Capítulo 30

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Él miró el sobre por unos largos minutos, antes de rendirse y dármelo en la mano. El papel estaba arrugado y tenía cierto olor a café, no estaba sellado pero antes de sacar su contenido, leí las palabras escritas a lápiz en la parte trasera:

“Para mí amor más eterno.
De: Alejandro.

Para: Maya”

Solté un jadeo de sorpresa, un nudo se me hizo en la garganta y el estómago se me revolvió. Yo ya había escuchado ese nombre, una vez lo mencionó Anna y fue él primer día que nos volvimos a ver.

“Debió ser muy duro para ti y Alejandro… “

Fue lo que me dijo cuando se enteró de mi pérdida de memoria. ¿Y si Alejandro es el hombre en mis memorias que no tiene rostro?

—Eric… —susurre con la voz queda.

Quería esta molesta con él porque no sé desde cuando tiene esto entre sus manos, pero sólo me sentía agradecida.

—Lo sé, Maya. Sé que esto es algo grande —dijo desesperado —. No sé qué dice la carta, pero solo con leer la dedicatoria me puedo dar una idea —mis mejillas se sonrojaron pero él no lo notó —. Lo que más me preocupa es que, el día que la encontré, había muchas más en el cajón pero sólo pude sacar esa sin que papá lo notará.

—¿Cuántas?

—Al menos quince —cerré los ojos con fuerza y el corazón se me estrujo.

Lo que más me dolía, es que existía la posibilidad de que la caja en el sótano me la ocultó mi padre. Y que aún hay más cosas que tiene escondidas.

—No entiendo porqué lo hizo —el nudo en mi garganta me provocó ganas de llorar —. ¿Tu lo sabes?

Lo miré y el evitó mis ojos.

—Te lo dije, Maya. No puedo decírtelo todo, no puedo romper esa promesa. Sólo puedo darte las pistas…

—Eric yo soy tu hermana, ¿qué promesa es más grande que nuestra lealtad? —le pregunté con coraje.

Me miró a los ojos, sus ojos cafés estaban llenos de tristeza y parecía que me hablaba por medio de ellos. Y entendí su mensaje.

La única promesa más grande que yo, sería una promesa hecha con papá. La lealtad hacia un padre, es cien veces más grande a la de una hermana.

—¿Por qué? ¿Por qué me hizo esto?

—No lo sé, Maya. No sé cuáles eran sus intenciones al ocultarlo, pero lo averiguamos —me prometió, pero no me sentía a gusto con él siendo mi guía, no cuando está decidió a seguir llevando los secretos de mi padre hasta la tumba.

—Y-yo no entiendo nada —negué con la cabeza, y cerré los ojos con fuerza cuando sentí una pulsación en el lado izquierdo de mi cráneo —. Me duele la cabeza…

—Tranquila, Maya —mi hermano me tomó por el hombro y me trató de hacer sentir mejor, pero el dolor de cabeza seguía estando ahí.

—No me siento bien —confesé.

—Tal vez solo debes dormir. Te acompañare a adentro y tomarás una pastilla para el dolor, ¿si? —se quito el cinturón de seguridad y abrió la puerta del auto.

Salí del auto cuando él me ayudó. Pasó un brazo por mi espalda y recargue la mayoría de mi peso en él, y volví a sentir una pulsación, pero esta vez fue tan fuerte que las piernas me temblaron.

—Maya —Eric dijo asustado mientras me tomaba entre sus brazos para no caer al suelo.

—Mi cabeza… —jadee de dolor —, no deja de dolerme.

—Maya —su voz tembló y me sostuvo con un brazo para llevar su manos hasta mi rostro, pasó las yemas de sus dedos debajo de mi nariz y cuando la alejó, tenía sangre en sus dedos —. Éstas sangrando…

—No es nada, solo necesito dormir —me traté de poner de pie y él me ayudo nuevamente —. No le digas a papá sobre esto, Eric. No es nada, lo juro. Sólo fue la resonancia y ya…

—No estoy seguro. Es la segunda vez que la nariz te sangra —entramos a la casa y caminamos despacio hasta mi habitación —. Traeré algo de papel y las pastillas.

Asentí en silencio y me senté en la cama para poder relajarme.

Sé que esto me sucede cada que me someto a éste tipo de estrés, y sé que no es bueno para mi salud. Pero no me voy a detener hasta descubrir qué es lo que sucede, aunque tenga que sacrificarme.

~°~

No me he sentido bien desde ayer que sucedieron las cosas. Mi cita de ayer con Vince la cancele, solo porque Eric jamás se despegó de mi lado al verme así de mal y, cuando papá llegó, también se quedó a mi lado para cuidarme.

Por alguna extraña razón, eh relacionado mi mala salud con la cantidad de estrés que he sufrido, pues no he dejado de pensar en todo esto de la carta. La cual, aún no he leído, pero planeó hacerlo apenas pueda ponerme de pie.

—Iremos al hospital —papá se puso de pie y se tallo el rostro adormilado.

Se había quedado toda la noche dormido en una silla al lado de mi cama, y se ponía de pie cada hora para traer un trapo húmedo y tratar de bajas mi fiebre.

—No es necesario —murmure cansada y limpié el sudor en mi frente.

—Claro que sí. Tu fiebre no ha bajado desde la madrugada, ese dolor de cabeza no es normal —me contestó ayudándome a sentarme.

—Iré a cambiarme —habló mientras deslizaba los calcetines por mis pies —. No tardare nada, quédate aquí.

Los párpados me pesaban tanto, que los cerré mientras me quedaba sola. Me puse la sudadera lentamente, pues los brazos me pesaban con exageración, sentía como si hubiera corrido un maratón.

—Ven, hija. Vamos —papá regresó con su vestimenta de trabajo y me cargó en sus brazos hasta salir de la casa y dejarme en el auto.

Eric se fue anoche pues tenía que regresar a la universidad y explicar porqué se había tardado más de lo que su permiso lo dejaba, pero prometió venir hoy a hablar. Eso me reconforta, al menos él podrá seguir investigando mientras yo estoy aquí muriendo por quien sabe qué.

El trayecto a casa fue silencioso y frío, no dejaba de temblar y de tener escalofríos a pesar de qué es un día soleado y húmedo.

Cuando llegamos al hospital, las enfermeras corrieron hacia nosotros y me llevaron en una camilla hasta una habitación. Para éste punto, nuevamente comenzaba a perder el hilo de la realidad debido a la fiebre, así que no estoy consciente de lo que me hacen o me dicen.

El rostro de mi padre jamás se apartó de mi vista, y después apareció la doctora Inés, seguido de Mateo y Cruz.

—Maya —escuché mi nombre como si alguien lo gritara dentro de un túnel —. Necesito que me digas qué es lo que sientes…

—T-tengo frío —no reconocí mi voz.

—Será mejor dormirla —esa voz sonó oscura y gruesa, y no sé si era producto de mi imaginación, pero me asusto.

—No… —negué con la cabeza rápidamente —, no quiero que me duerman. Ya no, por favor…

—Hay que dormirla —la voz repitió y mi respiración se aceleró. No iba a permitir que me indujeran nuevamente a un coma.

—¡No! —me removí en la camilla con fuerza y unas manos me tomaron de los brazos para obligarme a estar en mi lugar —¡Déjenme ir! ¡No quiero que me duerman!

Los forcejeos aumentaron. La lucha por escapar agotó a mi cuerpo, pero no dejé de moverme en mi lugar para deshacerme de las manos que me tomaban por fuerza.

—¡DÉJENME IR! —mi voz sonó cómo un grito desesperado —. ¡NO QUIERO DORMIR! ¡AYUDA!

No sé en qué momento, una mano me liberó, pero segundos después sentí un pinchazo en la muñeca y me quedé completamente quieta.

Ellos me habían dormido, me habían inyectado ya. No tardé cinco minutos, antes de que todo comenzará a apagarse y borrarse.

Aún no sé quién soyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora