Jack y Ashley son un desconocido el uno para el otro , pero, cuando terminan encerrados juntos durante más tiempo que el que a ambos les gustaría sus caminos se cruzaron y, para bien o para mal, no fue tan fácil para ninguno dejarlo pasar.
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No es que el gif tenga algo que ver con el capítulo, pero #jackConfusoEsTierno
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Capítulo 51 — No todos tienden a romperse
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Me dan el alta pocas horas después, es el señor Daking quien viene a recogerme y, con una mirada cargada de un sentimiento que jamás había esperado ver en él; lástima, me dice que es hora de irnos.
No soy capaz de mirarle y, al mismo tiempo, no puedo apartar la mirada al salir de la habitación. Es mi tío. Mi tío de sangre. Por pura costumbre de los momentos en los que más nerviosa estoy alcanzo las pulseras. Una vuelve a arder con el roce, arde en mi mente. No la quiero conmigo, pero tampoco quiero quitármela, el sentimiento me confunde. Lo hace porque implica que la figura de madre que creé en mi cabeza años atrás se ha separado de la real para tener su propio papel y sé, antes de subirme al coche, que aunque sea algo imaginario, un tonto sueño, deshacerme de la figura materna que hubiera deseado tener sólo me dañaría. Así que me aferro a ello.
Recupero esa sonrisa suave y ojos cargados de cariño en una madre que de niña anhelaba. Encuentro esa voz tranquila que asocio con ella al darme consejos que, aunque sabía que eran míos, los ponía sobre sus labios para sentirme mejor.
Es la primera vez que quiero entrar en casa, que quiero estar ahí.
Hago un amago de alcanzar mi móvil, ese que no está ahí y que después de cenar Brigitte me dice que estaba destrozado y me lo devolverán el lunes antes de ir a clase. Así que el fin de semana lo paso encerrada, con la puerta del balcón sellada y una mezcla de necesidad de salir corriendo y miedo de cruzar la puerta de casa de nuevo.
El domingo saco mi cuaderno de dibujo y me aferro a él como si mi vida dependiera de ello. Ese destrozado cuaderno sobre el que clavo una cera clara. En pocos minutos mis manos están llenas de color y la páginas de mi cuaderno llenas de trazos sin sentido. Uno tras otro. Utilizo las dos manos para crear figuras como hace años que no hacía. Sólo sé escribir con una mano, pero a la hora de pintar es diferente, me es indiferente.
Me arrastro hasta un rincón. Las paredes son protecciones imaginarias mientras dibujo. Es extraño, pero finalmente las emociones salen en tonos claros, dejan miedos atrás para convertirse en un bello pájaro extendiendo sus alas, brillando bajo la luz que las estrellas y sol le regalan. Mezclo el día y la noche porque la idea de hacer una luna lo oscurecería mucho y, por mucho que me sorprenda, todo lo que puedo dar ahora es luz.
Y así paso la mañana y la tarde.
Cuando quiero darme cuenta estoy hambrienta, pero incapaz de dejar las pinturas pastel a por las que he ido después de termine el primer dibujo, muevo las manos sobre mi cuaderno con rapidez, insegura de lo que estoy dibujando. Estoy tan absorta por la imagen que me aislo de todo, incluido el hambre. Lo siento, pero no tengo ganas de moverme de aquí. Estoy más inspirada que nunca aunque lo único que esté haciendo sea dibujar el mar, el agua. Añado más colores cada vez, los diferencio, marco el movimiento. Lo hago rápido porque por primera vez no dibujo con tranquilidad y cuidado, no, dibujo como corro, para dejar de pensar, para desahogarme. El cuerpo me ruega echar a correr.