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Aún sentía el sabor dulce de su boca, la suavidad de su lengua, la firmeza de sus labios, el borde afilado de sus dientes, su cálido aliento, su cuerpo apretándose al de ella, sus enormes manos ejerciendo fuerza en su espalda, su respiración agitada, su olor a sándalo mezclado con el cloro del agua. Aún lo sentía a él, y fue por eso por lo que no podía darle fin a su trabajo adecuadamente. Sus manos temblaban sobre las teclas del ordenador y se descubría rehaciendo los documentos una y otra vez. No estaba centrada en lo que debía y no había otra culpable más que ella. «Hazlo, te lo suplico». Esas habían sido sus palabras, y no se había arrepentido de ese maravilloso momento compartido furtivamente en los lavabos de un parque acuático, pero... el corazón le latía desbocadamente ante la impaciencia de encontrarle de nuevo. No habían hablado desde entonces y no sabía qué es lo que debía decirle. Mientras rellenaba los datos de las próximas entradas se descubrió viajando al pasado, a su primer beso, aquel que le robó Patrick cuando apenas tenían quince años, en una noche de verano, sentados bajo el porche de un parque. Ella sintió unas hormigas en el estómago ante la emoción de su primer beso. No porque fuese Patrick, que comenzaba a llamarle la atención, sino porque era simplemente, su primer beso. Recordó cómo le había gustado a él el sabor a piruleta de su boca y aquella noche se sintió feliz. Pocos besos había recibido desde entonces. Todos de Patrick. Cuando eran inocentes. Cuando eran jóvenes y un simple beso era el mayor acontecimiento que podía ocurrir entre un chico y una chica. Pero lo que había compartido con Dominic era el beso entre un hombre y una mujer. Un hombre que se sentía atraído hacia ella, y por supuesto una mujer dispuesta a recibir todo lo que él le ofreciese. Ya no tenía quince años. Dios sabía que aunque respetaba a las mujeres que mantenían relaciones esporádicas, jamás se le había pasado por la mente hacer lo mismo. Su cuerpo se movía por el deseo y las necesidades femeninas que se veían multiplicadas cuando su corazón se veía envuelto en ellas. Y su corazón estaba muy envuelto. No sabía cuánta era la porción exacta que le pertenecía a Dominic, pero crecía a un ritmo vertiginoso. En realidad tenía miedo de entregarse por entero pues no estaba segura de no acabar con el corazón y el alma herida. Pero no era de las que pisaban el freno y se dejaba llevar por los miedos. No. Ayna se entregaba por entero y si después las cosas salían mal, se encargaba de levantarse de su caída. Aunque se temía que si salía mal parada con él, tardaría mucho más tiempo de lo previsto en recuperarse, eso si algún día lo lograba. Suspiró. Él se había convertido últimamente en su centro de atención, y aunque profundamente se sentía furiosa consigo misma por dejarse embaucar tan fácilmente, no podía evitarlo. No cesaba de mirarlo, y es que, físicamente, ninguna mujer podría apartar los ojos de él sin sentir algún síntoma de deseo. No le bastaba con saber pequeñas pinceladas de su vida, quería saberlo todo. No podía conformarse con oír su penetrante voz, deseaba que le hablase a todas horas. Ardía con ansias de que esos ojos la mirasen eternamente. Y es que se descubría a sí misma con la ilusión de una colegiala que veía al chico que le gustaba en clase. Quería buscarlo, hablar con él, mirarlo, que él la mirase, tocarlo para cerciorarse de que era real. Fue consciente de que el príncipe azul con el que todas las mujeres soñaban, se quedaba completamente desfasado ante su recién descubierto caballero oscuro.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para centrarse en acabar con su trabajo, el cual por cierto era más de lo que habitualmente hacía y por un momento pensó si había sido deseo expreso de él o un pequeño toque de atención por parte de Noida. Y es que no le había pasado desapercibido que ella se había percatado de su extraña relación con el director, o lo que era lo mismo, su hermano, y por alguna razón fue consciente de que no le hacía gracia. No sabía si era porque, quizás, Noida sobreprotegía a Dominic, pero veía claramente en sus ojos que no aceptaba su comportamiento. Hermanos. Quién lo diría, pues ella era una preciosa mujer de un hermoso cabello dorado con unos increíbles ojos celestes mientras que Dominic poseía ese aire oscuro que le proporcionaba el fino cabello azabache y los ojos intensamente negros, a excepción de cuando aparecían en ellos esas motas plateadas. Eran completamente opuestos. Ella irradiaba felicidad, positivismo y tranquilidad, sin embargo él estaba rodeado por esa aura sombría de seriedad, autoridad y misterio. Eran totalmente distintos. Poniendo fin a su trabajo y a sus cavilaciones, no tuvo la paciencia que necesitaba para esperar a verle y atrevidamente, fue a buscarle. El hotel siempre estaba increíblemente desértico y silencioso por las noches, a excepción del lejano sonido de la música que provenía de la sala de fiestas y la esporádica aparición de algunos huéspedes que iban y venían entre risas y susurros; pero lo que realmente lo hacía solitario y frío era la ausencia de Dominic. Un sentimiento de decepción se instaló en su pecho cuando no le encontró en la oficina, pero se adentró por los pasillos en dirección a su habitación conservando una llama de esperanza, que se apagó cuando la encontró vacía. Con mucho esfuerzo, tuvo que admitir su derrota. No se esperaba el no verle. No se había preparado para ello. Se fue a su habitación y aunque lo intentó y quiso terriblemente poder dormir, no lo logró. Esa decepción se transformó en enfado al darse cuenta de que él la había ignorado deliberadamente. Al principio pensó que quizás no estaba preparado para enfrentarla después de lo ocurrido entre los dos, pero poco a poco cayó en la cuenta de que él bajo ningún concepto habría dejado su trabajo a un lado, su manía extremadamente perfeccionista en relación a sus responsabilidades no se lo habría permitido y ella no se consideraba lo suficientemente importante como para ser la causa de su desaparición. Lo más probable era que hubiese tenido algún que otro contratiempo, pero egoístamente, se refugió en su cólera pues le aportaba más seguridad que la decepción y la pena. Fue increíble cómo rodeada de sus pensamientos pasaron las horas sin apenas percatarse de ello y en un abrir y cerrar de ojos, llegó la hora de marcharse a casa. Soltando un suspiro de resignación, se cambió el uniforme por unos shorts vaqueros y una camiseta de manga corta, de cuello barco amplio, dejando un hombro al aire. Se calzó unos zapatos de cuña azul marino y cogió su bolso. Dirigiéndose a la salida, alzó la cabeza para mirar el enorme espejo de la oficina de Dominic. Aunque el día había comenzado maravillosamente, terminaba bastante agridulce. Salió a refugiarse en la frescura de la noche y una luz le iluminó el rostro unos segundos, después se apagó para aparecer frente a ella, su caballero oscuro que se bajaba de su deslumbrante moto. Lo tenía delante y contuvo la respiración. Todos sus pensamientos se evaporaron de la mente dando paso a un absurdo nerviosismo. Lo contempló sacarse el casco y mirarla intensamente al mismo tiempo que se acercaba. Se situó frente a ella en cuestión de segundos, pero su mirada no transmitía ningún tipo de alegría al verla, anhelo o cariño, no, su mirada era completamente autoritaria.

El Caballero OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora