38 - Calma que viene

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—Senjuro-kun, tengo la sensación que te estás durmiendo—. Se burló ella con ternura, viendo como su cuerpo se estaba relajando.

—Sí...—. Confesó ya adormilado.

Y aunque estuviera riendo, Fumiko no paró de masajear la espalda del menor.

En ese momento, el muchacho estaba boca abajo, apoyando su mejilla sobre sus brazos cruzados y ella estaba a su lado, sosteniendo su sien con su puño cerrado.

Se encontraban solo ellos dos, ya que el patriarca se había ido con Kyojuro para comprar ropa y en cuanto los esperaban, ambos estaban recostados en el futón que ella compartía con el demonio, disfrutando de su último día en la Aldea de los herreros.

Aunque los tres días de su entrenamiento con Muichiro habían pasado volando, todo había sido muy fructuoso para el repertorio de su técnica y sobre todo, el tiempo de calidad con los Rengoku.

Y ahora que estaban solos, Fumiko aprovechó para conversar con Senjuro... O al menos intentarlo.

—¿Estás contento?—. Le preguntó ella, repasando con suavidad los omoplatos del chico.

—Ujum—. Afirmó soñoliento, aunque Fumiko pudo deducir que él estaba sonriendo.

—¿Cuál ha sido tu momento favorito hasta ahora?

—Mmmm—. Balbuceó, dando a entender que estaba pensando su respuesta. —Cuando hablamos de mi madre.

—¿Ah sí?—. La chica sintió su corazón calentarse con la respuesta. —¿Por qué?

Senjuro levantó ligeramente su cabeza para cambiar la mejilla que estaba apoyada en sus brazos y así poder ver a la chica.

—Mi padre nunca había hablado de ella conmigo—. Respondió en un tono de melancolía. —Me gustó saber un poco más de ella.

Fumiko trasladó su mano hasta la cara del menor, tomando el mechón de cabello que siempre decoraba su rostro para juguetear con él.

—A mi también—. Ella sonrió cuando vio al chico sonrojándose por la corriente de cosquillas que le surgieron.

Por un momento, la sonrisa de Senjuro se disminuyó y Fumiko se desconcertó cuando detectó una esencia de miedo en él.

—¿Senjuro?—. Ella acopló su mano sobre su mejilla con angustia. —¿Estás bien?

—Sí—. Mintió, antes de morder su labio inferior en señal de arrepentimiento. —No, en realidad no.

—¿Qué pasa? Dime—. Insistió ella, separando su mano de su rostro para prestarle más atención.

—Es que...—. Él miró a otro lado antes de continuar. —Hablando de familia...

Ah. Ella relajó su semblante con alivio mientras abría la mano sobre la que estaba apoyada para sostener gran parte de su cara.

—Qué... ¿Qué hay de tu familia?—. Le preguntó él, apretando un poco sus brazos por la vergüenza que estaba experimentando. —Tú tampoco los mencionas mucho.

Fumiko sonrió suavemente en cuanto regresaba su mano a la espalda de Senjuro en un intento de calmarlo.

—¿Qué quieres saber de mi familia?

—Todavía...—. Se aclaró la garganta nerviosamente. —¿Los estás esperando?—. Aún con el cariño que estaba recibiendo, la chica podía sentir lo agitado que estaba el corazón del menor.

—Ujum—. Afirmó la cazadora mientras se enfocaba en su tarea.

Senjuro tragó saliva mientras apoyaba su mentón en sus brazos para mirar al suelo. —¿Y no crees que sería mejor ir a buscarlos?

Ella resonó una pequeña risa apagada. —En realidad, querido Senjuro, nunca los he dejado de buscar—. Confesó en un suspiro.

El muchacho volvió a girar su cabeza para fijarse en la cara de la chica.

—Cada vez que me mandan a alguna misión, uno de mis objetivos es ese, encontrarlos—. Ya que la atención del menor regresó a ella, nuevamente acercó su mano a su cara, esta vez acariciando su mejilla.

De algún modo, a pesar de estar recibiendo tantos mimos, Senjuro no quitaba su cara angustiada.

—Y si los encontraras... ¿Te irías con ellos?

Por un segundo, la preocupación de antes le regresó de golpe cuando sintió la esencia de temor crecer en él. Sin embargo, de inmediato supo que su respuesta iba a hacer que él se relajara de una vez por todas.

—No—. Respondió simplemente. —Los traería conmigo.

Dicho y hecho, el menor finalmente derritió su miedo en asombro.

—Cuando tu hermano vuelva a ser un humano, yo me casaré con él y ambos uniremos a nuestras familias—. Ella se levantó lo suficiente para acercarse y así depositarle un beso en la frente. —No hay poder en esta Tierra que me separe de ti Senjuro. No tienes nada de que temer.

Él apretó los labios en cuanto un par de lágrimas se formaban en sus ojos. Se notaba el profundo agradecimiento que sintió con sus palabras.

Fumiko volvió a recostarse en el futón, esta vez boca arriba para poder mirar el techo.

Después de un rato de no decir nada, ambos estaban a punto de quedarse dormidos hasta que la puerta de la habitación se deslizó.

—Llegamos—. Anunció el patriarca.

—Hola—. Fumiko extendió sus brazos al cielo mientras abría y cerraba sus manos, indirectamente pidiéndole al demonio acercarse con ella.

Obedientemente, Kyojuro se acurrucó entre su hermano y su prometida después de haber dejado un par de bolsas de papel en el suelo.

—No se pongan tan cómodos, vamos ir a cenar—. Exclamó el patriarca, igualmente dejando las compras.

Fumiko fue la primera en levantarse de su lugar.

—Ay, sí. Tengo hambre.

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—Fumiko-chan, ¡prueba esto!—. Con una cara sorprendida, Senjuro le extendió su plato.

Y ella le aceptó el ofrecimiento gustosa. —¡Sabroso!

Kyojuro rió bajo su mordaza al oírla y ella también acompañó las risas.

En comparación a otras veces, el demonio no estaba abrazando a su prometida, sino que él tenía su espalda recargada contra la de ella, ambos apoyándose para darse comodidad. Entonces, cuando él se había reído, Fumiko pudo sentir el vibrar del sonido de su voz.

—Ay, no puede ser que ya se haya acabado la semana—. Se quejó la cazadora decepcionada después de haber terminado el bocado que Senjuro le había ofrecido. —Se me pasó muy rápido el tiempo.

—Cuando te diviertes, así sucede—. Aunque el menor también compartía el sentimiento, su sonrisa no disminuyó en lo más mínimo.

—¿Qué hay de usted, Rengoku-sama? ¿Se divirtió?

—Meh. No puedo quejarme—. Así como estaba acostumbrado, Shinjuro tenía los ojos cerrados mientras saboreaba su cena.

Fumiko volvió a reír cuando detectó que en su esencia había felicidad causada por felicidad. Es decir, le daba gusto ver a sus hijos contentos.

—Ojalá surja otra oportunidad así en el-

El cuerpo de la cazadora se tensó al instante. De golpe, abrió los ojos al sentir que algo venía.

—¿Fumiko-chan?—. Senjuro le preguntó preocupado cuando le vio la cara pálida. —¿Qué pa-

—¡AGÁCHENSE!—. Por instinto, ella se abalanzó sobre el menor, protegiéndolo con su cuerpo.

Casi enseguida, todos los que estaban presentes la obedecieron y en un instante, el fuerte soplar derrumbó la mayor parte del techo.

Frente a ellos, un gigantesco pescado deforme comenzó a escalar y parecía estar preparando un segundo soplido.

Ay no.

El calor de tu sonrisaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora