Capítulo 40

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Los días corrían apresurados. Las mañanas eran rutina, por la tarde todo iba rápido, pero por las noches sólo podía llorar.

Me hice un ovillo en mi cama, abrazando mis piernas contra mi pecho y con la almohada húmeda debajo de mi cabeza, debido a mis lágrimas. La canción que Vincent puso ese día que compartimos intimidad por primera vez, sonaba de fondo en mi habitación, y está vez no había nada romántico en ella. Sólo hay tristeza, melancolía y nostalgia.

Mi cerebro a sido mi peor enemigo estos días. Me provoca recuerdos que, jamás creí posible, desearía olvidar. Recuerdos de ese muchacho rubio que conocí en una fiesta, ese muchacho con perforaciones y el cabello casi completamente rapado. Ese chico que quise, y que me rompió el corazón.

Solloce y la cama se movió ante el movimiento brusco de mi pecho.

La idea de que Vince esté con alguien más me aterra, y saber que ese alguien es Rebecca, me duele. Porque desde el primer instante en que la vi, me di cuenta que ella era la chica indicada para Vincent, y me duele saber que estaba en lo correcto.

No he ido a la escuela, sólo le dije a mi padre que no he estado bien y me dio mi espacio. Él sólo viene de vez en cuando a verme, se queda un rato conmigo y después se va. Él me conoce, y sabe que algo no anda bien, pero agradezco que no insista en sus preguntas.

Supongo que en estas situaciones, mamá era quien se encargaba de hablar conmigo, pues mi padre es un hombre de pocas palabras y poca comprensión; además, sabiendo qué él no me a dicho muchas cosas, no estoy segura de confiarle lo que me sucede.

Mi celular lleva apagado cuatro días. No quiero saber de nadie, no quiero hablar con nadie, ni siquiera con mi hermano.

La carta de Alejandro reposaba sobre mi mesa de noche, y no pude evitar recordar la expresión de Vincent cuando la vio. Él creyó que yo lo engañaba, que yo dejaba que éste chico me conquistara. Y no sé si yo fui tonta al no contarle desde antes sobre las cartas, o él fue un idiota que desconfío de mí sólo por ese sobre. Aunque hubo muchas cosas que él hizo mal, también yo tuve la culpa del quiebre de todo, y eso es lo que no deja de pasar por mí mente.

No dejo de pensar en todas esas cosas que pude haber hecho diferente.

Debí hablarle a Eric de él, debí decirle a Anna y a Elías sobre su trabajo, y jamás debí haber conocido a Marco. Tal vez hubiera sido más fácil que ese chico me drogara, que hiciera lo que quisiera conmigo y así su capricho ya hubiera terminado, sin meter a Vincent en medio.

~°~

Alguien tocó a mí puerta, pero no me moví de mi lugar. El sol se colaba por mi ventana, y eso significaba que ya amaneció y dormí ni un solo minuto. El golpe en la puerta me volvió a molestar, y suspire cansada.

—¡Abre, Maya! ¡Sé que estás adentro! —reconocí la voz de inmediato, aún y cuando seguía detrás de la madera —. A la mierda, voy a entrar...

La puerta rechino, y el movimiento que hizo al abrir soltó una ráfaga de aire que me puso la piel de gallina. La madera se cerró, y una figura delgada y pequeña, con el cabello perfectamente arreglado y el rostro maquillado, apareció frente a mi nublada vista.

—Buenos días, solecito —la dulce voz de Anna me hizo volver a sentir ganas de llorar, sólo porque ella es la única que me habla así de dulce —. Vine a ver porqué demonios no haz ido a la escuela, pero creo que eso no es importante ahora que te veo así. ¿Qué sucedió?

Mis ojos se volvieron a llenar de lágrimas, mi labio inferior tembló y la miré al rostro.

—Vincent me terminó —mi voz tembló, y sonó tan aguda que ni siquiera la reconocí.

—Maya —su tono suave y comprensivo, me hizo soltar un sollozo.

Se recostó a mí lado y me abrazó. Dejé que me abrazara, mientras yo me recargue en su hombro y empecé a llorar con desconsuelo. Su pequeña mano acarició mi espalda con cariño, y no se molesto de que mojara con mis lágrimas su bonita sudadera rosa. Las lágrimas aumentaron cuando empezó a decir cosas tranquilizantes.

—Todo está bien, Maya —murmuró, sin dejar de acariciar mi espalda —. Hay muchos chicos en está vida...

—Pero yo lo quiero a él —lloré y reforzó su abrazo.

—Piensas así ahora, pero sé que pronto cambiarás de opinión —ella me aseguró —. Es un idiota, todos los hombres lo son. Pero nosotras no tenemos de otra que soportar sus idioteces. Por eso somos las más fuertes, porque aprendemos a vivir con el dolor sin perder el don de amar.

—Es más fácil no tener sentimientos —contesté, tratando de calmar mis sollozos.

—Sí no tuvieran sentimientos, entonces no seríamos mejores amigas y, ¿qué harías tu sin mí? —preguntó, y pude imaginar su sonrisa.

—Es más fácil olvidar —dije en un susurró.

—Jamás digas eso, Maya —me regaño —. Algún día aprenderás algo de todas estas experiencias. Esté tipo de situaciones te ayudan a saber qué es lo que no quieres dentro de tu vida.

—Anna —la llamé y ella hizo un sonido con la garganta para que continuará —. Te he mentido en muchas cosas, ¿aún así quieres ser mi amiga?

—Siempre y cuando todas sean mentiras blancas.

—Está bien —respondí. Honestamente no sé qué tan blancas son mis mentiras.

—¿Te sientes lista para decirme la verdad? —preguntó suavemente.

—No.

—De acuerdo —respondió tranquila —. ¿Ya dormiste? ¿Estás comiendo? ¿Haz tomado una ducha?

—No...

—¿No a cuál pregunta?

—A todas —confesé.

Ella resoplo molesta, y se alejó de mí para verme al rostro. Me limpió el rostro y me peinó el cabello hacía atrás.

—Vamos a desayunar, y después te leeré un cuento para que puedas dormir —me sentí como una niña pequeña, pero sus palabras lograron calmarme —, primero tomarás un baño.

—¿Tan mal huelo? —pregunté, tratando de aliviar el ambiente y ella sonrió.

—Apestas —contestó y solté una pequeña risa.

Guarde silencio, la observé en silencio y ella volvió a peinar mi cabello.

—Gracias, Anna —dije con sinceridad —. Realmente no sé qué haría sin ti.

—Ni yo sin ti, Maya —confesó —. Ahora dejemos las tristezas de lado y toma un baño. Tengo una nueva receta de huevos revueltos con salsa que quiero probar.

—Está bien. 

Aún no sé quién soyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora