Capítulo 28

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Danica

—Bien, el siguiente —indiqué cambiando de página y Evan renegó—. ¡Evan, lo estás haciendo bien! —reí.

—Tengo hambre —me miró—. ¿Puedo comerte?

—No —miré el libro—. Vas a llegar tarde a tu cita con el doctor y yo a la presentación de ballet —asintió con la cabeza y agarró el lapicero.

Lo miré discretamente y suspiré. Me perdí mirando sus pestañas y su nariz perfecta. Me acerqué un poco a él para poder sentir su brazo junto al mío y sonreí levemente al verlo tan concentrado. Estamos estudiando desde la mañana y hasta ahora no terminamos. Le avisé que era muy estricta con este tema de estudiar y más con él que tiene que pasar todos los exámenes que siguen la siguiente semana. Le ha estado yendo muy bien en todos los cursos gracias a las largas horas de estudio que le hemos dedicado, sé que puede seguir haciéndolo.

Miré la hora en su reloj y abrí los ojos al darme cuenta que mi papá vendrá en menos de media hora por mí. Al menos tendrá mi mochila con la ropa de ballet para poder cambiarme en el colegio. Estoy nerviosa. Hace mucho que no bailo frente a tantas personas y además, Evan vendrá a verme.

—Listo —me dio la hoja—. Si está mal, que le den al ejercicio —se echó boca arriba y reí.

Estar echados en su cama no era el plan que tenía para estudiar, pero es bastante cómoda. Comencé a ver el ejercicio para verificar que estuviera entendiendo.

—Está perfecto —lo miré.

—Ahora si, lo que me prometiste —me miró los labios y se levantó quedando a mi altura nuevamente.

Rodé los ojos y me mordí el labio tratando de no sonreír.

—Creo en ti, Evan —le sobé el cabello y sonrió, con esa inusual sonrisa que delata felicidad genuina—. Ya quiero verte con tu birrete —reímos y pegué mi frente a la suya.

—¿Estás nerviosa, Einstein? —susurró.

Creo que a cualquiera no le parecería romántico ese apodo, pero cuando él lo dice, con ese tono de voz tan sexy y cálido...a mí me derrite y me hace querer escuchar el resto de mi vida un "Einstein" al final de cada oración.

—Si —confesé—. Estoy nerviosa por todo lo que se viene —me sobó la mejilla—. ¿Qué pasa si me caigo hoy? ¿O si no consigo el premio a final de año?

Shh —sonrió—. Danica, hoy bailarás increíble, estoy más que seguro de eso —sonreí también—. Has practicado muchísimo —asentí con la cabeza—. Y el premio de fin de año...—suspiró y me miró a los ojos—. Dime, ¿hay algún otro Einstein en el salón?

Reí a carcajadas y negué con la cabeza varias veces.

—Dime —insistió y trató de hacerme cosquillas.

—¡No, Evan! —traté de alejarlo mientras reíamos—. Me convenciste.

Dejamos de reír y por un momento me transporte al grass de la cancha de fútbol. Justo al momento en el que caímos después de intentar quitarle la pelota de fútbol, cuándo éramos dos desconocidos haciendo un trabajo de inglés. Lo miré a los ojos y vi lo mismo que ese día, pero más fuerte.

Se acercó a mí y por alguna razón mi respiración vaciló. Cómo la primera vez que me besó. Mi subconsciente pedía a gritos que detuviéramos este momento por una eternidad cuando sus labios rozaron los míos y su olor me envolvió. Me aferré a su cuello y terminamos de juntarnos en un hermoso beso. Un beso de los tantos que no olvidaré jamás. Fue un gesto que delataba un gran gracias, y no sólo por enseñarle matemática, sino por estar aquí, por quererlo, por tratar de entenderlo cada día y sobre todo, por creer en él, en su verdadero él.

Una vida contigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora