Prólogo

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Todo me parecía muy normal, muy tranquilo, todo se veía tal y como lo recordaban las pocas neuronas que me quedaban, todo se seguía viendo como la mierda.

—¿Desayunaste? —la voz masculina de papá me hizo salir de mis pensamientos.

Levanté la vista de la mesa y lo miré con detenimiento. ¿En qué momento corto su cabello?

—Algo así —contesté lentamente.

No pareció contento con mi contestación, pero tampoco hizo el esfuerzo por sacarme la verdad.

Se arregló la bata blanca, la corbata y tomó su maletín.

—¿Te llevó a la escuela? —preguntó como no queriendo decirlo.

Sé que ese "te llevó a la escuela" es un "súbete al coche para asegurarme que vayas a la escuela"

—Voy por mi mochila —me puse de pie con cuidado, tratando de no tambalearme o caer al suelo, y fui directo a mi habitación.

Entré al lugar y me sorprendió de sobre manera el mal olor en toda la habitación, el desorden era masivo y asqueroso. Ni siquiera recordaba mis hábitos, ni siquiera recordaba que me orilló a ser así de sucia.

Visualice mi mochila en una esquina y caminé hasta ella pisando la basura y la ropa sucia en el suelo, ni siquiera revisé que llevará todos los libros o cosas necesarias, sólo la tomé y salí a encontrar a mi padre con la puerta abierta para mí.

—¿No llevas tu chaqueta? —preguntó mirando mi vestimenta y de inmediato fruncí el ceño.

—¿Qué chaqueta? —pregunté ladeando la cabeza.

Él inmediatamente negó con la cabeza y me empujó con cuidado fuera de la casa. Miré el auto, miré el jardín y después la bicicleta rosa que estaba en el suelo.

—¿Esa es mía? —pregunté en voz alta mirando el metal oxidado tirado sobre el suelo sin algún cuidado.

—Sí —la respuesta insegura de mi padre me hizo mirarlo a los ojos.

—¿Puedo ir en ella a la escuela?

—Aun no es seguro —respondió sin mirarme. Últimamente esas palabras las decía muy seguido.

Camino hasta el auto y se subió, mire por última vez al metal rosa antes de caminar al Chevelle. Arrancó el auto y nos empezamos a mover por el vecindario.

—¿Dónde está mamá? —pregunté de la nada, mi cerebro dañado ni siquiera había procesado la pregunta cuando mi lengua la soltó.

Mi padre no contestó, mantuvo la vista en el camino y las manos sobre el volante. No supe cómo reaccionar, no supe qué decir o hacer pues no sé donde está mi mamá, aunque debería saberlo o recordarlo pues es mi madre.

La ansiedad empezó a correr por mis venas, las ganas de seguir preguntando me picaban la lengua pero una parte de mí me decía que necesitaba dejar de hablar, necesitaba dejar de sentirme así de pérdida. Tal vez no debí tomar mi medicina, tal vez sólo debí tomar un té para relajarme y no las pastillas para la ansiedad.

—Perdón, papá —solté en un suspiro tembloroso.

Apreté los puños encima de mi mochila y miré por la ventana. Cerré los ojos con fuerza, obligando a mi cerebro a recodar aquello que bloqueaba desde que desperté, obligue a mi cerebro a trabajar como normalmente debe hacerlo pero una vez más no logré nada.

No logré nada más que recordar mi fiesta de cumpleaños número quince. Recordé mi tarta de chocolate, las velas de colores y mi familia cantando, recuerdo los regalos y las fotografías, recuerdo los abrazos y a unas personas sin rostro que parecen ser mis amigos, pero después todo es borroso. Todo es tan borroso que no puedo hacer nada más que jadear de desesperación y dolor.

Aún no sé quién soyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora