Tutora de amor

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Era la segunda semana de vacaciones y había sido tan patética como la esperaba. Había terminado 6 series en Netflix y posiblemente engordando unos 6 kilos debido a que no había nada más que recostarme sobre paquetes de oreos.

El sol estaba ofensivo pero perfecto para la playa de nuestra ciudad. Marisabel estaba metida en el baile, había gente en el extranjero y luego estaba yo.

—¿puedo llegar a tu casa y vemos las opciones de comida? —me había preguntado Marisabel esa mañana.

Tosí falsamente y fingí un resfriado, a veces no quería ver opciones de comida y colores de mantel.

Dylan había salido cinco días de las vacaciones, lo sabía porque notaba cada vez que encendía su luz al llegar en las noches.

Su amigo había llegado a casa y mis tentaciones de mirar me mataban. Pero tenía la duda de siempre, ¿podía hablarle cuando estaba con otros? ¿Sería igual de amable cuando chicas millonarias y de bronceados perfectos estuvieran a su lado? Solo habría una forma de averiguarlo.

Puse mis audífonos por cuarta vez y aún sentía que alguien me llamaba, lo cual siempre me pasaba si utilizaba audífonos. Cuando escuche el timbre me alivié

Bufé, odio que me interrumpan cuando escucho música. Solo la aceptaba si era Marisabel llorando, eras O'Brien, o eras Ed Sheeran.

Un chico lo suficientemente O'Brien como para pasar estaba apoyado en el marco de la puerta, viendo su teléfono y sostenido sus libros.

—hola vecina —sonrió bloqueando su teléfono.

—hola, ¿qué haces aquí?

Sonaba tan pesada que quería golpearme a mí misma.

—¿sigue en pie la propuesta de profesora?

—¿sigues siendo un asco en Ciencias? —pregunté de ceja alzada.

—un verdadero asco —rió entrando a mi casa la cual caí en la cuenta, no había arreglado —¿están tus padres!?

Si mis padres hubieran estado lo hubiera alejado de mi casa 500 metros. Si mis padres hubieran estado me hubiera quedado en mi habitación.

—salieron...

—¡que suerte que traigo un condón! —dijo dándose una palmada en el bolsillo.

Tragué saliva y pensé en una respuesta posible y cualquier respuesta que rimara con condon.

—"que suerte que traigo un pompón"?

—"que suerte que traigo un bombón"?

—"que suerte que traigo un tractor"?

—es broma preciosa, pero es bueno saber que te pongo nerviosa —dijo entrando y dejándome en la puerta congelada.— ¿vas a pasar? Creo que yo enseñaré algunas cosas hoy.

—¿clases de cómo ligar a una chica? —pregunté levantando mi ceja— creo que es el único tema que puedes explicarme.

—¿quieres jugar así? está bien, lección uno: no mires a quién te interesa mientras lava su auto desde tu ventana.

—¿se aplica aún cuando lo único que quieres ver es el fantástico auto que tiene su padre?

Y de esa manera había bajado al orgulloso de su nube. Había dominado al orgulloso León, podía ser más popular, pero no era más inteligente que yo.

Abrí el libro y empecé a explicarle, poco a poco, elemento por elemento, composición por composición. Se limitaba a asentir y seguir la lectura.

—y por eso estás son mezclas y no composiciones, ahora dime las diferencias.

—honestamente no entendí ni mierda —dijo recostándose en la silla— pero me encanta que me hagas sentir como un completo idiota.

—¿quieres que te prestes mis resúmenes?

—¿cuáles son tus hobbies? No puedes decirme que solo estudias todo el día. Vamos, dame algo.

Le conté de la guitarra, de mi violín, de mi lectura y de qué hablaba francés, lo que hizo que al final solo me devolviera un —"clásico".

—tu tampoco eres muy inusual. ¿Juegas basquet? ¿Muy popular? ¿Muchas novias? ¿Bailas y cantas?

—no soy Troy Bolton... ¿quieres verme bailar? Eso te tocará averiguarlo por tu cuenta.

Reí y pensé en el baile, el baile no parecía lo suyo... lo suyo parecía sentarse en una mesa de cafetería y guiñarle el ojo a las chicas.

Tal vez escribirle poesía a las chicas y después hacer lo mismo con otras.

Tal vez peinarse el pelo con gel y tocar guitarra eléctrica.

Habían tantos diseños de chicos que entraban solo con ver a O'Brien. Aún no podía decidir a cuál se inclinaba más.

Cuando lo despedí en la puerta sabía que no era ninguno de los que me había imaginado.

—gracias por todo mi Mía.

—¿tú Mía?

—¡por fin captaste una broma! —dijo sarcástico— yo puedo ser tu Dylan y traerte condones todas las lecciones hasta que entiendas la otra.

—de nada por la clase en la que no me dejaste enseñarte nada —sonreí.

—lección de ligue número dos: interrumpe la aburrida sesión de ciencias para poder volver.

Y tenía toda la razón.

El chico de al ladoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora