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Hizo una pausa y dejó las gafas sobre el escritorio. Se pellizcó el puente de la nariz, se llevó las manos a la nuca y estirándose en la silla se quedó unos instantes contemplando el techo. ¿Qué demonios estaba haciendo? Habían pasado ya dos horas desde que la muchacha lo había conducido hacia su habitación para dejarle trabajar «tranquilo». Después de mirar la puerta durante largo tiempo, había hecho el tremendo esfuerzo de concentrarse en lo que tenía pendiente. ¿Pero cómo hacer para desconectar de todo teniendo la cama donde había yacido con ella ante sus narices? Se giró y observó con atención. La tarde anterior no se había fijado en aquel lugar. Era una habitación sencilla, con unos muebles de madera en tonos marfil. La colcha y el visillo de la ventana eran verde agua. Resopló. Las imágenes de ella desnuda en aquella cama le estaban torturando y su cuerpo le pedía a gritos tomarla de nuevo. No estaba seguro si había sido una buena idea el hecho de acostarse con ella, ahora se encontraba adicto a algo de lo que no se veía con fuerzas para renunciar. Se preguntaba cuántas veces tendría que hacer el amor con ella para sentirse satisfecho y gruñó cuando llegó a la conclusión de que nunca sería suficiente. Se levantó de la silla y con las manos en los bolsillos se acercó al cabecero de la cama. Ahogó una maldición. No se había fijado en la decoración hasta entonces. La chica tenía un auténtico collage de fotos familiares. Las contempló con detenimiento una a una. Sonrió. La pequeña Isola era la gran protagonista. Fotos que iban desde el momento en que nació hasta la actualidad. Se quedó serio ante la visión de sus padres. Ambas eran el vivo retrato de aquel hombre. Un hombre corpulento de cabello azabache e intensa mirada azul. La madre era una delicada mujer de cabello castaño y ojos color miel. Tenía gran parecido con su hermana. Sonrió ante la ironía de las vidas. Él, que había tenido a sus padres y solo le habían aportado sufrimiento, y ella que había sentido esto mismo ante la falta de ellos. Maldijo por lo bajo al percatarse de que se había acostado con ella ante la mirada silenciosa de todos aquellos rostros. Le dio un escalofrío y se dirigió hacia el estante que había junto a la ventana. Era un armario de pie dividido en varias baldas repletas de objetos. Se obligó a sí mismo a mantener las manos donde estaban. Nunca se había tenido por una persona curiosa, pero ella despertaba en él el deseo de saberlo todo sobre su vida. Aquel estante era un auténtico cofre de información personal. Sonriendo, observó sus fragancias, libros, colgantes, pulseras, y un sinfín de abalorios. Continuó descendiendo con la mirada hasta la última repisa y algo llamó su atención. Se agachó y contempló en el último rincón un pequeño cuaderno azul. Sin pararse siquiera a pensar lo cogió y lo ojeó. Pensamientos y... ¿dibujos? Pestañeó asombrado y el corazón comenzó a palpitarle muy deprisa. Lo cogió con la mano izquierda por el lomo y pasó las páginas rápidamente con el pulgar. Era bastante buena pintora, había que reconocerlo. No, no lo leería. No invadiría así su intimidad. Pero sus manos no obedecían a su mente y sin darse cuenta comenzó a ojear esporádicamente anotaciones desde la fecha en que se habían conocido.

No soporto a mi jefe. Egocéntrico y autoritario. Trata a toda costa de hacerme renunciar, pero no lo va a conseguir. No tiene una pizca de humanidad ni de empatía.

¿Realmente le veía así? Resopló. Quería parar, pero algo más fuerte que su voluntad se lo impedía.

Definitivamente insoportable. Hacer llorar así a mi hermana y me ha dado una bofetada... ¿Quién se cree que es? No le perdonaré jamás. Debería denunciarle por agresión y acabar con su perfecta reputación, pero no puedo. El problema es que yo también le devolví el golpe. ¿Qué se pensaba? ¿Que me iba a quedar quieta? No sabe con quién se ha topado.

Sí, Dominic recordaba perfectamente el fatal episodio.

Algo sorprendente, el muy narcisista sabe disculparse, aun así, no debería de aceptar sus disculpas pero necesito este trabajo cueste lo que cueste, necesito su maldita carta de recomendación antes de irme.

El Caballero OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora