Despierto con un malestar de estómago increíble. No puedo hacer nada que no sea retorcerme medio adormilada en mi cama, y luego correr al baño a vomitar todo lo que comí anoche.
Maldición, tendré que dejar de atragantarme con esos deliciosos platillos turcos que vende el restaurante de aquí cerca o esto de vaciar mi estómago se me hará una rutina.
De todas formas, sigo con mi día con normalidad. En la oficina me espera una larga lista de pendientes por empezar y no me puedo dar el lujo de ausentarme, sin mencionar que al tomar las riendas del imperio tengo a todas las revistas y medios de comunicación esperando a que meta la pata y convertirlo en noticia internacional.
Hace dos años que terminé mis estudios en Yale, me gradué con honores y varias felicitaciones por parte de los profesores más exigentes que había allí.
Mi Piojo se graduó unos meses antes que yo, por lo que esperó a que yo también lo haga para luego volver a vivir en Los Ángeles. En esas semanas vivimos juntos en mi apartamento, lo que me encantó considerando la cantidad de sexo que tuvimos a cada hora del día y los incontables platillos con los que me despertaba cada mañana.
Una vez en casa, cada uno se fue vivir a su propio apartamento. Si bien congeniemos de maravilla bajo el mismo techo, entendimos que necesitábamos tener esa independencia que toda persona tiene que pasar en algún momento.
Aunque eso no significó no tengamos las llaves del otro junto a las propias y vayamos a visitarnos cada que queríamos.
—Buenos días, Mónica —saludo a la secretaria quitándome los lentes que me resguardan del horrible sol de afuera—. ¿Qué tenemos hoy?
Seguimos con la costumbre de siempre, caminamos a mi oficina mientras ella me cuenta los deberes del día y yo enciendo la computadora dispuesta a cumplir la lista de su tableta.
—Un día bastante atareado, señorita Fox —dice cuando termina con el sin fin de cosas—. ¿Quiere que le traiga algo de desayunar?
«Por favor, no»
Si ingiero algo que no sea únicamente agua, el estómago se me revelará y lo expulsará de inmediato.
Niego a su ofrenda de la manera más cortés que puedo, y luego me deja sola entre las cuatro paredes y un día de trabajo pesado.
No pude ni siquiera pasar del medio día cuando ya estaba yéndome a casa por el malestar que decidió persistir. Le escribí a mis padres suplicándoles que por hoy se hagan cargo de la oficina para que pueda descansar un rato en mi preciosa cama y que los mareos y calambres abdominales se desaparezcan.
La cita que tenía planeada con Sophi la cambié y la invité a casa, puesto que pasaba por la ciudad unos días y me moría por saber todo sobre su gira por Europa con sus nuevos diseños. La rubia había estudiado diseño de indumentaria y logró llegar muy lejos con el talento que tiene a la hora de combinar colores y texturas.
—¡Aquí estás! —Unos brazos me envuelven apenas abro la puerta—. No te das una idea de cuánto te extrañé, Madison.
Acepto el abrazo, el sentimiento de añoranza es mutuo. El olor a perfume caro de su cuello me reconforta, ¿cómo es que pude vivir sin sus ridiculeces o su cara de tomate durante tanto tiempo? Sin duda ya no somos las adolescentes de antes, pero sigue siendo una de mis mejores amigas.
—¿Te encuentras bien? —pregunta cuando se separa—, estás algo pálida.
La invito a terminar de pasar. —Por eso es que te invité a mi dulce morada, el trabajo me tiene estresada y abusar de la comida turca no ayuda en mucho.
ESTÁS LEYENDO
The Real You
No Ficción¡HISTORIA TERMINADA! Madison Fox: bailarina, multimillonaria, y heredera de un imperio hotelero. Los que no la conocen la catalogan como la hija de mami y papi que le compran todos sus logros; quienes realmente logran pasar esa muralla ven a una muj...
