Capítulo XXXIV

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MARATÓN 2/2

Alexander

Dos masas, una liviana y otra un poco más pesada caen encima de mi abdomen, sacándome del precioso sueño en donde conducía un Bugatti Centodieci junto a Barack Obama.
 
—¡Arriba! —grita una voz chillona sobre mi oído.
 
—Evie, no lo pongas de mal humor que nos echará a patadas de su habitación —la regaña el otro ente.
 
—Y más vale que salgan en cinco segundos a menos que quiera que comience a lanzar almohadas —murmuro aún con los ojos cerrados.
 
Hay un movimiento en mi cama. Lo único en lo que puedo pensar ahora es en ahogar a mis hermanas con las sábanas.
 
—Si salimos no podríamos desearte un feliz cumpleaños, hermano mayor. —Los brazos de Allison se enroscan al rededor de mi cintura—. Feliz cumpleaños.
 
Loca número tres se coloca del otro lado de mi cuerpo para imitar la acción de la anterior. —Te queremos mucho, mucho, mucho.
 
Así me queje o simule que me moleste, tengo que admitirlo, amo que mis niñas favoritas vengan a despertarme el día de mi cumpleaños.
 
—Yo también las quiero, dolores de cabeza. —Disfrutamos del momento por unos segundos en completo silencio—. ¿Y qué me regalarán? Porque más les vale que tengan algo para mí.
 
—Nuestro amor eterno e incondicional, eso ya tendría que bastarte —bromea la mayor.
 
Entrecierro los ojos en su dirección, este es un juego que se puede jugar de a dos.
 
—Muy graciosa, Allison ¿Por qué mejor no me devuelves el brazalete que te di el año pasado? Digo, porque con mi amor tendría que bastarte.
 
Me muevo para quedar sentado sobre la cama con la espalda recostada en el respaldo, con las niñas todavía aferradas a mí.
 
—Ya, ya. Aquí está, pero no te esponjes. —Toma de los pies de la cama una cajita roja con un moño dorado y lo coloca sobre mis manos—. Esperamos que te guste, es solo un pequeño presente.
 
—Allison me hizo caminan por mucho tiempo hasta encontrarlo —se queja loca número tres—, más te vale que te agrade, o al menos puedes hacer como que sí.
 
Al tirar de la cinta de oro y abrir la tapa, me encuentro con un collar perfectamente acomodado. Tiene como protagonista a un dije en forma de balón de fútbol, con el número de mi camiseta en pequeño.
 
—Hay un detalle detrás.
 
Lo volteo y Allison tiene razón, del otro lado están las iniciales 'A & E &'. Pareciera incompleto.
 
—Al parecer te diste cuenta —canturrea divertida—, pues ahí puedes ponerle la letra que tú quieras, una L por mamá o...
 
—¿O una M de Madison? —Arqueo una ceja en su dirección.
 
—Que conste que tú lo dijiste, no yo —sonríe con los ojos bien abiertos.
 
—No empieces con tus delirios de casamentera. —Saco mi regalo del empaque para colgármelo en el cuello—. Gracias, chicas, es hermoso.
 
—Ajá sí, como digas. ¿Cierta personita no te habló para felicitarte ya?
 
—Allison... —advierto.
 
Levanta las manos en señal de rendición, esta niña es imposible. —Solo preguntaba.
 
Aunque a decir verdad, no lo hizo. Creo que es principalmente porque nunca le comenté la fecha de mi cumpleaños, pero se tendría que haber enterado por alguno de los chicos ¿O sí?
 
Es sábado, así que de seguro ella está en la oficina trabajando, tal vez está ocupada en alguna reunión y no tuvo el tiempo de llamarme o escribirme un mensaje de texto.
 
«¿Y si se olvidó?»
 
No lo creo, es imposible, ¿no es verdad?
 
«Entonces no le dio importancia»
 
Nah, mi Bambi no es así, mucho menos conmigo.
 
—Vamos, papá te hizo un desayuno que tiene una pinta deliciosa y no nos dejó probar ni un solo bocado. —La menor tira de mí sacándome de mis pensamientos—. Quiero tarta.
 
—¡Evie! Se supone que era una sorpresa. —reprende su hermana—. Alex, cualquier cosa no escuchaste nada. Papá está desde las seis de la mañana haciéndote ese pastel.
 
—Hecho.
 
Bajamos los tres hasta el primer piso, en donde mamá y papá hablan de no sé qué en la cocina. La primera al vernos se me tira encima para abrazarme.
 
—¡Feliz cumpleaños! Por Dios, estás tan grande, y precioso. Tengo un hijo grande y precioso. —Permito que zarandee mi cara de un lado a otro tomando mis mejillas—. Te amo, mi niño hermoso.
 
—Yo también te amo, mamá. Pero estás mareándome, párale ya.
 
—Sí, sí, lo siento. —Tira de mi brazo hasta los taburetes de la isla—. Tenemos un regalo para ti.
 
Papá desaparece por unos segundos para volver con un sobre entre las manos.
 
—Aquí tienes, hijo, feliz cumpleaños.
 
—Gracias. —Abro lo que me entregó—. No puede ser verdad.
 
Mi cerebro acaba de reiniciarse. Son unas entradas para ver el Super Bowl en primera fila ¡La primera fila!
 
—Son los mejores padres del universo, ¿lo sabían? —Me levanto a abrazar a cada uno de los dos con fuerza.
 
—No hay qué agradecer, Alexander, te mereces esto y mucho más. —Mamá acaricia mi mejilla con los ojos cristalizados—. Bueno basta que terminaré por llorar. Vamos todos a la mesa, el cumpleañero merece un desayuno digno de campeones.
 
El día pasa relativamente rápido, varios amigos de la familia se encargaron de llamarme para felicitarme, y decirme lo grande que estoy. Cabe recalcar que no conocía ni de nombre a la mitad de esas personas.
 
Mis amigos también pasaron a saludar, cuando abrí la puerta principal pude ver a Luke y Chris subidos a unas escaleras tomando cada uno un extremo de un cartel enorme que decía en letras rojas:  ¡Felis  cumpleaños Alex!
 
Sí, con una palabra mal escrita y todo, pero lo que cuenta es la intención.
 
~
—Apuesto lo que sea a que lo escribió el idiota de Christian. —Me recuesto en el marco de la puerta divertido.
 
Veo bajar al dúo dinámico de las escaleras. No me pregunten cómo, pero el rubio se enreda el pie con el cartel y cae.
Y Luke en vez de soltar la tela como lo haría una persona normal, se aferra aún más a ella. Creo que saben lo que pasó después.
 
Una sonora carcajada brota desde el fondo de mi garganta, mientras que Sammi los ayuda a levantarse negando con la cabeza.
 
—Ese ha sido el mejor regalo de cumpleaños que me han dado en toda mi vida, chicos. Gracias.
 
Luke golpea la nuca de su amigo enfadado. —¿Eres idiota, Christian?
 
—Idiota serás tú, que quisiste caer conmigo.
 
—Tiene razón, Luke. ¿Cómo se te ocurre tomar la pancarta con más fuerza? —apoyo al otro
 
—Oh vete al demonio, te desdeseo un feliz cumpleaños.
~
 
En la tarde fui a molestar un poco a Viviana en su puesto de trabajo.
Ella no tenía ni idea de mi cumpleaños, por eso cuando se enteró, además de sentirse culpable, me regaló un delicioso cono de vainilla.
 
—No puedo creer que no me lo hayas dicho —se queja—, sé que mi salario no puede comprarte algo tan costoso como tu nueva decoración del cuello, pero pude haber hecho algo más tierno que un triste helado.
 
Toco el dije que mis chicas me regalaron esta mañana. —Fue de mis hermanas. Trae sus iniciales grabadas y el número de mi camiseta de fútbol. —Le enseño los dijes.
 
—Hasta una niña que no pasa los doce años puede comprarte algo que debe haberle costado miles de dólares —bufa limpiando la máquina de helados.
 
—Si te hace sentir mejor, el helado de vainilla es mi sabor preferido —sonrío mientras limpio con una servilleta las gotas que cayeron sobre mis dedos—. Además, no le dije ni a la mitad de mis amigos. Algunos todavía no me han saludado.
 
Como mi Bambi, por ejemplo. Ya son pasadas las cinco de la tarde y todavía no hubo ningún mensaje de ella, ¿pueden creerlo?
 
«Pues no le comentaste, imbécil»
 
Cierra el pico.
 
—Eres un idiota. —Deja de ponerme atención cuando una pareja se acerca al puesto—. Buenas tardes.
 
Mientras toma el pedido de sus clientes, me distraigo observando los no tan pequeños detalles que no son iguales en ella.
Su estilo de ropa cambió drásticamente, ya no son medias de red negras y botas desgastadas, ahora usa pantalones ajustados y zapatillas blancas.
 
En definitiva es una chica mucho más atractiva que antes, sus rasgos se lucen mucho más si no tienen cosas oscuras encima.
 
—Muchas gracias. —Salgo de mi sueño—. ¿Qué te ocurre?
 
—Nada, solo te observaba —las mejillas se le tornan coloradas de inmediato—, tu estilo cambió mucho.
 
—¿Te gusta? —Asiento despreocupado con un sonido nasal—. No suenas muy convencido.
 
Desde que la conozco ha sido bastante misteriosa con su vida privada. De hecho no conozco casi nada de ella, por lo que no puedo deducir por qué es tan insegura con ella misma.
 
—De verdad, te queda bien, solo que no estoy acostumbrado a verte así —vuelvo a asegurar.
 
El cono se empieza a derretir por el calor, manchando todos mis dedos. Esto no me pasaría en New York, sin duda el frío de la ciudad no permitiría que esto ocurra.
 
—Tendría que volver a mi antiguo estilo, ¿no crees? —pregunta dándome más servilletas para limpiarme.
 
—Yo creo que tienes que hacer las cosas porque tú lo quieres, no porque otros te lo digan. —Una notificación hace que mi celular vibre en el bolsillo trasero de mi pantalón, al ver el mensaje, mis comisuras tiran hacia arriba.
 
