48 - Es mi turno de enseñar

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—¡Hola a todos! ¡Sean bienvenidos a la residencia Rengoku!—. Anunció Fumiko justo después de abrir la pequeña puerta del jardín. —¡Pasen directamente al dojo, por favor!—. Ordenó, tratando de sonar lo más dulce posible.

En cuanto iba recibiendo uno por uno a los nuevos cazadores que iban entrando, ella sostenía sus manos detrás de su espalda y mantenía una sonrisa ansiosa. En respuesta, algunos agachaban la cabeza en saludo, otros pasaban en silencio y otros le devolvían el gesto igual de animados. Incluso hubo algunos que le dedicaron una mirada particularmente coqueta y otros cuantos que la subestimaban.

Estaba sorprendida por la poca diferencia de edades de todos ellos y sobre todo por la abundancia de hombres. Había varios chicos de entre 14 y 16 años, algunos que probablemente eran de su edad y no muchos mayores de ese rango.

Al menos, gracias a la pequeña demostración que había hecho con Mitsuri tiempo atrás, Fumiko ya reconocía la esencia de varios, al igual que muchos de ellos ya la conocían.

Después de haber esperado casi durante dos semanas y media para poder comenzar su nuevo rol como mentora, Fumiko se sentía completamente emocionada. Inhalaba y exhalaba para calmarse, expectante del porvenir de sus enseñanzas.

En lo único que pensaba, era lo mucho que deseaba que Kyojuro estuviera a su lado. Juntos harían relucir a toda esa generación.

Y de pronto, para aumentar más su alegría, divisó la amigable cara de cierto cazador.

—¡Fumiko-san!—. Agitando la mano de lado a lado, el tierno Tanjiro la saludó con la sonrisa más brillante que solo él podía regalar.

—Ah, Kamado-san, ¡me da mucho gusto volverte a ver!—. Respondió, dándole una rápida palmada en el hombro en lo que él avanzaba.

Aunque en cuanto dijo esas palabras, medio mundo de cazadores exhalaron con fuerza. La esencia de envidia y fastidio era abrumadora.

—¿Y eso?—. Preguntó la chica en un susurro, hablándose más a ella misma que preguntando en sí.

—Nuestra mami es la consentida de todos los Pilares—. Respondió uno de los chicos que la habían escuchado. —Nos tiene hartos.

—¿Nuestra qué?—. Repitió Fumiko en verdadera confusión.

—Así apodaron a Tanjiro—. Rodando los ojos, Zenitsu por fin se hizo presente en la fila. —Mami.

—Agatsuma-san, hola—. Saludó, sin quitar su cara de desconcierto. —Oh, Hashibira-san, un gusto verte de nuevo—. Dijo al ver pasar la clásica máscara de jabalí del cazador.

En lo que Inosuke alzaba una mano en una especie de saludo desinteresado, Zenitsu se posicionó a un lado de la Pilar para no estorbar al resto de muchachos que faltaban por ingresar.

—Fumiko-san... Quiero decir, Fumiko-sensei—. Llamó el peli-amarillo con algo de vergüenza. —¿Por qué nos está recibiendo por la parte trasera de su casa?

Por una parte, una pequeña flecha de ternura le atravesó el corazón al oír el nuevo honorario, pero por otra, la pregunta le enrojeció el rostro.

—Técnicamente hablando, no tengo permiso para que ingresen por la entrada principal—. Explicó ella en voz baja, discretamente sobándose un brazo apenada.

La cara de Zenitsu lo demostraba todo. ¿En serio ella no tenía permiso siendo un Pilar?

—Pero bueno—. Se aclaró la garganta incómoda, poniendo una mano en el hombro del chico. —¿Vamos?—. Le señaló el camino, ya que al parecer ya no faltaba nadie más.

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