El Quaála era una de las fiestas más importantes y conocidas en la comunidad de brujos. Celebrábamos los cuerpos, la libertad, los instintos más banales y primitivos. Si viviera en un aquelarre, un fuego habría sido encendido en medio para quemar opios que quitaban las inhibiciones, se ofrecerían bebidas fermentadas y se bailaría hasta el amanecer.
Nunca había podido asistir a la fiesta del Quaála, siendo una niña tuve prohibido vivirlo y cuando fui mayor, ya no vivía en un aquelarre.
En este día vestía con ropas más ligeras, porque el contacto con nuestra diosa lo era todo. Y también...se daban ofrendas a lo que estábamos atados, a nuestro equilibrio.
Había mucha humedad en el bosque, hacía que el camisón que llevaba se adhiriera a mi cuerpo. Pero no sentía frío, la energía del bosque bullía y mantenía caliente mi piel. Lloviznaba sobre mí y yo pensaba en la diosa, le susurraba mis plegarias y le pedía por aquellos que no tenían contacto con ella.
Le pedí por Ivy. Porque me ayudara a descubrir como sanarla.
Seguí caminando y me sentí observada, sabía de quien se trataba sin mirarlo. Sonreí.
Caminé hacia un lugar entre enormes rocas y me di la vuelta para enfrentarlo.
—¿Por qué has tardado tanto? —pregunté.
Me acorraló contra una de las piedras, su rostro se hundió en mi cuello y respiró con fuerza.
—Estaba esperando una invitación —murmuró.
Lamió las gotas de lluvia aferradas a mi piel, eso hizo que mis ojos se cerraran.
—¿No puedes olerme? Pensé que esa era mi invitación.
Gimió, tomando todo mi olor con otra respiración profunda.
La manera en la que estaba besando mi cuello era demandante.
—Quiero morderte —se sacudió.
—No —jadeé.
—¿Por qué?
Tiré de su cabello hacia atrás y uní mi boca a la suya. Sumergí mi lengua en su boca y pegué mi cuerpo al suyo. Sus manos cayeron sobre el escote del blusón y comenzó a tirar de él.
—No se te ocurra romperlo —me reí—, ¿Cómo regresaré a casa?
Soltó su agarre y sus manos fueron hacia el borde.
—¿Por qué no puedo morderte? —insistió.
Me sacó el camisón y lo tiró al suelo, no me perdí de la oscuridad que invadió su mirada cuando recorrió mi cuerpo desnudo.
Hice que me rodeara con sus brazos, eché mi cabeza hacia atrás ofreciéndole mi cuello.
—No me muerdas —advertí.
Se apretujó contra mí mientras que sus manos se apoderaban de todos mi cuerpo. Levantó mis piernas y sus labios se posicionaron sobre mis pechos. Quería deshacerme de su ropa, pero apenas podía moverme sin hacernos tambalear.
Era excitante estar aquí, pero también incómodo.
Mordí la piel de su hombro sin vergüenza.
—Lo haces a propósito —reclamó.
Jadeé riendo.
—Deja de lloriquear —besé su mandíbula.
—Lloriquear, ¿eh?
El contacto de la piedra contra mi espalda me hizo pegarme todavía más a él, siseé, pero no me dio tiempo de nada más. Su lengua entró en mi boca y sus manos amasaron mis pechos, una de ellas siguió un camino hacia abajo, mucho más debajo de mi ombligo.
ESTÁS LEYENDO
La bruja y los lobos
Kurt Adam"Era magnifica. Perfecta. Perfecta. Perfecta. La voz en mi cabeza no se callaba, seguía gritándolo y lo supe, supe lo que era para mí, supe lo que éramos. Ella ya se había ido, pero yo me quedé en el suelo, me miraba a mí mismo, tan delgado que los...
