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Cuando se despertó se quedó unos instantes contemplando el techo. Se había ido a dormir pensando en él y nuevamente acudían imágenes a su cabeza. De seguro que estaba enfermando. Las noches que había dormido con ella, lo había hecho sin camiseta, por lo que ya tenía grabada a fuego tanto en sus manos como en sus ojos, la imagen de su espalda, así como de su pecho. Pero... había dormido con un pantalón largo de tela. El retrato que ahora daba vueltas por su cabeza una y otra vez era ese esculpido cuerpo con aquel bóxer negro. Soltó una maldición y se cubrió la cara con las manos. No había tenido oportunidad de ver su trasero, pero le dio tiempo a vislumbrar sus muslos y sus piernas. Ese hombre había sido modelado para llevar a las mujeres al pecado, quizás era cierto que era el mismísimo demonio disfrazado de tentación. Se sacudió mentalmente pero a su pesar, seguía reflexionando sobre él. Había tantas cosas que quería preguntar, tanto por saber. No podía dejar de mirar sus ojos y sin remediarlo, contemplaba sus cicatrices. Ya había hecho referencia en más de una ocasión que había tenido una infancia traumática, por culpa de su madre. Pero... ¿por qué? ¿Por qué una madre puede odiar tanto a un hijo? A un ser que sale de sus entrañas. A alguien inocente. Imaginó esa crueldad sobre su hermana y no pudo evitar que le subiera un nudo a la garganta. Sí. Dominic estaba marcado por su pasado al igual que ella. Quizás era por ello que estaban predestinados a conocerse, a entenderse, a ayudarse mutuamente con sus propios pesares. No sabía si era realmente el destino, pero lo que sí sabía era que el sentimiento de pertenencia subía desde sus pies como la espuma. Él era un guerrero conquistador que con cada día y en cada momento se hacía con una porción más de su corazón, hasta que finalmente se instalara allí para siempre. De pronto esas palabras la hicieron pensar. Ella no quería y no podría soportar otra traición. Hasta que empezó a conocerle, no estaba muy interesada en entablar relaciones con los hombres. Se había centrado en su pequeña y curiosa familia. Pero ahora... las cosas habían cambiado y no estaba dispuesta a aceptar la palabra, «temporal». No. Ayna quería a alguien a su lado para siempre. Quería, al igual que su hermana, un hombre que la protegiera. Un hombre que la abrazase cuando necesitase consuelo, un hombre que cuidara de ella, que le mimase y le hiciese sentir que era la mujer más hermosa del mundo. Un hombre con el que hacer cosas tan simples como pasear cogidos de la mano. Alguien a quien acudir cuando se sintiese perdida. Pensó que él podría ser ese hombre. Se acordó de aquella noche en la playa cuando entre gritos y tristeza le confesó los mismos anhelos que ella sentía en su corazón. Quería saber si Dominic también pensaba en la palabra eternidad.

Se despertó, reparó en que estaba solo y no le gustó esa sensación. Suspiró ante su agudeza, ¿cómo iba a estar si no? Únicamente había dormido dos noches con ella y ¿ya esperaba que fuese para siempre? Pero se había sorprendido a sí mismo ante la velocidad extraordinaria con la que se había adaptado a descansar entre sus brazos así como a abrazarla cual peluche. Se abrazó a la almohada y se quedó mirando la luz del balcón. Una suave brisa movía el visillo haciéndolo mecerse suavemente. Tanto mejor. Realmente no sabía hasta cuándo podría aguantar esa tortura. Cada poro de su piel era consciente de su presencia. No habían hablado de qué era lo que estaban haciendo. Qué había entre ellos y hasta dónde podía llegar. A veces tenía la absurda sensación de que ella no lo tomaba en serio. ¿De verdad pensaba que un hombre como él iba a permanecer quietecito en cada encuentro que tuviesen? Le había costado sabe Dios el esfuerzo el no haberla obligado a dormir en su habitación la noche anterior. Y si eso hubiese ocurrido, de seguro que se habría dejado llevar por sus instintos. Suspiró y cerró los ojos. Veía con claridad el momento chocolateado que tuvieron y enseguida sentía un dolor físico. No sabía cómo funcionaban las mujeres sexualmente, pero era consciente de que su cuerpo sucumbía a una incomodidad y a una necesidad que debía ser satisfecha antes de que se convirtiera en delirio. ¡Él era un hombre por el amor de Dios! Abrió los ojos y decidió que saldría a correr por la playa. Se preparó. Unas bermudas negras, una camiseta blanca, sus deportivas y el Iphone.

El Caballero OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora