Capítulo XX

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Madison
—¡Se acabó! —La cólera invade mi torrente sanguíneo provocando que me levante del sofá de un salto—. ¡A la terraza, Rebecah! ¡Ahora!
 
—Ni lo sueñes... —No estoy de humor para estas escenas de diva malcriada, si digo te levantas es te levantas y punto. La agarro con fuerza del brazo enterrando mis uñas en su piel, que suerte que me las hice el viernes—. ¡Me lastimas!
 
«Lo agrego a las cosas que me importan muy poco»
 
—¡Que pena!
 
Camino hacia afuera con la furia quemando mi piel, sé que no debo ponerme así, pero me es imposible no hacerlo cuando esta mujer está en mi radar.
 
—¡No puedes tratarme así! —se queja una vez nos encontramos solas—. ¡Soy tu abuela, Madison!
 
«Respira...»
 
—Y yo soy Mikey Mouse —ironizo mientras apoyo todo mi peso sobre el barandal, de espaldas a este—. No me jodas, Rebecah.
 
—¡Me respetas que no estás hablando con una prostituta!
 
«Llamarla prostituta sería un insulto muy feo hacia mujeres que trabajan de manera limpia»
 
Aunque ella esté ladrando casi que en mi cara, yo me mantengo tranquila. No necesito enloquecer y gritarle para demostrar mi superioridad ante ella, no lo vale.
 
—Ahora vete antes que te saque a la fuerza, seguridad ya viene por ti.
 
—No sin que me escuches primero. Tu padre...
 
La interrumpo antes de que diga cualquier estupidez. —Ese engendro roñoso que tienes como hijo no es mi padre, que te quede claro.
 
Vuelve a estallar del enojo. —¡Es tu padre te guste o no! ¡La zorra de tu madre se acostó con él así que te ag....!
 
«Se le acabó el tiempo de dominante»
 
—Mucho cuidado con lo que dices de ella. —Endurezco la voz—. Si aprecias tu vida vas a comenzar a filtrar las palabras en tu pequeño cerebro de pez antes de sacarlas por tus labios mal hechos ¿Está claro?
 
Le permito que me grite, me insulte, me haga dramas y provoque escenas vergonzosas frente a otros. Pero si hay algo que hace que me salga de mis casillas y explote, es que hable mal de mis padres, que los amenace, o los lastime.
 
—Necesito dinero y tú vas a dármelo.
 
Intenta sonar decidida, pero sabe que conmigo no se juega, especialmente cuando estoy enojada.
 
Niego sin importarme lo que vaya a decir y la invito a retirarse por sí misma. Me doy media vuelta sobre mi misma para apoyar mis brazos en la protección de la terraza.
 
Admiro la preciosa vista que posee este edificio, las otras construcciones se ven minúsculas comparadas con esta; el sol mañanero me calienta la cara y cierro los ojos dejando que el calor me invada y medito si es buena o mala idea arrojar a la que dice ser mi abuela por aquí.
 
—Sabes que tengo con qué extorsionarte, Madison, no me costaría nada ir a la prensa a hablar de todo lo que provocaste. —canturrea acercándose a mí. Parece la bruja malvada de una película—. Serías noticia internacional, "Madison Fox y su trauma infantil".
 
—En ese título te falta "... provocado por su donador de esperma, Nathaniel Dallas"
 
—Tal vez, pero él ya cumplió su condena. En cambio tu vida recién empieza, estás adentrándote en el negocio familiar... Sería una pena echar a perder todo tu futuro solo por un capricho.
 
«Mátala»
 
Te amo, conciencia.
 
—Escúchame bien, imitación barata de Kris Jenner. —Me le acerco amenazante. La miro cono una leona mira a su presa, como el villano mira al héroe cuando va ganando, y como una Fox mira a quien se cruza en su camino—. A mí no me vienes a amenazar con excusas baratas porque tienes todas a perder. —Da un paso hacia atrás y yo doy uno hacia adelante, impidiendo el distanciamiento entre nosotras—. Tardo cinco segundos en tomar mi teléfono y llamar a mi abogado para que te ponga una orden de alejamiento, eso destruiría tu intento de ser guía turística en la zona ¿No crees?
 
Puedo escuchar los latidos de su corazón que amenaza con salirse de su pecho, o tal vez es el mío, no lo sé.
 
—Y me tardo otros cinco en informarle a todas las familias de clase alta del país tus intenciones con los viejos moribundos. No juegues con fuego si tienes miedo a quemarte, mucho menos si juegas con quien es temida por el mismísimo diablo. Me cuesta muy poco y tengo muchas ganas de arruinar tu patética y asquerosa vida.
 
—Es tu padre, Madison, necesita ayuda —habla casi en un susurro, pareciera que tiene mido de enfadarme de nuevo—. Tus hermanas, ellas también...
 
—Pues pídesela a su esposa, tiene sus dos hermosas manos para salir a buscar un empleo. Tú estás en las mismas condiciones, si ser la zorra de un anciano no lucra bien... Puedes comenzar a trabajar en un bar.
 
—Que poca vergüenza tienes, él te dio tanto...
 
—Traumas fue lo único que me dejó. Y poca vergüenza tendrás tú, con qué cara vienes a pedirme dinero para las drogas del imbécil que me vendió, que vendió mi virginidad a un tipo por cuatro millones de dólares. —Me esfuerzo mucho para que no se me corte la voz—. ¿Con qué cara vienes aquí a amenazarme cuando tú viste en primera fila lo que sufrí en el hospital?, fueron tres meses en donde estaba sobre un hilo entre la vida y la muerte. ¿Quieres apoyarlo, defenderlo, cuidarlo?, no me importa, haz lo que tú quieras. Pero no me vengas a molestar a mí.
 
Veo por el rabillo del ojo que seguridad llegó. Por fin, no creo que pueda mantener mi muro levantado por mucho tiempo más.
 
—Fuera de aquí y fuera de mi vida, Rebecah.
 
Esta vez no la saco, me importa muy poco si quiere salir o no, de todas formas se la llevarán.
 
Cuando entro a donde estaba antes todo es mucho más difícil. Mi madre está en shock con Luz intentando consolarla, el resto de los Baker no sabe donde meterse, excepto Evie, parece que no se enteró de nada. Mi padre está con seguridad cerca de la puerta.
 
Ese sentimiento de pánico me invade, me siento observada, encerrada, como hace diez años.
Necesito salir de aquí lo más pronto posible o me desmoronaré, y eso es algo que no podré hacer con compañía.
 
Me dirijo a la puerta, pero freno en seco. —Si intentas acercarte de nuevo a mi familia, a aparecerte por aquí  como lo hiciste hoy, o si siquiera piensas hablarle de la misma forma a mi padre teniendo conocimiento de todo lo que hizo tu hijo, vas a arrepentirme mucho Rebecah. Y sabes que yo no hablo en broma.
 
Justo antes que llegue a la bendita puerta, mi padre me toma de una forma tan suave del brazo que apenas puedo sentirlo.
 
—Despacio, no es momento para que corras.
 
Sabe que lo primero que haré es conducir, y que con esta furia parecerá que tengo un ladrillo pisando el acelerador.
 
Se me hizo una eternidad para que el valet parking me diera mi auto, pero una vez en él salí rápidamente del lugar. No aceleré a fondo por el miedo de llegar muy lejos, pero no me contuve de ir rápido, tal vez ochenta kilómetros por hora.
 
Llego a mi casa, creo que es más que obvio lo que voy a hacer.
 
—Señorita Madison, qué...
 
—Ahora no Clarisse, no me molestes. —Subo las escaleras hasta el tercer piso, a mi refugio en este tipo de casos.
 
Lanzo mis cosas al sofá, me quito los zapatos y mis pendientes para no arrancarme el lóbulo de mi oreja o partirme un pie.
 
Busco una canción aleatoria. Tanta es mi suerte que termina siendo Beliver, de Imagine Dragons.
Suelto todo, bailo con fuerza, con enojo. En cada salto, giro o truco saco un poco de estrés, me voy relajando poco a poco.
La música comienza a hacer su efecto mágico en mí, porque cuando la canción acaba ni siquiera puedo recordar el por qué de mi frustración.
 
Me lanzo al suelo para poder recuperar todo el oxígeno que perdí, creo que necesito un respirador o un par nuevo de pulmones. Algo húmedo y frío se posa en mi mejilla y viaja hasta mis ojos y frente.
 
Acaricio sus orejas cuando recuesta su cabeza en mi pecho.
Venus siempre fue mi medicina, en estos últimos cinco años a su lado me dio tanto amor y contención en mis peores momentos que no puedo imaginar mi vida sin ella.
 
~
—¡Madi! ¿Dónde estás cariño?
 
—¡En la cocina! ¿Ahora qué debo hacer?
 
—In italiano, per favore
 
—Bieen. Cosa devo fare adesso?
 
—Ora mettiamo la pasta nel sugo. E aggiungere un po' di acqua di cottura.
 
Mi nana me ayuda a revolver la pasta para no quemarme.
 
—Hija. —Mamá entra a la cocina con papá, lleva una caja en sus manos—. Te tenemos una sorpresa.
 
Suena muy emocionada.
 
—¿Qué es?
 
—Vamos a la sala de estar y lo sabrás. —Me toma de la mano y caminamos hasta allí—. Muy bien, cierra los ojos.
 
—Cuanto misterio, papá.
 
—Tú hazlo. —Me siento en el sofá y hago lo que me pide—. ¿Tienes la cámara, Cristina?
 
—Listo. Muy bien Madi, ¿Qué es lo que siempre has querido?
 
—¿Un castillo? —enarco una ceja divertida—, ¡un caballo multicolor!
 
—¡Hablo en serio! —reímos los tres—, ¿Qué es lo que siempre has querido, y es posible de conseguir?
 
Mi cerebro se ilumina y la emoción me invade.
 
—Mentira ¿De verdad? ¡No lo puedo creer! —Me colocan algo peludito en mis piernas—. ¡Santo cielo, es de verdad!
 
Abro mis ojos y un golden  retriver color chocolate me mira con la lengua de fuera. —Hola, chiquitín.
 
—Es hembra, y necesita un nombre.
 
La miro por unos segundos directamente a los ojos, como si buscase algo en ellos.
 
—Venus, ese será su nombre.
~
 
Vuelvo a la realidad cuando mi teléfono suena.
 
—¿Me lo traes?
 
Me mira como diciendo, ni lo sueñes y se acurruca a la altura de mis costillas. ¿Mejor amigo del hombre? No lo creo. Camino hasta el sofá y tomo mi celular, es mi padre.
 
—Estoy viva, tranquilo.
 
—¿Dónde estás?
 
—¿Dónde crees?
 
En casa. —Produzco un sonido de asentimiento—. Muy bien, estamos yendo para allá. Cancelamos la reunión con los alemanes. Tu madre sigue afectada. Gracias de hecho, por lo que hiciste.
 
—No hay de qué. Presiento que no va a acercarse a nosotros por un tiempo, al menos hasta que termine de restaurar su dignidad.
 
—Muy bien. Madi...
 
—No corrí, tranquilo. Dile a mamá que la amo.
 
—Muy bien, llegaremos en unos minutos. Te amo, hija.
 
«No llores»
 
—Y yo, papá. —Muerdo mi nudillo para que no se me corte la voz—. Te amo muchísimo—. Cuelgo.
 
La angustia me invade, todo se acumula. Las imágenes se reproducen en mi cabeza una y otra vez sin tiempo a dejarme pensar. Mi garganta se cierra, mi pecho se contrae y las lágrimas corren.
 
No es un ataque de pánico, lo sé porque todavía puedo respirar y Venus solo se acostó sobre mis piernas. Fue entrenada de cachorra para pedir ayuda si me da un episodio.
 
«Relájate, Madison, tú puedes»
 
Doy grandes bocanadas de aire para calmar mi ritmo cardíaco con los ojos cerrados.
 
«Eso es... respira...»
 
Pestañeo varias veces para dispersar los restos de lágrimas que quedan. Listo, ya estoy bien.
 
Me levanto del sofá y bajo a la cocina. No me vendría mal un té de rosas, y a mi madre tampoco.
 
Me encuentro con Clarisse en la cocina guardando unos platos del lavavajillas en la alacena. Le pido lo que deseo, y solo se limita a asentir en silencio.
 
~
—Señorita Madison qué...
 
—Ahora no Clarisse, no me molestes.
~
 
Oh dios.
 
«Eres una idiota Madison»
 
No me hagas sentir peor.
 
«Pues discúlpate»
 
No puedo si hablo contigo, conciencia tonta.
 
—Clarisse...
 
—¿Sí? —Ni siquiera me mira.
 
—Lo siento. —Logro que detenga lo que hace—. Tuve una muy mala mañana en la oficina, Rebecah apareció y... Enloquecí. Lo siento muchísimo, no tendría que haberte tratado de la forma en la que lo hice.
 
—No tiene que disculparse, señorita, solo soy la empleada.
 
—No tengo derecho alguno a hablarte así, sabes que te aprecio demasiado como para hacerlo. Fuiste la primera persona con la que me crucé al llegar y... Creo que mi cabeza te vio como un estorbo. Te quiero mucho, y te considero una gran amiga. A fin de cuentas eres prometida.
 
—Yo también la aprecio... Madi. —Me regala una sonrisa tan reconfortante qur siento que vuelvo a respirar—. Y la entiendo, Rebecah no es una persona fácil de tratar.
 
Un silencio invade el lugar mientras ella hace las tazas de té, pero no es incómodo, al contrario, es muy agradable.
 
—¿Clarisse?
 
—¿Sí, señorita?
 
Parezco una niña de cinco años que anda buscando amor. —¿Puedes... Puedes darme un abrazo? Mi nana no está aquí y... 
 
—Claro que sí, venga aquí. —Me levanto y pasa un brazo por mi cintura y otro por mi cuello—. Ya, ya.
 
Acaricia mi cabella con sus dedos de una forma calmante. Clarisse es sin duda la hermana mayor que nunca tuve.
 
Mi padre entra a la cocina con mi madre en brazos, al parecer se durmió en el auto, así que la lleva a la habitación antes de volver. Mientras mi futura esposa le agrega un poco más de agua a la tetera, todos aquí necesitamos un buen té de rosas que nos tranquilice un poco.
 
—Hola, cariño. —Mi padre baja y besa mi cabeza—. ¿Cómo te sientes?
 
—Mucho mejor.
 
La verdad no tengo demasiadas ganas de hablar en estos momentos, por lo que me quedo callada mientras ellos dos hablan sobre lo que pasó hoy.
 
—Bueno. —Termino mi bebida de un sorbo—. Necesito dormir un rato, y eso que apenas comienza el día. Tú también deberías, papá. —Lo abrazo de costado, puesto que él está sentado en uno de los taburetes y yo de pie—. Te hará bien.
 
Me voy sin esperar una respuesta a cambio.  En mi habitación se encuentra Venus recostada, casi como si supiera que yo vendría. Me quito mi ropa y la reemplazo por un pantalón corto y un top de pijama.

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