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Estaba haciendo un día tremendamente caluroso, su cuerpo lo manifestaba a través de una película pegajosa de sudor que ansiaba eliminar en una fresca ducha. Dirigió una fugaz mirada al potente sol, sin hallar atisbo alguno de que fuesen a producirse tormentas de verano tal y como habían anunciado en el parte meteorológico. Al llegar a casa lo primero que hizo fue ir a toda marcha a su habitación y dejar el expediente en el cajón de su escritorio a buen recaudo, mientras corroboraba que no había nadie. Su tía le había dejado una nota junto a la cafetera comunicándole que era su día libre y que se llevaría a Isola a la playa. También le decía que después se iría a casa de Adele. Ayna sonrió satisfecha. Cada vez que tía Beth se pasaba a ver a su amiga, se quedaba con ella prácticamente hasta el amanecer, por lo que disfrutaría de una tarde tranquila, y lo que era más importante, privada.

Despacio, caminó de nuevo a su cuarto poniéndose cada vez más nerviosa. No sabía lo que se iba a encontrar en aquellos documentos pero era la llave que necesitaba para abrir la coraza de Dominic y la pensaba utilizar. Cogió el dosier con manos temblorosas y decidió sentarse en la cama. Respiró hondo y lo abrió. La primera página hizo que abriera los ojos sorprendida. Era una foto de, suponía, la madre de Dominic. Era una mujer de hermosura celestial, casi mágica, y de pronto se acordó de los breves datos que le había dado él. No parecía tener la crueldad que Dominic manifestaba. Contradictoriamente parecía un ángel. Una tez color crema, una preciosa cabellera rubia que le caía por los hombros dibujando ondas a su paso y los ojos de un espectacular tono cristalino. No cabía duda que Noida era su hija, pues era su vivo retrato. Más abajo, comenzó a leer sus datos. Margaret. Y un diagnóstico. Trastorno bipolar con brotes psicóticos. Lamentablemente su imagen no encajaba con su enfermedad. Ayna tragó saliva y contemplando de nuevo la foto, se armó de valor para pasar la página. El corazón comenzó a palpitarle deprisa. Ecografías. Se veía perfectamente la evolución de un embarazo, es decir, las distintas fases que pasa el embrión hasta convertirse en feto y finalmente en un bebé. Ya supo quién era. Volvió a tragar. De pronto sintió la garganta tremendamente seca y comenzó a sentirse culpable por invadir la intimidad de Dominic de esa manera. Pero le podía la curiosidad y siguió pasando páginas. Fotos de él. Era un bebé precioso, regordete y con mofletes, nada vaticinaba que se convertiría en el hombre que era. Sonrió. Luego las fotos se fueron espaciando en el tiempo. Diferentes edades, pero el mismo niño. No había cambiado en absoluto, salvo que tenía siempre el cabello azabache desordenado a diferencia de que ahora no dejaba escapar un mechón a su peinado. Tras contemplar cada foto varios minutos y antes de pasar a lo que parecían los documentos escritos, volvió a mirarlas pues algo llamó su atención. Todas se habían hecho en el mismo lugar y creyó reconocerlo. El sillón de la consulta del señor Eaks. Y otro dato más que hizo que Ayna frunciera el ceño para fijarse mejor. La expresión de Dominic cambiaba. Al principio, en la que parecía tener dos años, había una sonrisa y unos ojos inocentes. Después pasó a la de cuatro, en la que había una expresión de resignación y tristeza. A continuación pasó a otra en la que tenía seis años y pudo observar el odio. Más tarde vio otra más; ocho años, su expresión ya no cambió. Era la misma mezcla que traslucían sus ojos ahora. Odio, dolor, tristeza, rencor. Ayna negó con la cabeza sintiendo un desprecio absoluto por las personas que habían sido las culpables de que un niño albergase ese tipo de sentimientos, cuando deberían de haber sido otros tales como inocencia, felicidad, alegría... Respiró hondo y pasó las fotos aún a regañadientes, pues le costó mucho despegar su mirada de ese niño compungido. El corazón le latía muy deprisa cuando comenzó a leer los datos y de pronto ahogó un grito tapándose la boca con la mano. Sus ojos se abrieron de par en par y volvió a releer todo incapaz de creerse semejante información. No pudo evitar emocionarse y tras formársele un nudo en la garganta que no tenía forma de hacer desaparecer, lágrimas silenciosas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

El Caballero OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora