Tal vez era un suicida. Un estúpido y terco suicida.
Maldije empujándolo por el camino contrario al que se percibían los lobos, me sabía sus rutinas, Abel me había hecho aprendérmelas para que pudiera evitarlos en el bosque.
—No deberías hablar de esa manera.
Oh, él sin dudas estaba añoraba su muerte.
—Cierra la estúpida boca —gruñí.
Había cedido a él, era increíble, tenía que aceptarlo. Seguía empujándolo, sin cuidar en que no se tropezara con las ramas, era fácil llevarlo, sobre todo porque él lo permitía. Visualicé mi casa a un par de metros, solté al omega y comencé a caminar adelantándome en el camino.
Pero me detuve, genial, no había podido recolectar nada de lo que necesitaba. Giré mi rostro cuando sentí que el omega se había detenido demasiado cerca de mí y lo atrapé olfateándome.
—¿Qué demonios crees que haces? —con un dedo empujé su cuerpo lejos de mí. Sus ojos se agrandaron y sus mejillas volvieron a teñirse de rojo.
—Perdón...—quiso decir algo más, pero pareció no encontrar las palabras—. Perdona, he sido descortés.
Era tan raro.
Rodé mis ojos y continué mi camino, si este muchacho era uno de esos lobos que les gustaba utilizar a las brujas para sus perversidades iba a cortarlo en pedacitos.
Cuando entramos en mi casa encontré el recibidor solo, fui hacia los estantes donde estaban los tónicos que ocultaban olores, tomé uno especialmente fuerte y se lo tendí al lobo que seguía tras de mí.
—Déjame sola —demandé señalando la puerta. Él abrió su boca, pero solo basto una mirada para que la cerrara y se marchara sin rechistar.
Recosté la mitad de mi cuerpo en el mostrador y comencé a sacar algunas cosas que necesitaría, si bien me hacían falta ingredientes, igual podía trabajar en otras cosas, perder el tiempo no era de mi agrado, que mi cabeza me recordara mi corazón roto tampoco. Así que me sumergí en mi trabajo, trituré, machaqué, mezclé y vertí ingredientes para diferentes cosas.
En mitad de mi trabajo recordé que tenía un aceite que crear para mí, algo de lo que mi familia no podía enterarse. Miré a mí alrededor para percatarme de que no hubiera nadie más y comencé la preparación prohibida.
Tenía que mezclar los elementos, lágrimas de dolor, tierra que mis pies hubieran pisado, fuego alimentado por mis emociones y el suspiro de algo que no ha sido dicho. Con un chasquido de mis dedos la mezcla se volvió un aceite transparente, unté solo un poco en mis dedos y los froté entre sí.
—Gilbert Luciany —susurré el nombre de mi padre, atrayendo su energía a mí. Confundiendo la naturaleza para que me dejara percibir su ubicación.
El sonido de pasos y la voz de mi madre casi me hicieron derramarlo todo.
—¿Qué dijiste, Maureen?
Enderecé mi espalda y sonreí con inocencia.
—Buenas tardes, madre —con disimulo oculté el aceite entre los demás ingredientes.
Sabía que no lo notaría, por lo que solo volví a mirarla y cuando me percaté de su vestimenta arrugué mi entrecejo. Tenía puesto uno de sus vestidos formales y recatados, su escote estaba cerrado en una línea de botones hasta su cuello, llevaba el cabello recogido, medias y zapatos.
Eso solo podía significar una cosa.
Caminé hacia ella con la expresión descompuesta.
—Serán unos pocos días —prometió—. Tu abuela, Abel y Peter te harán compañía.
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La bruja y los lobos
Kurt Adam"Era magnifica. Perfecta. Perfecta. Perfecta. La voz en mi cabeza no se callaba, seguía gritándolo y lo supe, supe lo que era para mí, supe lo que éramos. Ella ya se había ido, pero yo me quedé en el suelo, me miraba a mí mismo, tan delgado que los...
