3 - ¿A dónde me llevan?

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Su estancia en la residencia Rengoku había sido más larga de lo que esperaba. Muy a su pesar.

Se sentía devastada e increíblemente vacía al recordar dolorosamente a Taiki, pero estar viviendo esa época de luto junto a los hermanos Rengoku, sorprendentemente, lo había vuelto muy llevadero.

Gracias a ellos, Fumiko era capaz de levantarse de su cama cada mañana. No con toda la energía que pudiera tener, pero al menos era un avance.

Ellos se esforzaban mucho para consolarla, cobijándola, platicando con ella y dándole de comer. No obstante, no queriendo abusar de su hospitalidad y detestando sentirse como una carga para ellos, el único modo que ella encontró para agradecerles, era ayudando con los deberes de la casa.

Era irónico pero, ya que ella insistía en retribuirles su apoyo, inconscientemente se había dado un propósito a sí misma, logrando animarla día con día.

Después de al menos una semana, ella todavía luchaba contra el pensamiento de quedarse más tiempo, a pesar que sentía un cálido recibimiento y una agradable sensación de pertenencia con ellos. Sin mencionar que ninguno de los dos parecía querer echarla de ahí de todos modos.

Por otro lado... Sólo tenía un problema... Un pequeño conflicto por el mayor de los Rengoku.

No sabía cómo describirlo con exactitud pero, su presencia se había vuelto... Muy importante para ella.

Entre lo cálido, enérgico y atento que se comportaba con ella... Aún le costaba admitirlo pero... Le gustaba tenerlo cerca.

No podía negarlo, de algún modo, él era capaz de avivar un sentimiento muy determinado en ella, uno que la impulsaba a salir adelante, sin importar nada.

Y sí. Sonaba como algo positivo... En verdad era algo positivo y sin embargo... Aquel apego que sentía por él, debía estar mal.

Estaba mal... O al menos, ella se aferraba a creer eso.

Y para coronar la situación con él, sentía una inusual esencia de miedo. No por ella, sino más bien, inseguridad por decirle algo. Era como si él guardara un secreto para sí, uno que quería decirle, pero tenía miedo a hacerlo.

Repetidas veces quiso preguntar de qué se trataba, pero por respeto, no lo hacía. Ella misma tenía miedo a romper esa pequeña confianza que habían creado en tan poco tiempo.

—¡Fumiko-san!—. Se anunció justo la persona en la que estaba pensando. —¡Tengo una nueva misión y temo que tengo que irme!

—¿Ahora?—. Preguntó un poco extrañada. Todavía le costaba entender cómo funcionaba su trabajo como cazador de demonios.

—¡Así es! ¡No sé cuando volveré!—. Explicó enérgico como siempre.

—De acuerdo—. Le respondió suavemente, sintiéndose triste de pronto. No quería que se fuera. —Déjame acompañarte a la salida.

Caminaron juntos en silencio, siendo que Senjuro se les unió en última instancia.

—Por favor, cuídate mucho—. Ella se inclinó lentamente en señal de despedida.

—¡Tú también!—. Más animado que ella, él se inclinó igualmente.

En cuanto Kyojuro era despedido por su hermano menor, Fumiko suspiró, viendo a su tenaz salvador irse por quién sabe cuánto tiempo.

Con el menor de los Rengoku a su lado, ambos regresaron a la casa. De pronto, todo el agotamiento causado por la tristeza le regresaron de golpe.

—Senjuro-kun, si no te molesta, me gustaría dormir un poco más—. Confesó ella, tallándose los ojos pesadamente.

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