Capítulo 31

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El olor a antiséptico estaba en todos lados. El silencio en la habitación me ayuda a escuchar mi propia respiración. Por un momento no sé dónde estoy, no reconozco el lugar ni a las personas que duermen desde el sofá, y me preocupa lo familiar qué se siente esa sensación de pérdida y desolación.

Pero después, todo se empieza a aclarar y sentir más familiar.

Reconozco donde estoy, y porqué estoy aquí. El sonido de la máquina que controla mi respiración llegó hasta mis oídos, y llevé mi mano hasta la cánula en mi nariz. Ahora soy consciente, de todos los cables conectados en mí, y también las agujas.

Me moví en la cama para tratar de sentarme, pero entre mis movimientos bruscos, un cable se desconectó de mi pecho y la maquina a mi izquierda empezó a pitar como loca.

Alguien entró a la habitación sin tocar y me miró con sorpresa

—Señorita Maya —dijo la enfermera aliviado y se puso de pie para acercarse —. Llamaré al doctor para que la revisen…

Se fue corriendo y cuando regresó, venía un ejército completo de doctores detrás de ella.

Me revisaron los signos vitales, me hicieron preguntas sobre las memorias que tengo actualmente, y también revisaron mi motricidad y mis sentidos, cómo la vista y la audición. Todos anotaban cosas en libretas mientras Cruz no paraba de revisar cada detalle de mi cuerpo, tratando de averiguar si estaba entera.

—¿Qué es lo último qué hiciste, Maya? Antes de empezar a sentir el dolor de cabeza —habló Cruz mientras revisaba el suero con mi brazo.

—Sólo salí del hospital después de la resonancia, y cuando llegué a casa comencé a sentirme mal —no era del todo mentira.

Claramente omití la parte de la carta.

—De acuerdo —ella asintió concentrada en su trabajo —. ¿Los dolores de cabeza siguen?

—No —dije de inmediato.

—Entonces tal vez sólo fue el estrés de la resonancia. En unas horas iremos a revisar tus exámenes y así descubriremos qué sucede en tu linda cabecilla —me sonrió con suavidad —. Por el momento descansa, trata de dormir…

—¿Está vez no me obligarán a dormir? —pregunté miedosa.

Si sonrisa tambaleo un poco y me acarició el cabello con cariño.

—No, Maya. Claro que no —negó de inmediato —. Cuando llegaste al hospital, estabas alucinando y te tuvimos que sedar para que no te dañara a ti misma o a alguien más.

Me explicó y ahí fue cuando entendí que todo había sido un mal juego de mi mente y de mi fiebre.

—Llamaré a tu padre para que se enteré que estás bien —habló después de un rato y salió de la habitación llevándose a todos los doctores detrás de ella.

Suspire y me acomodé en las almohadas suaves. Pasaron al menos cinco minutos, cuando la puerta sonó y esperé a que alguien entrará. Pensé que era mi padre, pero una figura más alta entró y llevaba un ramo de rosas blancas que no me dejaba ver su rostro.

—Vine a darle estás lindas rosas a una bonita dama —mi cuerpo reaccionó de inmediato al escuchar esa voz ronca y gruesa.

—¿Qué haces aquí? —mi sonrisa era tan grande que mi cara dolía.

Vince bajó el ramo de rosas y me dejó apreciar su rostro sonrojado. Los moretones que le vi hace unos días ya estaban casi desaparecidos, y eso me alegró.

—Un pajarito me dijo que odias los hospitales, y vine a hacerte sentir mejor —me extendió las rosas y las tomé para olerlas.

—Gracias, Vince. Están muy bonitas —sonreí y dejé el ramo sobre mis piernas —. ¿Quién te dijo que estoy aquí?

—Te llamé demasiadas veces, y después de un rato alguien atendió el teléfono. Creo que era tu hermano —mi corazón se detuvo por un momento del miedo, Vince notó mi expresión y dejó de hablar.

—¿Eric? —pregunté confundida —. Se supone que él estaba en la universidad.

—Mencionó algo de ir a tu casa a buscar algo de tu ropa —dijo despreocupado —. En fin, al parecer no sabía quien era pero le expliqué que una vez salimos y después pareció entenderlo.

Asentí en silencio. Yo no tenía registrado el nuevo número de Vince, así que Eric no sabe quién es aún. De seguro y su intuición le dijo que Vincent era el chico de quien le había hablado y cómo buen hermano, le dijo sobre mi estado de salud.

—¿Por qué te ves tan asustada? ¿Le tienes miedo a tu hermano o…

—Nada de eso —lo interrumpí rápidamente —. Sólo que siento que aún es demasiado pronto para que se conozcan.

El asintió de inmediato, un poco insatisfecho con la situación.

—¿Entonces que sucedió?, ¿cómo terminaste aquí?

Suspire rendida.

A pesar de qué quería hacerlo, no puedo decirle a Vince todo lo que está pasando en mi vida. En especial porque ni siquiera yo sé qué es lo que sucede. Lo que menos quiero, es preocuparle, tiene tantos problemas como yo y yo quiero que sienta que debe hacer algo para hacerme sentir mejor.

—Me sentía mal. Tuve unos exámenes y al regresar a casa, simplemente caí rendida —hablé jugando con el listón que envolvía las rosas —. Cruz, la enfermera, dice que se debió al estrés que llevó. Creo que no solo fueron los exámenes, también los trabajos de la escuela me han estando complicando bastante la vida.

—¿Por qué no me dijiste que ibas mal en la escuela? —preguntó preocupado. Si tan sólo supiera que voy mal en muchas cosas de mí vida.

—No significa nada. Sé que puedo reponerme en el tiempo que resta del semestre —traté de borrar el ceño de preocupación entre sus cejas —. ¿Cómo estuvo tu día de ayer? ¿Me extrañaste? —cambie completamente de tema.

—Siempre te extraño, Maya —sonrió de lado y tomó mi mano entre sus dedos para jugar con ella.

—Podemos vernos por la noche, cuando ya esté en mi casa —sonreí.

—De acuerdo, me meteré por tu ventana —levantó las cejas una y otra vez, y solté una carcajada.

Abrí la boca para hablar pero él sonido de la puerta siendo abierta me interrumpió.

Cuando la figura de mi padre apareció en la habitación, inmediatamente solté la mano de Vincent y él se puso recto en su lugar. La primera vez que se vieron, no resultó el mejor encuentro de todos gracias a mí.

—Buenas tardes —el rubio saludo, tratando de mantener la calma.

—Buenas tardes, joven Vincent —mi padre saludo con la voz gruesa. Lo miró a detalle antes de mirarme a mí —. Me alegra que ya estés despierta, hija. Debemos ir a ver a los doctores ya.

Mi sonrisa se borro y mire a Vince.

—Me tengo que ir, pero prometo que te llamaré —le dije con tristeza y él me miró a los ojos.

—Está bien, Maya —sonrió. Se acercó a mí, con la intención de despedirse cómo se debe, pero inmediatamente se detuvo al recordar que estábamos frente a mi padre —. N-nos vemos…

—Si —dije sonrojada —. Gracias por venir a verme.

—Me alegra que estés bien —dijo con sinceridad y camino hasta la salida —. Nos vemos, señor.

—Ve con cuidado —mi padre respondió monótono.

Cuando Vince salió del cuarto, mi padre dejó salir el aire que retenía.

—¿Tan asustado estás de que estuve con un chico a solas? —pregunté con burla y él me miro de reojo.

—No estoy asustado. Confío en ti, Maya —habló sin mirarme.

Camino hasta la esquina del cuarto y tomó la silla de ruedas, después me ayudó a sentarme en ella y salimos al pasillo con mi suero moviéndose a un lado mío.

Estaba lista para lo que sea que los especialistas tengan que decirme, porqué sé que no es nada malo.

Es decir, ¿Qué más puede estar mal con mi vida?

Aún no sé quién soyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora