Capítulo 38

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Tomé la taza de té y le di un sorbo. Estaba muy caliente, pero aún así lo pasé por mi garganta y me alivio un poco.

—¡Es hora de cantar la canción de feliz cumpleaños! —una voz me obligó a levantar la vista de mi taza de porcelana.

Mi tío Armando, el hermano mayor de mi padre, entró al pequeño comedor con una tarta de fresas en la mano y una vela en forma de signo de interrogación encendida. La abuela sonrió, Eric se puso de pie y papá también, y todos empezaron a cantar, pero yo me quedé callada pues no recuerdo la letra. Cuando terminó, aplaudimos con fuerza y me puse de pie para abrazar a mí abuela.

—Feliz cumpleaños —le dije y ella me sonrió con su dentadura.

—¿Cuál fue tu deseo, abuela? —preguntó Eric.

—La salud de toda mi familia, en especial de Maya —mi corazón se hincho de cariño y le di un beso en la frente, agradeciéndole en un susurro.

—¡Hay que partir el pastel y después tomar unas cuantas fotografías! —mi tío habló, o mejor dicho gritó, emocionando.

Él era totalmente diferente a su hermano. Mi padre es delgado, siempre viste formal, usa gomina en el cabello y se quita la barba por más pequeña que le crezca; mientras que Armando es robusto, pequeño y siempre viste de campera y botas de combate, es calvo pero tiene una barba que bien podría parecer mi cabello. Es algo así como Eric y yo. Físicamente opuestos.

—La abuela no le dio mordida al pastel —dijo mi prima, con quien apenas he cruzado palabras.

Todos hicieron ruido, estando de acuerdo con eso y mi abuela se negó de inmediato.

—Sólo será una pequeña mordida —dijo mi padre y le acercó nuevamente el pastel a su madre.

—Me vengare si alguien me lanza al pastel —dijo la abuela en un tono de amenaza, pero seguía teniendo una sonrisa en el rostro.

Sonreí al verla tan feliz, y también a mí abuelo, que se había arreglado para la ocasión. Usaba sus tirantes y su boina. La abuela le dio una mordida al pastel, pero mi abuelo empujó su cabeza y ella terminó ensuciándose toda. Después de eso, todo fue risas y pastel en el suelo, me dolía la panza de reír tanto y la cara de sonreír.

Estos eran los momentos familiares que sé que olvidé, y son los que más extraño. Por eso apreciare este para siempre.

—Oye, Maya —mi hermano llamó mi atención y lo miré sobre mi hombro —. Ven, encontré algo en el álbum de fotos que te gustará.

Me puse de pie de inmediato y lo seguí afuera del comedor. Caminó hasta las habitaciones y nos encerró en la de visitas.

—Aquí no hay ningún álbum fotográfico —hablé confundida.

—Esa fue una excusa para salir de ahí —el habló en voz baja y empezó a buscar algo en sus bolsillos. Cuando lo encontró, lo sacó y el corazón me latió con violencia al reconocer lo que me mostraba.

—¿Cómo la sacaste? —pregunté y tomé la carta. Tenía el mismo aspecto que la pasada, sólo que está tenía dedicatoria diferente en la parte trasera del sobre.

"Para: Maya. El amor de mi vida.

De: Alejandro.

Siempre tuyo"

—Antes de venir hasta acá —habló nervioso —. Ábrela de una vez, hay que devolverla hoy antes de la noche. No quiero correr el riesgo de que papá se entere lo que he estado haciendo.

—Está bien —hablé y abrí el sobre con las manos temblorosas.

Saqué el papel con olor a café, lo extendí y leí las letras:

"Hoy que te vi, me quedé sin aliento. No puedo creer que un ser cómo tú pueda existir en éste mundo. Llenas mi vida de luz, incluso cuando todo en mi vida es caos y desorden. Espero que algún día entiendas lo mucho que te quiero, Maya.

PD: Te ves preciosa con cabello corto, no dejes que los demás te digan que es feo. Me gusta la manera en la que dejas al descubierto tu cuello"

Me quedé un momento plasmada, y después mi cerebro empezó a correr con velocidad. ¿En qué tiempo tuve el cabello tan corto cómo para dejar al descubierto mi cuello y hombros?

—Necesito ver mi álbum de fotos —hablé de inmediato —. ¿Cuándo me corté el cabello muy corto?

Eric pensó, mordiendo su labio inferior.

—Creo que fue cuando empezaste la preparatoria, o unas semanas después —él habló. Después de eso, no recuerdo que lo hayas cortado tanto...

Entonces conocí a Alejandro cuando apenas tenía quince, casi dieciséis.

—¿Lograste que alguien contestará tus preguntas? —preguntó.

—No —negué de inmediato —. Pero sé que poco a poco me estoy acercando a la verdad. Gracias, Eric.

—Guarda la carta —me pidió y yo la guarde en el bolsillo de mi chaqueta —. Ahora vamos con los abuelos.

Asentí en silencio y él abrió la puerta para salir. Iba detrás de él, cuando sentí la vibración en mi bolsillo trasero y me detuve. Tomé mi celular e hice una mueca al notar que era una llamada de un número no registrado, aún así, atendí.

—¿Quién habla? —atendí la llamada, y vi como Eric volvía a desaparecer por la entrada del comedor.

—Parece que aún no registras mi nuevo número —me quedé muy quieta al reconocer la voz —. Soy Vincent.

Él tono neutro y tranquilo que usó, me hizo saber que algo no iba bien. Nada bien.

—Hola —saludé, porque era lo único que podía decir.

—Necesitamos hablar —un nudo se creó en la boca de mi estómago —. ¿Estás en ti casa?

—No —me tardé en contestar —. Estoy en casa de mis abuelos, no me iré hasta la noche.

—Entonces te veo ahí...

—No puedes —lo interrumpí apresurada —. ¿Por qué no esperas a vernos en mi casa?

—Porque lo que tenemos que hablar ya no puede esperar más, Maya. Y lo sabes —cerré los ojos con fuerza y apreté mis manos en puños, para poder dejar de temblar.

—Está bien. Estoy a diez minutos de la costa, te veo ahí —le dije.

—De acuerdo. 

Aún no sé quién soyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora