Jack y Ashley son un desconocido el uno para el otro , pero, cuando terminan encerrados juntos durante más tiempo que el que a ambos les gustaría sus caminos se cruzaron y, para bien o para mal, no fue tan fácil para ninguno dejarlo pasar.
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Capítulo cuarenta y cinco — Infancia
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—Ashley, ¿estás bien?
Trago saliva en busca de aliviar el nudo que se ha formado en la garganta. No, no estoy bien, estoy con los nervios a flor de piel y los pensamientos atravesando mi cabeza a más velocidad de la que deberían. No lo pienso, le pido un momento a Arianna y sin pensarlo demasiado echo a andar hacia él.
Cuanto más cerca estoy, más quiero darme la vuelta e irme, pero no puedo hacerlo, no cuando le conozco lo suficiente como para saber que no es normal en él devolver a otra personas a su vida. Desaparecimos de mala manera de la vida del otro, fin. Vivimos a mucha distancia, no recorremos los mismos círculos, no íbamos a volver a encontrarnos salvo que uno de los dos lo forzara, y eso estaba fuera de nuestros planes.
Así que, ¿por qué se ha movido de su zona para venir? ¿Por qué ha hecho ese esfuerzo cuando ni siquiera mantiene a sus mejores amigos cerca cuando una discusión manda el punto final?
Así que, cuando me quedo a medio metro de distancia de él la única pregunta que puedo lanzar es ese molesto: "¿Qué diablos haces aquí?"
Sean desliza una mano sobre el manillar y hace un suave gesto con la cabeza que sólo tiene un significado, que suba a la moto.
—¿Qué quieres, Sean?
Me mira, sin significado alguno en su mirada. Tan imperturbable como siempre que hay más personas a su alrededor.
—Sube.
Me río a desgana, gesticulando en exceso cuando le señalo a él y a su moto.
—¿Te crees que después de más de un año puedes aparecer como si nada y que con decir que vaya contigo voy a hacerlo? ¿Qué es lo que quieres? —Hace un amago de arrancar. Entrecierro los ojos hacia él e insisto—: ¿Qué es lo que te hace pensar que haciendo eso voy a cambiar de opinión?
—Si no subes, nunca sabrás por qué he venido.
Apela a mi curiosidad. La peor parte es que por mucha rabia que me haga sentir, sé que voy a dejarle ganar. Lo sabe, si tengo una debilidad esa es mi curiosidad, y esto es algo que no puedo dejar ir tan fácil. No puedo permitir que aparezca y luego desaparezca sin explicación alguna. No, eso no va conmigo.
—Decídete, Ashlee.
Ashlee. Su forma de pronunciar mi nombre me devuelve a un mar de recuerdos del que con dificultad puedo salir. Su apodo, que con tal facilidad uno con los únicos buenos recuerdos que tuve por mucho tiempo, acalla la rabia que había empezado a sentir.