—¿Quién es?
 
—Madison —contesto sin mirarla—, quiere que vaya al hotel a verla.
 
Tal vez se haya enterado de mi cumpleaños y quiera felicitarme.
 
«Que no se note tanto tu entusiasmo. Y no lo digo de forma sarcástica»
 
No estoy emocionado.
 
«Ajá, dile eso a tu corazón acelerado»
 
—¿Irás? —pregunta dándome la espalda para tomar no sé que cosa en una de las gavetas.
 
—Claro que iré. —Las palabras salen antes de filtrarlas—. Es decir... sí, tal vez necesite ayuda en algo.
 
—Pues ve, no la hagas esperar. —Suelta sobre la mesada el pack de botellas de agua con más fuerza de la necesaria—. Te veo luego.
 
—Claro, nos vemos, Viviana. —Guardo mi celular en el bolsillo—. Gracias por mi regalo de cumpleaños.
 
—Ajá, sí —murmura para ella sola, pero logro escucharla.
 
Conduzco con el ánimo corriendo mis venas, un simple mensaje de mi Bambi me pone como idiota embobado. Ni siquiera la música de One Direction que la radio reproduce logra sacarme la sonrisa boba del rostro.
 
—Señor Baker, un placer verlo. —El valet parking toma las llaves de mi auto cuando bajo frente al gran edificio.
 
Asiento con la cabeza a modo de saludo antes de alejarme.
 
Subo hasta el piso de oficinas, en el camino me encuentro con Cristina, que me saluda alegremente por mi cumpleaños. Se parece a mi madre, puesto que ella también me abraza y pellizca las mejillas.
 
Entro a su oficina sin tocar antes. Está al teléfono parada frente al ventanal.
 
—Signor Leone... hai vinto tu, sì sono un po' innamorato... oggi è il tuo compleanno infatti...
 
¿Ya les mencioné lo mucho que me prende escucharla hablar en italiano? De verdad, puede estar insultando a la comida gourmet y yo le diré que estoy de acuerdo.
 
—Oh, è qui, ci vediamo dopo, Leone... sì, ti prometto di dirti se succede qualcosa... ciao.
 
Corta la llamada y se acerca dejando el teléfono sobre el escritorio. La forma en la que sus caderas se menean me trae loco, tanto que quiero desnudarla y hacerla mía aquí mismo.
 
—¿Qué dices? Es linda, ¿no? —Me hace observar cada parte de la habitación.
 
Predominan los colores claros; los tonos de blanco y gris logran resaltar mucho más con el color madera del suelo. El escritorio se encuentra frente a los enormes ventanales de quince metros que tocan el techo y el piso, la vista debe ser hermosa cuando el sol se pone.
 
—Es muy tú —admito.
 
—Entonces sé que te encanta. —Guiña un ojo coqueta en mi dirección.
 
—¿Vine hasta aquí solo para que me recuerdes lo mucho que me encantas?
 
—No. —Enreda los brazos al rededor de mi cintura y apoya la barbilla sobre mi pecho mirándome.
 
La diferencia de altura es bastante, le saco más de veinte centímetros. No nos complica mucho la existencia, de hecho es cómoda para ciertas... cosas.
 
—También quiero decirte algo. —Su cara me recuerda a la de una niña pequeña que acaba de hacer alguna travesura.
 
Sabía que no podría no enterarse, es Madison Fox, de alguna forma logra saber todo de todos.
 
Además, mi mamá es una chismosa que se lo comentó a Cristina, y ella a mi Bambi.
 
—Necesito ayuda con el vestido que usaré en la fiesta de Gianluca Vacchi en unos días. Estoy entre algo casual pero elegante, o algo formal con toques casuales.
 
Mi burbuja de la felicidad se rompió en un trillón de pedazos, de verdad creí que lo sabía. Al parecer no. Lo que me extraña es que su madre lo supiera pero ella no.
 
—¿Piojo? ¿Está todo bien? —Se pone en puntilla en busca de mi mandíbula para besarla repetidas veces hasta cansarse—. ¿Pasó algo o...?
 
—Estoy bien, solo me distraje un poco ¿Qué me decías? —sonrío leve.
 
Tampoco es su culpa, yo nunca le dije nada. Pero, ¿ahora cómo se supone que lo hago?
 
«No lo haces y punto»
 
Es verdad, mejor no generar una situación incómoda.
 
—¿Me acompañas con mi modista a ver qué diablos voy a ponerme?
 
—Claro que sí, Bambi —dejo un pequeño beso en su frente que la hace sonreír—, vamos.
 
En el viaje me quedo callado la mayor parte del tiempo, mientras que ella habla de no sé qué cosas. Me siento mal por no prestarle atención, pero estoy perdido en mis pensamientos.
 
Una parte de mí todavía me recrimina el no comentarle sobre hoy, acabo de perderme montones de sexo como regalo de cumpleaños.
 
«Idiota, idiota, idiota»
 
No me lo recuerdes.

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