—De modo que... ¿has huido?—Jefferson contemplaba a ese niño encerrado en cuerpo de hombre, sentado en el sofá de su salón, con los brazos apoyados sobre sus rodillas, los dedos entrelazados y mirando el suelo como si fuese lo más interesante que había visto jamás. ¿Huir?, por supuesto que lo había hecho. Dominic no se encontraba con la fortaleza suficiente como para respirar el mismo aire que ella aquella noche. Le había intentado persuadir para que no fuese a trabajar, pero como una digna empleada, había rehusado poniéndolo a él en la difícil tarea de esquivarla. ¿Evitarla dentro de su hotel? No gracias, mejor una retirada a tiempo—. Es la primera vez que desatiendes tus obligaciones... algo habrá sucedido—. Había transcurrido una hora desde que Dominic se había presentado agitado ante la puerta de su casa. El timbre había sonado tan repetidamente que Jefferson se había temido lo peor. Pero cuando lo contempló, con esa mirada perdida, supo que estaba desesperado, asustado. Lo había intentado de formas distintas. Diferentes tonos de voz, frases que motivaban a comenzar con una conversación. Nada. Continuaba callado. Aquello no se trataba de una consulta, Dominic nunca había sido un paciente suyo aunque para él fuese distinto. Siempre lo trataba como a su psiquiatra personal. Pero Jefferson sabía que muy en el fondo de su corazón, los sentimientos eran mutuos, él lo quería como a un hijo del mismo modo que el muchacho lo quería como a un padre. Después de todo, lo había cuidado siempre, incluso desde que aún era una forma de vida gestándose dentro del vientre de su madre.
—Tengo miedo Jeff.—Le había costado toda una hora decir esas tres palabras y Jefferson temía que se volviera a cerrar. Lo dejó un momento, se fue a la cocina y le preparó un té. Se sentó en un sillón que había justo enfrente, en medio de los dos, se interponía una mesilla de cristal. Le acercó la taza a la mesa.
—Tómalo. Te sentará bien.—Dominic colocó las manos en la taza, notando el calor. Levantó la mirada hacia él.
—Siempre he tenido miedo. Miedo de mí mismo.—Jefferson se mantuvo callado. Sabía que si le interrumpía, él simplemente, dejaría de hablar—. Cada vez que he sufrido una crisis, he temido por mis reacciones. Sé que soy capaz de hacer cualquier cosa cuando sale todo ese odio que llevo dentro. Por eso... yo... yo...—Bajó la mirada—. ¿Sabes? Bueno, sí lo sabes —soltó una risa de autocompasión—. Siempre has sabido que no me he mezclado con el sexo opuesto. Desde el fondo de mi corazón, si es que lo tengo, las he odiado a todas y cada una de ellas, grandes y pequeñas no importaba la edad.—Se mesó el cabello y se dejó caer hacia atrás—,pero ahora... ahora...—Se quedó callado de nuevo.
—Es distinto —le instó a continuar.
—Esa niña se ha empeñado en llamarme papá.—Jefferson abrió los ojos sorprendido, luego contempló esa sonrisa de felicidad en Dominic, sonrisa que jamás había visto. Fue inesperada y tan efímera como una estrella fugaz. Se transformó en tristeza. Apoyó un codo en el brazo del sofá y dejó caer la mejilla en su mano—. Me estremece. Remueve algo en mi interior. Me hace anhelar cosas que sé que no merezco.—Se quedó contemplando la taza.
—¿Por qué piensas de ese modo? Sabes que todo el mundo tiene derecho a ser feliz y tú deberías comenzar a serlo.—Su mirada se transformó en odio y apoyó las manos sobre la mesilla.
—¿Cómo piensas que voy a ser feliz? ¡Sabes que no tengo derecho a eso!—soltó un bufido y se volvió a dejar caer en el sillón para apoyar su brazo sobre sus ojos. Se ocultaba—. No. La felicidad no es para mí. ¿Cómo reaccionaría ella si supiera realmente quién soy?
—¿Ella?—Jefferson sabía que Dominic estaba comenzando a sentir por primera vez.
—Me refiero a la becaria. Obviamente la niña no comprendería nada. Pero... ¿crees que me dejaría estar a su lado cuando supiera lo que soy? ¿Dejaría a alguien como yo hacerse cargo de su hermana? Y ella...—Se apartó el brazo de los ojos y giró la cabeza. Jefferson lo vio contemplar el televisor, apagado, con la mirada perdida—. ¡Dios es tan hermosa! Siento que es un pecado para mí. Siento que no tengo derecho a quererla para mí. Pero por una vez en mi vida quiero ser egoísta. Quiero tenerlo todo. Quiero...—Tragó saliva y Jefferson contempló cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla.
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El Caballero Oscuro
RomanceDominic es exigente, prepotente e insoportable. Esa manera casi espartana de trabajar le mantiene en alerta y en un agotador estado de resistencia. El despotismo de Dominic la conduce a una espiral de misterio y claroscuros llenos de cicatrices dond...
