ANTES DE PASAR AL CAPÍTULO, OS DEJO ESTE TEMAZO. CANCIÓN ESPECIAL DONDE LAS HAYA. DE UN GENIAL CANTAUTOR MALAGUEÑO, PABLO LÓPEZ.
DEFINE A LA PERFECCIÓN LA BANDA SONORA DE LA INFANCIA DE DOMINIC.
GRACIAS A LA MÚSICA, AL TALENTO, AL ALMA, GRACIAS PORQUE REALMENTE EXISTEN PERSONAS QUE NOS HACEN SENTIR.
ESPERO QUE OS GUSTE.
Le dolía el estómago y se llevó las manos a la barriga para apretarse fuerte. No era la primera vez que le dolía pero en esta ocasión no pudo aguantar el dolor. Miró la puerta. Por mucho que tocase, mamá no vendría. Observó por la ventana. El sol aún calentaba con fuerza por lo que papá tardaría mucho en volver. El dolor se hizo más insistente así que hizo a un lado sus cochecitos y se tiró al suelo hecho un ovillo. Al final no pudo contener la bilis que amenazaba con subir y con mucho esfuerzo vomitó. Se quemó la garganta y le dolía. No iba a llorar. No le serviría de nada. Quería beber agua, pero aún no había llegado el momento de que le dejaran salir. De nuevo una nueva arcada. Cerró los ojos con fuerza y siguió vomitando.
Cuando abrió los ojos vio la cara preocupada de su papá.
—Hijo, ¿estás mejor?—Aunque tenía muchas ganas de llorar, se mordió el labio. Tenía que ser valiente.
—No entiendo por qué cada vez estoy más enfermo, si me tomo todos los días la medicina.—Su padre parpadeó, extrañado.
—¿Medicina?—el niño asintió.
—La medicina que me da mamá.—En los ojos de su papá vio un destello de horror. Le dio un beso en la frente y se marchó. Observó que había dejado la puerta abierta. Sabía que no debía moverse de la habitación pero estaba mal y quería estar con su papá. Con mucho esfuerzo se levantó de la cama y salió al pasillo. Bajó los peldaños despacio pero antes de llegar al último escalón la voz de su padre le asustó y se quedó parado.
—¿Por qué Margaret? ¡Es tu hijo! ¿Es que no lo comprendes? ¡Lo hubieses dejado morir en esa habitación!—Los gritos de su papá sonaban desesperados.
—¡No, Henry! Él no es mi hijo. ¡Es el demonio!—Su madre lloraba.
—¡No lo soporto más! ¿Envenenar a tu propio hijo de cuatro años? ¡Cómo puedes ser tan cruel!
—¡No soy cruel! ¡Él me hizo esto, él me lo hizo! Aquella noche..., aquella noche...
—¿Por qué mamá no me quiere? ¿Qué es lo que he hecho?— Domi había bajado el último escalón y estaba a la entrada del salón mirando a sus padres. Su padre enseguida se dirigió hacia él. Su madre lo miró con odio.
—¿Qué es lo que has hecho?—dijo su madre con una voz gélida. Su padre lo cogió en brazos y se lo llevó de allí. Dominic no dejó de mirar a su madre—. ¡No deberías de haber nacido! ¡Muérete de una vez!—La oyó gritar y llorar cuando iban escaleras arriba. Su papá lo llevó a su habitación.
—¿Por qué mamá no me quiere?—Su padre estaba llorando.
—No es eso, Domi..., mamá está enferma...
—¡No es verdad!—comenzó a llorar con rabia—. ¡No es verdad! A mí no me quiere. ¿Por qué a Noida sí? ¿Qué he hecho?—El padre no dejó de llorar.
—No te preocupes, todo cambiará cuando ella se mejore. Cambiará, ya lo verás. Cambiará —pero Dominic no creía sus palabras.
