Capítulo 43

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No había podido despegar la mirada de la ventanilla de la limosina desde que me había subido en ella. Las visitas que me regalaba la ciudad cubierta de nieve eran maravillosas, pero no era el único motivo que me mantenía ensimismada con el paisaje. Intentaba con todas mis fuerzas distraerme e ignorar los nervios que me provocaban saber que iba rumbo al departamento de Varik.

Había transcurrido dos semanas desde que había arribado a Europa y en el trascurso de esos días había recorrido Suiza, Bélgica, Países Bajos e Irlanda, además de París. Había conocido lugares de ensueño, de esos que solo había visto en fotos hasta el momento. Ni el crudo invierno podía empañar este increíble viaje.

Gracias al generoso regalo de papá, me había dado ciertos lujos que no hubiera podido costear con mi presupuesto inicial. Principalmente, pude acceder a mejores alojamientos, pero también me había dado el gusto de pagar algunas excursiones y entradas a museos e, incluso, había sumado Irlanda a mi recorrido. Estaba más que feliz y satisfecha, éste se estaba convirtiendo en la mejor experiencia de mi vida.

Durante ese tiempo, Varik me había llamado en varias ocasiones. Decía que quería asegurarse de que me encontraba bien, pero en cada llamada aprovechaba para preguntarme cuando vendría a Alemania. Había postergado el momento lo más que pude, convenciéndome de que si lo dejaba para último momento quizás encontraría alguna excusa para evitar venir. Pero lo cierto era que no quería volverme sin conocer Alemania, era uno de los destinos que más ansiaba conocer. Y, aunque me negara a reconocerlo, también quería verlo a él. 

—Señorita, ya estamos por llegar dijo el chofer.

—Muchas gracias.

Me encontraba en esta lujosa limosina, rombo a su departamento, porque a Varik le había surgido una reunión impostergable de último momento. Cuando me llamó para avisarme, hacía un par de horas, me había pedido mil disculpas. Lo había escuchado realmente afectado por no poder venir a recibirme a la terminal de trenes.

En su lugar, me dijo que iba a enviar a su chofer personal, quien me dejaría en su departamento, donde podría esperarlo hasta que él se liberarse de su compromiso. Me aclaró, y recalcó varias veces, que su casa era mi casa y que podía hacer uso de las instalaciones a mi antojo.

Pocos minutos después, el ostentoso vehículo se detuvo frente a un edificio de pocos pisos, a lo sumo tendría 5 o 6, no más. Por fuera, tenía un aspecto antiguo y ese estilo europeo tan característico, pero con tan solo entrar al hall, pude percatarme de lo lujoso que era. El chofer, con mi equipaje en mano, me acompañó hasta el último piso, que al final resultaron ser 5, donde había tan solo dos puertas.

Abrió la puerta de la derecha y me cedió el paso. Entre al espacioso y muy iluminado departamento, era realmente increíble. Predominaban los colores claros, especialmente el blanco, el beige y el gris plata.

—El señor Blaulich me indicó que le hiciera entrega de las llaves y que le recordara que podía sentirse cómoda en su casa hasta que él llegara.

A duras penas pude comprender lo que dijo, su acento era muy marcado.

—Gracias —dije, tomando las llaves.

Éste asintió y se marchó, cerrando la puerta al salir. Me giré sobre mis pies y volví a observar la estancia, la cual distaba mucho de cualquier imagen que hubiera creado en mi mente sobre cómo podría llegar a ser su hogar. Era lujoso, pero no ostentoso. Era masculino, pero a su vez cálido. Estaba ordenado, lo cual seguramente era mérito del personal doméstico, pero era evidente que no era una persona desordenada.

Caminé unos pasos y dejé mi maleta, junto con mi abrigada campera, a un costado del moderno sofá de tres plazas. También había dos sillones individuales que tenían un aspecto más antiguo y cuyo color contrastaba con el del más grande. En el centro, una mesa ratona de vidrio y patas de madera blanca, se encontraba sobre una alfombra de esas peludas que te invitaban a recostarte sobre ella para acurrucarte cual gato.

¿Y si...?  #PGP2020Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora