Capítulo X

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Madison
 
—Escúchame bien porque solo lo voy a repetir una vez.
 
—Alexander, suéltame.
 
Necesito salir de aquí ahora.
 
~
—Lindura, quédate quieta. No quiero hacerte daño.
 
—¡Suéltame!
~
 
—No sé a qué juegas, ser amigable un momento y al otro ser una perra. Pero aléjate de mi hermana porque si la veo otra vez como la vi hoy por tu culpa, vas a lamentarlo ¿te quedó claro?
 
~
—¡Vas a ir porque soy tu padre y yo lo digo!
 
—¡Por favor, papá!
~
 
Necesito relajarme si no quiero desmayarme.
 
Logro escapar de su agarre, al menos así no me sentiré acorralada. —No sé de qué estás hablando, maldición.
 
—Estás advertida.
 
~
—Te lo advierto, lindura, nunca te librarás de mí, así que vete acostumbrando a estar aquí.
~
 
Comienzo a tener un ataque de pánico, lo sé porque el aire no llega a mis pulmones y mi visión se nubla casi por completo.
 
«Relájate»
 
Arrastro la espalda por un casillero hasta quedar sentada el suelo y llevo mis rodillas al pecho como hago siempre que necesito calmarme.
 
«Estás a salvo, él ya no está. Estás a salvo, él ya no está»
 
No logro apaciguar mis recuerdos. Todo viene a mi mente de golpe, las sensaciones, las imágenes, los sonidos...
 
~
—Eso pasa cuando no cumples mis órdenes, linda.
 
—Déjala en paz, ya basta.
 
—A mí no me dices qué hacer. Por tu acto heroico, ella se salva, pero tú tomas su lugar...
 
—¡No!
~
 
«DEBES CALMARTE, MADISON»
 
Prácticamente me obligo a abrir los ojos y eliminar todo, tengo que hacerlo. Debo apagar mis emociones y actuar como si nada hubiera pasado.
 
Recuesto la cabeza en el metal con los ojos cerrados. —Tranquila, Madison, ya estás bien —me digo a mi misma.
 
—¿Madi...? —salto del susto limpiando bruscamente mis lágrimas—, oh cielo, ¿qué pasó? —Me mira preocupada.
 
—Nada Susi, estoy bien. Solo... el padre de una amiga falleció hace unos días, creo que sigo un poco afectada.
 
Por supuesto que no le digo que acabo de tener un ataque de pánico por un idiota que me recordó el trauma de mi infancia. Eso conllevaría a que haga muchísimas preguntas que no deseo preguntar.
 
—Cariño, ven aquí. —Obliga que me levante y  me encierra entre sus brazos dándome un abrazo—. ¿Quieres que llame a tus padres? O a los chicos...
 
—No hace falta Susi, gracias —sonrío—, tengo que irme ahora, mi madre necesita ayuda en el trabajo.
 
Me duele mentirle de esta forma a una mujer que tanto cariño le tengo, pero realmente necesito salir de aquí y descargarme o explotaré de la peor manera.
 
Termino excusándome con ella simulando una de las mejores sonrisas que he dado estado en la mierda en el interior.
 
Llego a mi casa con toda la tensión acumulada en mi cuerpo. Solo hay una forma de soltar todo lo que estoy sintiendo esa mezcla de enojo, miedo, tristeza e impotencia que está a nada de hacerme estallar en un millón de pedazos.
 
«Aguanta, solo un poco más»
 
Gracias al cielo que no hay nadie dando vueltas; mis padres trabajan y mi nana debía hacer unos mandados personales, el resto del personal parece haber desaparecido de la faz de la tierra.
 
Me voy casi desnudando en el camino a mi habitación, donde se encuentra Venus acostada en mi sofá. Creo que logra sentir mis vibras negativas, porque no se acerca eufórica como siempre, solo se queda mirándome mientras me cambio de ropa a una más cómoda.
 
Rápidamente subo al tercer piso, a mi refugio. Venus no se queda atrás, cada vez que me siento así, no se me despega.
 
Abro la puerta del salón de juegos. —Pasa, gordita.
 
Voy directo al panel de control del lugar. Cada que tengo un episodio —y no termino en el hospital— vengo aquí a hacer lo único que conozco para relajarme: bailar.
No importa el ritmo, ni la canción, tampoco necesito una coreografía; el simple hecho de sentir la música por mi cuerpo, el moverme libremente al compás de las notas, es liberador.
 
Busco una canción cualquiera en mi sección llamada "post ataque de pánico". Original, lo sé. That bich comienza a sonar por los parlantes y eso es suficiente para desconectarme con el mundo; ya no existen los problemas, los miedos, las alegrías, nada.
Solo esta vulgar canción que me hace sentir como una diosa y yo.
 
Dejo que la melodía me atrape, se filtre en mis huesos y que elimine absolutamente todo de mi cuerpo. Cada marca, cada golpe, no queda absolutamente nada de lo que me altera. La canción termina y me desplomo en el suelo agotada.
Venus sigue recostada en el sofá observando todos mis movimientos a detalle.
 
—Fue muy buena. —Escucho que aplauden a mis espaldas.
 
Volteo el cuello sonriendo. —Hola, Max.
 
—¿Quién marcó la coreografía? —pregunta intrigado.
 
—Yo, hace como tres segundos. —Me observa incrédulo—. Solo improviso, cuando necesito liberar tensiones vengo aquí, pongo cualquier canción y... me dejo llevar, creo. La verdad no sé qué tan buenas son porque nunca las recuerdo.
 
Tomo asiento en el apoya brazos intentando calmar las respiraciones. El dolor en la espalda comienza a pincharme justo en la columna vertebral, creo que fue mala idea moverme con tanta intensidad.
 
—Me pasa lo mismo —sonríe—, solo que yo no lo hago de forma tan espectacular.
 
Abro los ojos con sorpresas. —¿Acaso tú bailas? —pregunto emocionada.
 
«No lo puedo creer»
 
Yo tampoco.
 
Es normal que un bailarín se entusiasme un poco al conocer a una persona con la que compartes una pasión tan hermosa como la danza.
 
No solo es hablar sobre lo divertido que es bailar, sino que se puede llegar a entablar una conversación sobre las emociones que salen a la luz, que salen del corazón, y cómo el tiempo se detiene al dejarte zambullir en la melodía.
 
—Desde que tengo memoria —comenta observando las fotos que hay en una de las paredes—, mis padres dicen que mi primera palabra fue Isadora Duncan.
 
Oye qué original, su primera palabra fue el nombre de la creadora de la danza contemporánea. Creo que la mía fue chocolate.
 
«Me gusta el chocolate»
 
Y a mí, pero pudiste pensar en algo mejor  ¿no crees?
 
«Pues lo siento, es lo que más decían en casa»
 
Trata de despedirse diciendo que tiene que ir con su padre, pero lo detengo atajando su antebrazo.
 
—Espera, no creerás acaso que te dejaré libre sin que me muestras lo que puedes hacer, ¿verdad? —Arqueo una ceja.
 
Niega con la cabeza y una sonrisa acompañando su expresión. —Yo solo subí porque escuchaba música y pensé que sería buena idea saludarte.
 
—Y fue una muy buena, ahora a mover el esqueleto. —Me levanto de donde estaba y me dirijo hacia el panel de control—. Espero que te sepas esta coreografía, es la más reconocida de Natalie Pérez.
 
Tengo que ir a buscarlo porque no quiere acercarse a la pista de baile, hasta tuve medio que amenazarlo un poco para que accediera.
 
Were down we go se toma la habitación y juntos comenzamos a fluir; nos unimos en una sola persona con una sola alma, nos dejamos llevar entre los pasos marcados por mi profesora.
La canción acaba y terminamos enfrentados, respirando por la boca el mismo aire gracias a la cercanía.
 
Una pequeña sonrisa aparece entre mis labios. —Pues sí que eres bueno la verdad.
 
Rompo la conexión y voy a buscar dos botellas de agua al mini refrigerador lleno de estas y bebidas energéticas que Luke alguna vez que nos quedamos estudiando de noche puso aquí
 
—Es bastante fácil hacerlo cuando tienes a Madison Fox como compañera. —Acepta la bebida refrescante que le ofrezco—. Gracias.
 
El dolor en la espina comenzó a hacerse más fuerte indicando que ya tengo que parar, así que me dejo caer en el sofá y acaricio la cabeza de Venus, que en ningún momento se movió de mi lado.
 
—No —suspira—, mis padres no pueden costear una buena institución con la que crezca en lo que más amo. —Se encoge de hombros resignado—. Tienen muchas otras preocupaciones antes.
 
—¿No pensaste en  pedir una beca?
 
Por lo que tengo entendido, las grandes academias suelen tener a uno o dos chicos becados por grupo, al menos así es con Nat. No miento cuando digo que son increíbles bailarines, saben que tienen que serlo o alguien les ganará la posibilidad de seguir con un piso bajo sus pies.
 
—Lo sé, pero tienes que solicitarla como seis meses antes, y presentar un millón de pruebas —me entrega un intento de sonrisa—, mi momento ya pasó, Madi.
 
—Tu momento mis ovarios, Max— me levanto en busca de mi teléfono—, si no luchas por lo que quieres no ganarás nunca.
 
Se coloca al lado mío para poder ver qué demonios estoy haciendo en mi celular.
 
—¿Qué estás haciendo? —pregunta al ver que tecleo algo rápido.
 
—Siendo el impulso que necesitas.
 
¿De qué sirve tener un nombre importante si no puedo usarlo en beneficio de algún amigo? Es lo mismo que ser millonario y no gastar ni un mísero centavo de dólar.
 
—Madi, no quiero...
 
—Si, si quieres —lo interrumpo—. Escucha, hoy tengo que ir con Natalie y hablar un par de cosas, puedo escribirte cuando acaben sus clases para que te acerques y se conozcan.
 
Todavía no está muy seguro de la decisión a tomar, supongo que deberé sacar el armamento pesado.
 
—No pienses que estás abusando por utilizar una mano que te ayuda a alcanzar lo que amas. —Bajamos juntos al primer piso—. Créeme, serías muy inteligente si lo haces.
 
Se le empañan un poco los ojos y no me contengo en darle un abrazo cálido a mitad de las escaleras sin importarme el riesgo de que ambos rodemos como balones.
 
—Muchísimas gracias, Madi —dice sobre mi cabeza—, no te das una idea de lo que esto significa para mí.
 
—No es molestia, Max.
 
—¿No quieres casarte conmigo? Seríamos una gran pareja, tendríamos un enorme salón de baile y muchos alumnos. —Sube y baja las cejas.
 
—¿Señorita Madison? —Alguien que no conozco interrumpe nuestra conversación.
 
Abajo está Carl y Mike —que se me tira encima para abrazarme—, y también hay un chico desconocido que creo haber visto alguna vez en el trabajo de mis padres, pero no tengo ni idea cómo de llama.
 
—Hola —saludo por educación.
 
«Dime cómo te llamas por favor»
 
Me muestra una carpeta negra bastante cargada de papeles. —Solo vine a dejarle a su madre el portafolios que me pidió.
 
Ohh, ya lo recuerdo. Él es el pasante que viene de una universidad alemana, lo he visto un par de veces en la oficina del hotel y en la de aquí.
 
«PERO NO RECUERDO SU NOMBRE»
 
Cierra el pico, de seguro que nos lo dice ahora.
 
—Le dije que no se encontraban ustedes, pero insistió. No sabía que estaba arriba, señorita. —Carl me observa apenado.
 
Intento tranquilizarlo con una sonrisa. —No es problema, Carl.
 
El alemán desconocido me entrega lo que traía pidiéndome que se lo entregue a su jefa y se despide.
 
—Te acompaño a la puerta, Dominick.
 
«¡Dominick! Ese era su nombre»
 
Carl, te adoro demasiado en estos momentos.
 
—Con permiso. —Se retira con Max siguiéndolo con la mirada y mordiéndose el labio inferior.
 
«Te atrapé»
 
—Bueno... —carraspeo llamando su atención—, respecto a nuestro matrimonio, no creo que se pueda. En especial porque mi órgano reproductor no es como el de cierto extranjero guapo.
 
—¿Eh? —Simula no entender lo que le digo.
 
Señalo la puerta por la que Dominick salió. —Pues considerando que no tengo testículos ni soy alemana...
 
—Oh, no, Madison no es... no es lo que parece.
 
Camino en dirección a la cocina sonriendo. —¿Sabes?, me desilusiona un poco no poder comprometerme contigo, de verdad que me gustaba la idea de la pista de baile, pero tengo a un muy buen reemplazo. —sigo jugando con él—. Me muero por una porción de tarta de chocolate, ¿tú no? ¡Clarisse!
 
Esta aparece del cuarto de lavado. —¿Si, señorita Madison?
 
—¿Sabes si mi nana hizo tarta de chocolate? O cualquier otra cosa dulce que me llene de caries —pregunto mientras sonrío.
 
Asiente acomodándose las hebras de cabello que caen por su frente. —Puedo servirle si me espera cinco minutos, estoy terminando de planchar la ropa.
 
—Oh, siento interrumpirte. —Encuentro la tarta en el refrigerador—. Yo me sirvo, tranquila.
 
Max no se atreve a emitir un solo sonido hasta que la empleada se retira por donde vino. —Madi, en serio no es lo que parece solo... —se esmera por justificarse—, no soy gay.
 
Creo que intenta convencerse más a él mismo que a mí.
 
«Bip,Bip,Bip, mentira detectada»
 
—Bueno, imaginemos que no eres homosexual. Se nota que te gusta, ¿cuál sería el problema con eso? —cuestiono cortándome un buen pedazo de esta delicia chocolatosa.
 
—No hay problema, pero no me gusta... —Lo observo con una ceja arqueada esperando a que la presión lo haga ceder—. Eres una bruja. —Se deja caer en el taburete y apoya la cabeza en la mesada frustrado.
 
—Soy la peor de las peores. ¿Quieres tarta?
 
Abre la boca pidiéndome un bocado, que muy contenta le doy con una cuchara. —Me la debes, no se vale analizar a las personas para descubrir sus secretos.
 
—Ajá. Ahora responde —termino de tragar lo que tengo en la boca—, ¿cuál es el gran problema con tu sexualidad que tienes que ocultarla?
 
Se encoge de hombros, aún con media cara sobre el frío mármol. —No lo sé, creo que no quiero defraudar a nadie.
 
—Alto ahí. Nunca podrías defraudar a nadie, muchísimo menos por tus gustos. —Rodeo la mesada para quedar de su lado—. Si es por Carl, déjame decirte que él no va a decepcionarte u odiarte, porque lo único que hay en sus ojos cada que te ve es orgullo, cariño.
 
Su mirada —y también la mía— comienza brillar por las lágrimas. Como si estuviéramos conectados, nos abrazamos con fuerza.
 
Unas horas después entro a la Academia algo apurada. Quería hablar con Natalie antes de que empiece la clase.
 
«Pues hubieses salido antes de tu casa»
 
Tú fuiste la que no me recordó.
 
«Y tú tienes alarmas»
 
Ignoro a mi conciencia estúpida y me concentro en saludar a cierta chica que también entra al mismo tiempo.
 
—Victoria, ¿me acompañas a la cafetería? Olvidé mi botella de agua y no quiero morir deshidratada en medio de alguna coreografía —bromeo firmando la tableta de llegada luego de que ella haga lo mismo.
 
—Claro, si Nat te ve tirada en el suelo media muerta es capaz de seguir con la clase como si nada.
 
Caminamos juntas hasta el final de lo que es el primer piso. Aquí hay un espacio pequeño y pintoresco con una barra, una vitrina en donde muestran platos ligeros y nutritivos, y un par de mesas cerca por si quieres comer allí.
 
—¿Estás lista para conocer al nuevo grupo? —pregunto emocionada—. Nat me comentó que lo hiciste espectacular en tu prueba.
 
Dijo que utilizó una de las coreografías que marcó conmigo hace años, solo que un poco más simplificada. Si tan solo me hubieran dejado asistir, habría sido su admiradora número uno con pancartas y tambores.
 
—Pues no está en mi lista de actividades favoritas, pero he decidido abrirme a las posibilidades.
 
—Que suerte, no quería tener que arrastrarte hasta allí. —bromeo, más o menos.
 
El chico que me atiende se llama Bruno, no suelo comprar nada aquí pero no es la primera vez que me olvido el elemento fundamental para la supervivencia a unas clases de Natalie Pérez, así que con tan solo verme ya sabe lo que vengo a pedirle.
 
—Te tengo malas noticias —digo pagando la compra—, parece que Nat está de mal humor, porque no quiere ni bailar ni hacer técnica. Hoy nos adentraremos al hermoso mundo del ejercicio para bailarines.
 
Hasta le hago manitas de jazz con una sonrisa que simula ser emoción, y que en realidad es de felicidad al saber que yo podré observar la tortura sentada en el suelo.
 
Y de igual manera, me tomé un calmante por si tengo que hacer actividad física.
 
«Vamos a morir»
 
Coincido.
 
—Respecto a lo que me contaste... ¿Estás segura? Veo que lo disfrutas, y no creo que el tiempo sea un impedimento para ti.
 
Le conté mi decisión final cuando estaba en el auto de camino aquí.
Alexander me dio una rara amenaza y no tengo idea de por qué, pero no me gustan los problemas y menos si se comportan como él lo hizo, a ese tipo dd idiotas es mejor mantenerlos a distancia. Prefiero alejarme y seguir con mi vida normal, pero la próxima que se atreva a hacer algo así no respondo por mis actos.
 
Además, deseo comenzar a involucrarme un poco más en la empresa familiar para descubrir si es realmente un ámbito de mi agrado. Y si quiero permanecer con el corazón latiendo al final del día, debo dejar algo de lado.
 
—Más te vale que te siga viendo —me señala con el dedo índice—, te voy a extrañar mucho.
 
—Victoria, nuestras clases son el mismo día con tan solo un par de horas de diferencia, creo que vamos a seguir viéndonos. Además, si yo no estuviera en tu vida, ¿con quién te quejarías por absolutamente todo?
 
—Bruja —murmura entre dientes con una pequeña sonrisa que se esfuerza por ocultar.
 
—¿Vamos a la última clase aquí? —Paso mi brazo por sus hombros.
 
—Vamos.
 
Si hubiera conocido la magnitud de lo malhumorada que se encuentra hoy Natalie, nuca hubiese entrado. Le enviaría mi renuncia por correo electrónico y al demonio.
 
—¡Levanten esas rodillas!
 
«Esto no puede ser legal»
 
—Paulo, ¡muévete! No estás dando un paseo por la playa.
 
«Tiene que ser considerado maltrato infantil»
 
—¿Cómo es que pudiste entrar a esta prestigiosa academia si ni siquiera sabes hacer una sentadilla correctamente,
Allison?
 
—Madison, ¿desde cuándo eres tan floja?
 
«Perra»
 
—Desde que esta no es mi clase, Nat —digo irónica mientras me concentro en no caerme de trasero al suelo—. Sin mencionar que tengo una lesión que no quiero volver a lastimar, y una sentadilla contra la pared cargando veinte kilos sobre mis piernas no es algo que haga todos los días —me quejo.
 
Al parecer mi palabrerío insistente funciona, ya que se digna a darnos un descanso de cinco minutos. Al momento en el que da la orden todos —de forma literal— nos desplomamos en el suelo agotados.
 
Estamos hace dos horas haciendo ejercicios de elasticidad, fuerza, resistencia y aeróbicos. Correr para un lado, levantar pesas, flexión de rodillas, y todas estas torturas llamadas entrenamiento.
 
—Nos queda una hora más de sufrimiento —murmuro boca abajo, el suelo se siente frío y es reconfortante.
 
—Que Madison se sacrifique por el grupo —comenta Yuven al otro lado del estudio
 
«Ni de chiste»
 
—Yuven, ¿acaso quieres saber qué tan cerca estás de reunirte con Brahma?— amenazo observándolo con los ojos entrecerrados.
 
—Prefiero quedarme con la duda, gracias.
 
Natalie entra sonriendo, ama hacer sufrir a sus alumnos. —Muy bien, arriba todos, nos queda una hora más y vamos a usarla bien.
 
«No de nuevo, por favor»
 
—Yo ya no. Si sigo voy a morir. —Ni siquiera soy capaz de levantarme, solo me arrastro por el suelo hasta llegar a la esquina del estudio.
 
—Madison Fox —su voz suena entre sorprendida e insultada—, ¿acaso te estás rindiendo?
 
—Por supuesto que sí, ya no estoy en condiciones de hacer esto Nat. —Como puedo bebo agua, fue la mejor inversión de mi vida comprar esta maldita botella.
 
—Solo eres dos o tres años más grande que ellos, no seas exagerada —se burla.
 
—Bueno, si ese argumento no sirve... se supone que soy profesora ayudante aquí, no alumna. Además, mi clase empieza en una hora y veinte minutos, por lo que me tengas aquí entrenando lo vuelve tortura. Sin mencionar la lesión...
 
—Bien, bien, tú ganas —se rinde rodando los ojos—. Eres impresionante —murmura entre dientes.
 
«Jeje»
 
Me regocijo por la próxima hora mientras ellos sufren. Esas son las ventajas de ser extremadamente perseverante.
 
Hoy por fin puedo volver a mis clases aquí. Aún duele por ser una herida reciente, pero es solo porque la zona no se ha ejercitado por bastante tiempo. Un consejo, nunca jueguen ebrios a los bolos con Luke.
Estuve casi seis semanas sin bailar, y aquí entre nos, desde hace ya dos que retomé mis sesiones secretas en el salón de juegos.
 
—Te odio —susurra Vick en mi dirección.
 
Le guiño un ojo.
 
—Es todo por hoy chicos, muy buen
trabajo. —Todos festejan disimuladamente cuando Nat da fin a la clase—. No celebren tanto, que nos vemos mañana.
 
—Nat, ¿tienes un minuto? —Me levanto con mucho pesar del suelo—. Hay algo que quiero decirte.
 
Acepta mi pedido con el humor mejorado gracias a la clase que dio hoy. Caminamos juntas hasta su oficina hablando sobre la buena audición que dio Victoria y otros alumnos.
 
—¿De qué quieres hablar, Madi? —Se apoya en su escritorio y yo recargo el peso en el apoya brazos del sofá.
 
—Tengo algo que decirte y tal vez no te guste mucho —Tanteo el terreno.
 
«Perfecto, está lista la primera parte del plan, ahora solo se delicada...»
 
—Voy a renunciar— suelto de golpe.
 
«O puedes hacerlo así, cómo tú quieras»
 
Lo siento, es que conozco a Natalie desde hace años, y sigue siendo difícil para mí hablarle de temas importantes.
 
—¿Al baile? —Comienza a alarmarse.
 
—No, por Dios, por supuesto que no. Voy a renunciar al trabajo como profesora ayudante.
 
—¿Qué? ¿Por qué? Si es por querer entrenarte fuera de tus horas...
 
Me río por sus ocurrencias. —No, tranquila. Puedo quejarme pero amo estar aquí. Quiero renunciar porque voy a comenzar a involucrarme un poco más en los Hoteles Warrior y aunque me encantaría, no puedo hacer tantas cosas al mismo tiempo.
 
—Bueno, supongo que no podría retenerte por demasiado tiempo.
 

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