Se despertó agitado y empapado en sudor. La respiración entrecortada y el pulso latiéndole muy deprisa. Miró la mesilla de noche, debería de haberse tomado las cápsulas. Se levantó y abrió la ventana del balcón, la noche era calurosa. Se sacó la camiseta y se revolvió el pelo para despejarse un poco. No funcionó así que fue al baño y se mojó la cara. Miró su reflejo en el espejo, no se reconocía. Suspiró. Tenía la boca seca. Salió de la habitación y se dirigió muy sigilosamente hacia la cafetería. Al pasar por recepción vio que estaba desértica. Siguió. Abrió la nevera y sacó un batido de chocolate. Sí, el chocolate siempre lo animaba. Lo abrió y dio un gran sorbo paladeando su textura fresca y dulce. Salió de la cafetería rumbo a su habitación, pero antes de entrar en el ascensor observó el reloj de recepción. Apenas eran las tres. La muchacha no estaba. Antes de que su cerebro pensase, se dejó llevar por el impulso y, cuando se vino a dar cuenta, su mano estaba en el pomo su habitación. Abrió despacio y se quedó petrificado. La luz de la lamparita estaba encendida. Aquella mujer estaba tendida sobre la cama en ropa interior y abrazada a una almohada. No se lo discutía, hacía mucho calor pero... No pudo evitar mirar todo su cuerpo. Las piernas bien torneadas. La curva de la cadera. Sí, tal y como había vaticinado, un buen trasero. Los pechos estaban muy juntos a causa de la fricción de sus brazos. Tenía el cabello esparcido por la almohada. Su respiración era suave y no pudo evitar mirar sus labios. Sin pensarlo, cerró la puerta muy despacio y dejó el batido en la mesilla de noche. Aunque sus instintos más primarios estaban en alerta, no era eso lo que iba buscando. Se arrodilló y comenzó a acariciar su pelo. Ella emitió un dulce gemido y se giró quedándose boca arriba. Como el que bebe un trago de whisky para infundirse valor, él le dio un sorbo al batido y se acercó de nuevo a ella. Esta vez, acarició su mejilla con el dorso de su mano. Ella se la apartó como quien aparta una mosca. Dominic sonrió. Sin pasar por alto una mirada hacia sus pechos, buscó su mano, y la cogió entrelazando sus dedos con los de ella. Involuntariamente, ella se la apretó. Primero, una vez, luego otra. Hasta que él se dio cuenta de que se había despertado.
—¿Pero qué...?
—Shss. —Él le tapó la boca con la mano—. Déjame dormir contigo. Ella lo miró horrorizada—. Solo dormir. Te lo prometo.— Ayna cogió la mano que le tapaba la boca y se la apartó, cosa que lo hizo perder el equilibrio y caerse hacia atrás.
—¿Pero qué dices? ¿Estás loco?—Alargó la mano hacia la camisa que estaba colgada sobre la silla y se cubrió. A él le divirtió ese gesto, teniendo en cuenta que ya se había permitido el lujo de mirarla. Se arrodilló de nuevo y la miró a los ojos.
—Te lo suplico. No quiero estar solo esta noche.—Ayna parpadeó quedándose petrificada. No había dado su consentimiento, pero él decidió por su cuenta y su tensión aumentó cuando le observó tumbarse junto a ella. Lo absurdo de la situación le había dejado sin palabras cosa que él aprovechó, pues la abrazó fuertemente contra su pecho. Aunque aún tenía la camisa por encima, notó el calor de su piel atrapándola. Durante unos segundos, se quedó pasmada mirándole el torso para después cerrar los ojos convencida de que aquello no era más que un sueño. Lamentablemente, descubrió que era real cuando al abrirlos de nuevo aquel cuerpo masculino seguía pegado al suyo. Empujó con fuerza para liberarse de aquel abrazo, pero no fue fructífero.
—Esto no está pasando —se dijo. No era consciente de la sonrisa que había sobre su cabello. Un segundo intento fallido le llevó a rozar la histeria—. ¿Por qué a mí?—continuaba hablando en voz baja—. Muévete...—Volvió a empujar solo para percatarse de que no lograría nada y, mientras asimilaba que aquello o era un gran error o un sueño demasiado real, notó su respiración tranquila y poco a poco se fue rindiendo. La tensión fue liberándose de su cuerpo y ya fuese porque era muy agradable la sensación de estar entre sus brazos, que era inútil tratar de liberarse o porque estaba muy cansada, los párpados comenzaron a pesarle y se dejó trasportar.
Dominic sonrió. Llevaba toda la vida dominado el arte de hacerse el dormido, para evitar a su madre, para evitar a Noida, para evitar a las enfermeras..., para evitar todo, así que convencer a aquella muchacha, no había sido un problema. Cuando notó cómo se relajaba el cuerpo que tenía entre sus manos le invadió una sensación agradable de posesión y, poco a poco, se abandonó al sueño. No quería pensar en nada. No deseaba plantearse si aquel momento de locura era un punto de inicio o una gran metedura de pata. Lo único que sabía era que en aquellos momentos, necesitaba a alguien y, contradictoriamente, aquella mujer que lograba hacerle hervir la sangre de furia, también poseía el don para calmarle.
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El Caballero Oscuro
RomanceDominic es exigente, prepotente e insoportable. Esa manera casi espartana de trabajar le mantiene en alerta y en un agotador estado de resistencia. El despotismo de Dominic la conduce a una espiral de misterio y claroscuros llenos de cicatrices dond...
