongin sonríe con una burla contenida.

Jihyo quien toma un sorbo de su copa tose un poco al presenciar la forma en que Jeongin el omega débil y asustadizo le contesta a su hermano mayor, entonces llega Jooheon, su presencia es un torbellino de autoridad y veneno, una tormenta contenida en la figura de un hombre que aún cree tener el control, pero esta vez no logra nada, porque Jeongin ya no se rompe con miradas. No tiembla. No desvía la vista.

—Así que el traidor volvió — dice Jooheon con voz baja pero firme—. ¿Qué buscas? ¿Dinero? ¿Nuestro perdón? A cierto quieres la empresa—

Jeongin lo enfrenta con la barbilla en alto.

—No. Vine a anunciarles que perdieron— dice de la manera más fría que puede mientras sonríe como si estuviera recibiendo un regalo. Es tan irreal que sus palabras contrasten tanto con lo que su cara refleja.

Silencio. Denso. Inmenso. Cortante como las cuchillas que Jeongin había aprendido a esconder tras sonrisas y reverencias.

—¿Qué es lo que se supone que has ganado? —Jooheon apenas pestañea. Su voz está cargada de ese desprecio al que Jeongin se había acostumbrado por años. Pero esta vez no le arde.

—Libertad. Y algo mucho más peligroso: visibilidad. —

Jeongin saca de su chaqueta un sobre. Lo deja sobre la mesa de cristal, con la misma naturalidad con la que otros dejarían la cuenta de un restaurante. Adentro, hay copias de los movimientos que prueban que él tiene total acceso, voz y voto dentro del comité de la empresa ya que ha sido nombrado el nuevo y único heredero de la empresa Yang, todo respaldado por los Hwang y otros inversores.

—Esto es una advertencia —dice mientras se endereza con aplomo —. Y también una cortesía. Podría haberlo enviado por correo, pero quise verles la cara cuando lo recibieran.—

Jaehyun abre el sobre. Su ceño no se frunce, pero su mandíbula sí se tensa.

—No tienes idea en lo que te estás metiendo —murmura su madre, sin levantar la vista.

—No. Ustedes no tienen idea de en quién me he convertido. —

La tensión es un hilo de acero. Se sostiene porque ninguno de los cuatro está dispuesto a ceder. Pero Jeongin tiene algo que ellos no: la convicción de quien no tenía nada y lo gano todo por méritos propios, bueno y un poquito de ayuda, pero solo un poquito.

—¿Jaehyun sabias de esto? —pregunta Jooheon, con un brillo de interés morboso.

—Él fue el primero en enterarse —responde Jeongin, sin pestañear—. Lo supo cuando se dio cuenta que no podía detenerme. Cuando la prensa dejó de responderle y cuando sus aliados empezaron a girar hacia mí, por eso armo el escándalo de Jisung, sabía que si mencionaba ese nombre tendría la atención de la prensa de nuevo y así ganaría tiempo para que no se concretara mi nombramiento en la empresa Yang. No es así Jaehyunnie, tontito y lento como siempre—

Jihyo se incorpora. Deja la copa sobre la mesa. Camina unos pasos hacia él, como quien inspecciona una criatura extraña. Lo observa de arriba abajo —Pareces alguien más —dice.

—Porque lo soy. Y si buscan a ese niño sumiso al que ignoraban, les tengo una mala noticia: nunca existio. — contesta Jeongin.

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