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Hacía varios días que se había obligado a sí misma a centrarse en el trabajo y en el próximo evento que tenían que cubrir. Se engañaba una y otra vez haciéndose creer que no le preocupaba aquella situación. ¿Cómo se le había ocurrido hacer semejante llamada? Unas cuantas millas de distancia entre ellos y volvía a ser el jefe malévolo, dictatorial, desagradable y más exasperante que jamás hubiese conocido. Primero, le ofrece un catálogo absurdo de órdenes, sin manifestar siquiera algún interés más allá del neutral, para después llamarle directamente a su móvil. ¿Qué esperaba tras semejante actitud? ¿Que iba a caer rendida a sus encantos? Le había faltado poco desde luego, pues con tan solo oírle se había transformado en gelatina. Suspiró. No sabía en qué punto estaban. La despedida fue tan espectacular como en las películas románticas, y sin embargo, no parecía que hubiese relación alguna entre ambos. Algo peor que una ruptura, era el no tener conocimiento de ello. La no información era con mucho lo peor que le podría pasar a su ya delicada situación nerviosa. Se debatía continuamente entre la ira y la tristeza. Así pues, decidió que el estar saturada de trabajo no le vendría nada mal. Si no tenía la mente libre, no podría pensar en él. Sonrió para sí misma. Seguía mintiéndose, pues el aura de Dominic se cernía allá donde estuviese. Así pues, cuando su tía le propuso salir a bailar y tomar unas copas hacía ya varios días, se dijo que estaría bien acompañarla, aunque justamente ahora, se daba cuenta de que era ella quien más lo necesitaba. Fue a darle un sorbo a su copa cuando vislumbró un nuevo gesto en aquella expresión dorada. Sonrió.

—¿Qué te ocurre?—Nikolái le hizo una mueca. Hablaba en serio cuando le dijo que contase con él para cualquier tipo de plan que aquella muchacha organizase, más que nada porque le parecía extremadamente más interesante que quedarse vagabundeando por el hotel y aunque hacía ya varios años que había implantado su sede en la Staristov Tower, cualquier cosa le apetecía más que instalarse tras un escritorio. A pesar de que todavía no podía calificar aquello como una escapada acertada o una auténtica locura. Por otra parte, ¿qué sería de él sin cometer locuras? Podría haberse organizado algún tipo de fiesta privada, pero no iba a renunciar a deleitarse con su compañía, puesto que pronto acabaría su estancia y volvería a San Petersburgo. Pero no se había percatado de lo extraño que se sentiría al mezclarse con la gente de a pie. Esa misma tarde ella le había propuesto salir a bailar a una discoteca conocida. Resopló. «Conocida para el pueblo llano». Y había demasiados. Casi no tenía espacio que él denominaba vital. Olía a humanidad y la música era de lejos lo que a él le gustaba, menos mal que no sabía bailar, aunque hubiese sabido no tenía ni idea de cómo moverse a ese ritmo.

—Nada... Esto es muy... entretenido.—Le sonrió de mala gana y por enésima vez sus ojos no hicieron caso a su cerebro y se dirigieron de nuevo a aquella mujer. Se encontraban a un lado de la pista de baile, donde mesas altas sostenían millones de copas, mientras la gente se hacía oír gritando a los oídos de cada receptor. Nikolái estaba apoyado en la pared con las manos en los bolsillos observando distraídamente cómo se movían aquellas personas al ritmo de aquel ensordecedor sonido. Pero su mirada dorada voló de nuevo hacia el centro de la pista. Ese cuerpo era tan seductor que hasta aquella música desapasionada instaba al más frío de los hielos a derretirse. No le había pasado inadvertido que ella no deseaba su presencia. Le había dedicado la más insignificante de las miradas y un escueto saludo en cuanto le vio. Era evidente que había estropeado cualquier plan de «salida de chicas» que tuvieran programado. Pero se aceleraba, para su horror, cada vez que la contemplaba. Aquella melena de rizos salvajes se movía al son de sus estrechas caderas. Su cuerpo esbelto seducía a cualquier mortal con aquella danza sensual. Nunca antes la ropa tan corriente le había llamado la atención. Llevaba lo que le pareció, al principio, un insípido vestido negro ajustado a la altura de las rodillas, con unos tacones de infarto. El escote palabra de honor era ensalzado por una inmensa gargantilla con un sinfín de piedras de colores. Apretó los dientes. Qué más quisieran todas las amantes que habían pasado por sus manos inspirarle la milésima parte de deseo que, aun en su contra, le instaba aquella leona tan solo con sus movimientos. Abrió los ojos con asombro al darse cuenta de que la canción había cambiado y ella se encaminaba, a través de todas aquellas personas, hacia donde se encontraban.

El Caballero OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora