10

72 2 0
                                        


Se encontraba tumbado en la cama mirando al techo, con las manos detrás de la nuca. Su mente tenía a fuego grabada la imagen de esa muchacha. No había sido consciente de su presencia. La consideraba una novata en prácticas y eso no cambiaba. Pero sus instintos más primarios despertaron cuando fijó su mirada en ella por primera vez. Llevaba un triquini rojo palabra de honor. La parte que unía la tela de arriba con la de abajo estaba adornada con piedras de distintos colores. Y juraría que le faltaba tela. No tenía un pecho exageradamente grande, pero era suficiente para su constitución. Sus caderas dibujaban una hermosa curva que indicaba un trasero bastante lleno. Lástima que no se hubiese fijado en ello. Sus ojos eran azul mar y cuando estaba furiosa se le iluminaban de una manera hipnótica volviéndola más hermosa. Tenía el cabello ondulado, negro como la noche, y suelto le llegaba casi para cubrir su pecho. Casi. Era la representación del pecado personificado y Dominic dio gracias a que no la soportaba. No soportaba su intromisión. Estaba seguro que esas hermanas,... aún no tenía claro si lo eran o no, acabarían con él. La niña la llamaba "mamá", y eso le desconcertaba. Con toda esa alegría, esos ojos que le desnudaban el alma y esa costumbre de tocar, abrazar y besar. Él no estaba acostumbrado al contacto físico. Los breves desencuentros con Noida no contaban. Nunca jamás le habían abrazado ni besado desde que tenía seis años. La última vez que vio a su padre. Su mente comenzó a tomar otros derroteros cuando sonó un pequeño golpe en la puerta que le hizo volver al presente.

-Adelante.- La puerta se abrió y apareció una pequeña cabeza. ¡Dios! El cuento. Ya se había olvidado. Soltó un resoplido de disgusto. No le apetecía en absoluto. La niña entró y cerró, toda sonrisas.

-Hola Dominic.- Él se incorporó en la cama mirándola mientras se acercaba y ponía el libro sobre las sábanas.- He traído mi cuento, como me pediste ¿Empezamos?

-¿Tengo elección?- Lo dijo para sí mismo mientras se dejaba caer. La niña rodeo la cama. Oyó el sonido de los zapatos cayendo al suelo y se montó. Se sentó a su lado, con la espalda pegada al cabecero mientras que él estaba acostado sobre la almohada. Abrió el libro y lo puso junto a él para que pudiese tener una vista completa de los dibujos mientras pasaba las páginas.

-Pues... erase una vez una niña que se llamaba Anastasia, que tenía el pelo naranja, como el zumo de naranja y las zanahorias, aunque a mí no me gustan las zanahorias y...

-Espera un momento. –La interrumpió.- Eso no es lo que pone ahí. ¿No sabes leer?- La miró desde abajo. La niña se encogió de hombros.

-Qué esperas, solo tengo cuatro años.- Él suspiró.

-¿Entonces cómo...?

-Mamá me ha contado la historia muchas veces.- Se agachó a su oído y le susurró.- Es su preferida. Ha visto la película muchas veces. Tiene el Cd de las canciones y se las sabe todas. Incluso las feas.- Luego volvió a mirar el cuento.- Además los dibujos te lo explican todo.- Dominic suspiró, y sonrió. Curioso dato.- Bueno,... pues la niña tenía el pelo naranja y un perrito... Yo no tengo perrito porque a tía Beth no le gustan pero...-Dominic se acomodó. El cuento iba para largo, no sabía en qué exacto momento de locura había logrado fraguar semejante propuesta. Pero él no se retractaba de sus palabras.

En recepción el papeleo estaba terminado, y ella no hacía más que mirar el reloj. Eran las cuatro y media de la madrugada. ¿Cuánto tiempo se suponía que iba a estar contándole el cuento? Pero conociéndola como la conocía seguro que le contaría de todo menos el cuento. Por un momento le tuvo compasión. ''¿Qué?'' No debía de compadecerse de él. Era un hombre violento, insolente, arrogante, con aires de grandeza y autoridad. Aún podía sentir el fuerte guantazo que le dio. No podría perdonarle. Pero... era tan contradictorio. Un hombre de esas características, que lloraba por las noches, que siempre quería estar solo, que tomaba ansiolíticos y antidepresivos y que podría ser tan dulce como quisiera cuando quisiera. Le vino a la mente la imagen de él tirado en la arena con su hermana encima riendo. Reír, no creía que ese hombre supiera lo que significaba eso. Pero había aparecido con un cuento para su hermana, lo que significaba que sabía reconocer cuando se equivocaba. No tenía por qué buscarla premeditadamente tan solo para darle el libro. Y era tan arrogante como para no admitir su error y pedir perdón. Seguro que no sabía lo que significaba la palabra. ¡Dios! Estaba tan confusa. Como algo podía ser bueno y malo al mismo tiempo. Dulce y amargo. Dejó escapar el aire que había estado conteniendo y se dirigió hacia la habitación para recoger a su hermana. No quería que bajo ningún concepto pasara más tiempo con ese animal. Pero no sabía por qué, en su interior sabía que a la niña no le haría daño.

Cuando se encontró frente a la puerta llamó suavemente. Al no obtener respuesta, entró. La imagen que se encontró la dejó sin aire unos instantes. Estaban dormidos. Él tenía la mano sobre el libro abierto a un lado de la cama, lo que le indicaba que seguro que en algún momento habría perdido la paciencia y habría terminado leyéndole el cuento. La niña tenía su cabecita sobre el pecho masculino, con una manita junto a su carita, mientras que él la tenía abrazada, con su mano en la espalda. Reparó en que la magnitud de su mano cubría prácticamente toda la espalda de la niña. Ésa mano que le había golpeado a ella con tanta furia. Los dos respiraban tranquilamente. No sabía por qué le molestó la situación. Pero lo hizo. Aún no podía discernir si le gustaba o no que la pequeña tuviese algún tipo de conexión con él. Se acercó con cuidado y muy despacio intentó apartar la mano de él. Pero este reaccionó. Ayna dio un respingo y lo miró. Se había despertado y la contemplaba con la ceja levantada.

-Apuesto a que quieres ocupar el lugar de la niña.- ¿Que qué? Ayna respiró hondo. Retiraba todo lo bonito y dulce que podría haber pensado de él. Era sencillamente, desesperante.

-Sí, en eso estaba pensando.- Apartó su mano con brusquedad y cuando se dispuso a coger a su hermana, él la agarró con la otra mano de la muñeca.

-Ya lo hago yo.- Ahí estaba su autosuficiencia, ella se cruzó de brazos y le hizo un gesto animándole a continuar. Se incorporó despacio y sacó los pies de la cama mientras que al mismo tiempo movía a la niña hacia su regazo. La pequeña comenzó a moverse y a gemir.- Shh.- Le susurró al oído.- Sigue durmiendo princesa.- Ayna lo observaba sin perder detalle. Esas precisamente eran las cosas que le desconcertaban.

-Dame, la llevaré a mi habitación.- Se refería a la habitación del recepcionista.

-Yo la llevaré.- Se puso de pie y acomodó a la niña entre sus brazos. Abrió la puerta y salió. Por un momento Ayna se quedó allí, con la boca abierta y mirando la salida. Después reaccionó y cuando salió, él la estaba esperando en el ascensor con una expresión que indicaba, "date prisa". Se puso a su lado callada, sin mirarle, sorprendida a más no poder. Fijó la vista al suelo y parpadeó al darse cuenta de que iba descalzo. Llevaba un pantalón negro deportivo que le hacía un remolino en los pies. No pudo apartar la mirada de allí. Tenía unos pies muy bonitos, había que reconocerlo. El ascensor se abrió sacándola de su estupor. Él salió y cuando iba cerca de la recepción se paró en seco.

-¿Has terminado tu trabajo?

-Sí señor.

-Vete a casa.- Su voz sonó ruda e hizo eco en la planta baja. Ayna miró el reloj, apenas eran las cinco y diez minutos, aún le faltaban cincuenta minutos para terminar el turno.

-No señor. Aún no ha terminado mi turno.- Él se giró y la miró a los ojos. Su mirada era intensa, dura e inflexible.

-Apenas te quedan unos minutos y yo estoy aquí. Ya no eres necesaria.- Le tendió a la niña tan de repente que no le dio tiempo a reaccionar. Ayna la acomodó mirando la espalda de ese hombre que se dirigía hacia el ascensor. De pronto se giró.

-Señorita Lee. Mañana, no la traigas. No voy a estar en el hotel y no quiero que ande vagando por las plantas ni las habitaciones. Creo que ya he redimido mis pecados.- Dicho eso, se dio la vuelta y continuó su camino.

Ayna se las apañó como pudo para llegar a casa. Una vez dejó a su hermana en la cama se fue a su habitación, intentaba dormir, pero su mente no le dejaba. Ése hombre le desorientaba. Había escuchado con paciencia a su hermana, bueno, tal vez había perdido la paciencia al final, se había quedado dormido junto a la niña, la abrazaba como si fuese su más preciado tesoro, la acunó y la ayudó a dormirse de nuevo susurrándole palabras dulces, recorrió todo el hotel descalzo con la pequeña en brazos, y después se comportaba con insolencia y la sacaba de sus casillas haciéndole casi gritar de ira. Arrojó con rabia un cojín que dio contra la pared. Se dejó caer de nuevo en la cama dejando escapar un gran suspiro. Su cabeza giraba y giraba en una espiral sin salida en cuyo vórtice siempre se encontraba él. Simplemente no lo comprendía. Necesitaba controlar sus divagaciones, centrarse verdaderamente solo en lo laboral. No podía permitirse la libertad de pensar en él como hombre, máxime cuando aún no tenía claro si le odiaba o le agradaba, y por supuesto no quería ahondar en este último sentimiento. Derrotada y sin llegar a salida alguna, dedicó un gran esfuerzo a apagar su cerebro para poder descansar.

El Caballero OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora